Urquinaona: el divorcio de las élites / ÀLEX SANTALÓ

Urquinaona: el divorcio de las élites

Los disturbios llevaron al pánico a los empresarios, que hasta pasados diez días no dieron respuesta a una crisis en la que el Govern les dio la espalda

Urquinaona: el divorcio de las élites / ÀLEX SANTALÓ / ÀLEX SANTALÓ

99 años y seis meses de cárcel. La tremenda fuerza de este sumatorio recorrió toda Cataluña el 14 de octubre de 2019 a partir de las 9.24 horas de la mañana y encendió una mecha de rabia. En aquel momento era imposible saber adónde llevaba la mecha ni qué era lo que acabaría estallando.

El resumen podría ser este: protestas violentas en todas las capitales catalanas; marchas en media Cataluña; cortes de carretera generalizados; una huelga general que incluyó el cierre patronal, y una nueva manifestación multitudinaria. Y, por supuesto, más de 600 heridos, 13 de los cuales requirieron hospitalización (dos de estos en estado muy grave y cuatro que perdieron un ojo); dos centenares de detenidos, cerca de 300 vehículos policiales dañados, y, solo en Barcelona, un millar de contenedores quemados y destrozos por valor de más de dos millones de euros. Las cifras dan la medida del alcance de los hechos de Urquinaona, que se alargaron durante toda la semana.

Pero en el balance de daños habría que incluir un último elemento: los puentes entre las administraciones y el alto empresariado barcelonés, que se dinamitaron. Aquellos días de psicosis empresarial tuvieron otras consecuencias: una cena de gala donde la etiqueta se perdió, una reunión secreta, mensajes telefónicos cargados de dramatismo y ausencias de destacados empresarios. Vayamos por partes.

Los grandes despachos de Barcelona empezaron a comprender que difícilmente se escaparían de la oleada de indignación aquel lunes día 14 a mediodía. A las 13.04, un tuit de la cuenta de Tsunami Democràtic era explícito: “Objetivo: parar la actividad del aeropuerto de Barcelona”. A Aena el anuncio no la cogió desprevenida. “Había un dispositivo especial preparado y había mucha atención a lo que pudiera pasar y si el aeropuerto estaba en el punto de mira, tal como resultó ser”, explica una portavoz.

El dispositivo lo integraban la directora del aeropuerto, Sonia Corrochano, y los directores de operaciones, comunicación, seguridad y comercial, más la seguridad habitual del aeropuerto, integrada por Mossos, Guardia Civil y Policía Nacional. Aquel día en el Prat también estaba Maurici Lucena, presidente de Aena, acompañado de su director general, Javier Marín, y de su jefe de gabinete. Este comité de crisis asistió con estupefacción a las primeras imágenes del colapso de tráfico hacia el aeropuerto y a la situación insólita de las columnas de manifestantes andando en dirección a la terminal T1 del Prat, un recorrido que desde el centro de Barcelona supera los 13 kilómetros de distancia.

En efecto, el aeropuerto se llenó y los primeros choques entre manifestantes y policía no tardaron en llegar. Impactantes imágenes de violencia inundaron las pantallas de los teléfonos móviles de medio país. Aena empezaba una tensa carrera operativa. Si la iconografía del día la componen los enfrentamientos entre manifestantes y agentes dentro de las terminales en medio de turistas despistados, carritos de maletas volando al vacío y miles de personas congregadas en la principal infraestructura de Catalunya, detrás de los bastidores Lucena, con su guardia de corps, estaba en constante contacto telefónico con el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, y el secretario de Estado, Pedro Saura, con una premisa clara: que no se parara el aeropuerto.

Y, de hecho, la empresa pública se apuntó una gran victoria de la cual se guardó mucho de presumir: “Las operaciones no se pararon en ningún momento, porque se trasladó la operativa a la T2”. En aquel día de multitudes y violencia, solo se cancelaron 110 vuelos, mientras el 87% de las operaciones se hacían sin incidencias. A Lucena le quedó el recuerdo de la inquietud de aquellas horas y unas imágenes que le "dolieron” porque se produjeron, además, en su ciudad natal. Con todo, pasadas las nueve de la noche, Tsunami desconvocaba la protesta. Un rato más tarde, el comité de crisis de Aena se disolvía. La rabia de los manifestantes había quedado patente y había pocas dudas de que aquello sería solo un prólogo.

La casualidad quiso que el día siguiente, día 15, fuera Santa Teresa de Ávila. Se trata de una fecha clave del mundo cultural, político y también empresarial catalán, dado que Teresa era el nombre de la mujer de José Manuel Lara, fundador del influyente Grupo Planeta. Y, por lo tanto, es el 15 de octubre cuando se celebra la gala de los premios Planeta. Como se dice en algunos círculos, “Ahí, el que no está, no existe”. A pesar de que hubo rumores de cancelación durante el día, la cita se mantuvo y al atardecer una imponente procesión de vips subió a Montjuïc para plantarse en el MNAC y asistir a la gala a pesar del ambiente enrarecido que se respiraba en la ciudad.

No fue una gala más. Porque, mientras Javier Cercas recibía el galardón, las protestas ante la delegación del gobierno español en Catalunya desembocaban en una noche de violencia con espectaculares imágenes de incendios en pleno Eixample barcelonés. En el MNAC, mientras los más de 900 invitados atacaban la esfera de quinoa real con salmón ahumado y el tronco de rape con espárragos, los teléfonos móviles empezaron a sacar humo. “Fue acojonante. Me empezaron a pasar imágenes y hubo pánico de ver eso en Barcelona”, explica un ex político que asistió al acto. La gente empezó a levantarse de la mesa para compartir las fotos. “Era un caos”, añade, y recuerda que la mesa donde estaba Javier Godó, presidente del Grupo Godó, se llenó de destacados empresarios que comentaban las imágenes.

"Eso fue acojonante; cuando vimos las imágenes hubo pánico”, dice un asistente al Premio Planeta

Entre los asistentes estaban los presidentes del Congreso y el Senado, la vicepresidenta del gobierno Carmen Calvo o los expresidentes de la Generalitat José Montilla y Artur Mas. Por parte del mundo empresarial asistieron Josep Sánchez Llibre, Àngel Simón, Joan Rosell, Javier Faus, Jaume Guardiola o Enric Lacalle. Pero también hubo ausencias. El gobierno de la Generalitat no quiso ir por el contexto de la sentencia y por el posicionamiento frontalmente contrario al Procés del grupo de los Lara. Por si los protocolos de esta cena de gala no habían quedado lo bastante violentados con esta ausencia institucional y el tumulto causado por las imágenes de los fuegos en el Eixample, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se fue a media cena por la gravedad de los hechos que estaban sucediendo.

La noche supuso un antes y un después. En una cierta Barcelona empezaban días de pánico.

La decena de fuentes empresariales que han participado en este reportaje con la condición del anonimato recuerdan que desde ese miércoles los teléfonos sacaron humo. A la habitual preocupación del sector hotelero (lobi habituado a hacer posicionamientos catastrofistas) se sumaba un factor más de fondo: el hecho de que una serie de despachos acostumbrados a llamar directamente al móvil a consellers, presidentes de la Generalitat, ministros y presidentes del gobierno central no tenían ahora un interlocutor político a quien transmitir su incomodidad.

Esa mañana, Foment del Treball, la gran patronal catalana, emitía un comunicado en el que apelaba al “diálogo” y a recuperar “el orden” en las ciudades catalanas, y recordaba “los riesgos para la actividad económica y la proyección internacional de Barcelona” que tenían los dos días consecutivos de duras imágenes de violencia. Pero solo un rato más tarde aparecían en los telediarios imágenes del presidente de la Generalitat, Quim Torra, en una de las Marxes per la Llibertat que desde ese día transitaban Catalunya. Torra lo hacía, además, en compañía de Juan José Ibarretxe, otro viejo enemigo del establishment.

La presencia de Torra en aquel corte de carretera hizo patente la distancia del ahora ya expresidente respecto del alto empresariado barcelonés, una distancia que ha ido en aumento desde las leyes de desconexión de septiembre de 2017: “Lo tratan como a un don nadie, y eso que saben que es un buen hombre y que tiene familiares próximos enfermos”, lamenta un destacado directivo catalán. Lo cierto es que la contundencia de la sentencia a los líderes políticos y sociales del 1-O había cortado líneas de comunicación tanto con Esquerra como con los postconvergents.

¿Quiénes son los directivos que integran el Gothaempresarial barcelonés? Las fuentes consultadas repiten un sintagma que, de hecho, ya estaba en horas bajas en cuanto a su actividad: el foro Puente Aéreo. Este lobi, que agrupa a empresarios madrileños y catalanes y aboga por el entendimiento entre Catalunya y España, ha tenido en la última década como principales representantes en el Principado a empresarios y directivos como Isidre Fainé, Joan Maria Nin o Gonzalo Gortázar (La Caixa), José Manuel Lara o Josep Crehueras (Planeta), Josep Oliu (Banco Sabadell), Isak Andic (Mango), Enric Lacalle (Salón del Automóvil), Javier Godó o Carlos Godó (Grupo Godó), Luis Conde (Seeliger & Conde), Àngel Simón (Agbar), Joan Rosell (CEOE), Joaquim Gay de Montellà o Josep Sánchez Llibre (Foment), Salvador Alemany o Manuel Torreblanca (Abertis), Salvador Gabarró o Francisco Reynés (Gas Natural), Marc Puig (Puig), Emili Cuatrecasas o Rafael Fontana (Cuatrecasas), Josep Maria Xercavins (Teleno), Sandro Rosell (en su día presidente del Barça), Alberto Palatchi (Pronovias) o Antoni Brufau (Repsol), entre otros.

¿Adónde dirigieron sus llamadas y gestiones en esos días de nervios, sabiendo que la puerta de la Generalitat estaba cerrada? A una figura que se agigantó en la sociedad civil catalana: la de Josep Sánchez Llibre, presidente de Foment del Treball. “La imagen de Barcelona en llamas provocó pánico. No hay nada que afecte más a la confianza, el turismo y la inversión que ver cada día la ciudad así”, explican al ARA desde el entorno de Sánchez Llibre. “Hubo psicosis empresarial y todo el mundo se dirigió a Foment. Nos decían: «Poneos al frente de esto y paradlo de una puñetera vez»”.

Esos días fueron frenéticos para el ex político de Unió. Desde su entorno explican que sus llamadas a la Generalitat -su interlocutor fue el vicepresidente y conseller de Economía, Pere Aragonès- fueron constantes. “Les decía «Basta, que esto se va a hacer puñetas»”. Pero en Foment esos días constataron dos cosas: que la indignación ciudadana no se podía parar desde los despachos, y también que una tradición secular catalana seguía plenamente vigente: “Aquí hay la costumbre de no dar la cara, y las hostias… pues para Foment”. Sánchez Llibre también fue el encargado esos días de estar en permanente contacto con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.

Para echar más leña al fuego, esa noche la violencia se repitió y con más virulencia todavía: se llegó a los 400 contenedores quemados, plusmarca de la semana. Una idea turbadora empezaba a formarse en las cabezas de los ciudadanos de media Catalunya, incluyendo a los principales empresarios del país: que en cualquier momento podía haber un muerto y que, si esto pasaba, la situación se descontrolaría del todo.

Esta preocupación se plasmó en un SMS: “No es la independencia, es la revolución”, decía el mensaje de uno de estos destacadísimos empresarios. “La preocupación era general. Cuando la situación es inestable y gestionas temas económicos, te tienes que preocupar”, explica uno de estos directivos. “Estaban aterrados. Llevan toda la vida diciendo que habrá violencia y, cuando la hubo, reaccionaron con pánico”, añade otro ejecutivo que vivió las llamadas en primera persona. Una tercera voz matiza este sentimiento: “Sabíamos quién estaba detrás de Tsunami Democràtic, y eso nos dio una cierta tranquilidad”, reflexiona ahora, sin querer entrar en más detalles.

“No es la independencia, es la revolución”, escribía por SMS un destacado empresario esos días

El jueves, las llamadas entre los primeros ejecutivos catalanes se redoblaron, con la frustración de que los canales de comunicación con Palau seguían cortados. “Había la sensación de que la cosa podía irse al garete y de que no había nadie en el puente de mando”, explican desde una influyente empresa catalana. “La impresión que teníamos es que [el conseller de Interior, Miquel] Buch lo quería parar, pero que el presidente… El presidente venía del activismo”.

El día quedaría en la memoria de una semana de miedo y confusión por la convocatoria ultra por la noche y los choques entre manifestantes unionistas e independentistas en el centro de la ciudad. Quizás fue el día en el que se estuvo más cerca de una tragedia personal. Menos conocidas, y ya en el terreno de la anécdota, fueron las escenas que se vivieron aquella tarde en la escuela de negocios Esade, donde en una misma aula coincidieron estudiantes que después de clase se habían citado para ir a las concentraciones; unos, a las que arrancaban en la Plaça Artós, feudo del unionismo, y los otros a las del Tsunami Democràtic.

Viernes: huelga general. La fábrica de Seat en Martorell paró, hecho insólito, y los cálculos apuntan a que la actividad de Mercabarna fue de solo el 15%. Un elevado número de empresas hicieron cierre patronal en rechazo a la condena a los presos políticos. Además, por la noche se desencadenaron los choques más violentos entre manifestantes y policía: fue la batalla de Urquinaona, que dejó destruida aquella zona del centro de Barcelona. De nuevo, se bordeó la tragedia: hubo más de 150 heridos, con tres personas que perdieron un ojo, y un total de 83 detenciones. No se lamentó ninguna víctima mortal.

El nerviosismo fue tan grande en la élite empresarial que se organizó de urgencia una reunión privada en la sede de Foment del Treball, donde se reunieron los más destacados directivos y empresarios del foro Puente Aéreo y que se convocó con máxima discreción. Sin cámaras ni micros, expresaron su preocupación y se preguntaron qué podían hacer. La voz del conde de Godó fue una de las más claras en el cónclave. Tomó la palabra para decir que la burguesía de Barcelona “tenía que salir y decir algo” porque “no podía ser que cada noche se quemara el centro de la ciudad y no se dijera nada”, explican fuentes presenciales. Además, puntualizó, “el mensaje se tenía que hacer mirando afuera”. Afuera, claro, era Madrid.

En aquella reunión privada hubo consenso para hacer un acto unitario, pero surgió un nuevo problema. “Nadie quería poner su casa”, dice un alto ejecutivo catalán en referencia a las sedes de las compañías donde se podía celebrar un acto de aquellas características, “para no recibir bofetadas de la opinión pública”. “Sánchez Llibre fue listo -recuerda otro asistente- y se ofreció a hacerlo en el propio Foment del Treball”.

Es probable que la respuesta de los empresarios en esa semana hubiera sido menos dubitativa y más rápida si Isidre Fainé, presidente de La Caixa y reconocido como la figura con más poder de Catalunya, y Josep Oliu, presidente del Sabadell, hubieran estado presentes esos días en Barcelona. Pero, según han confirmado al ARA varias fuentes, ninguno de los dos estaba en tierras catalanas.

Se habían ido a América. Según fuentes de La Caixa, Fainé trabajó con normalidad los días 14 y 15 y voló a Washington el día 16 para asistir a unas jornadas del World Saving Banks Institute, una organización que preside. Este acto, apuntan, “lo tenía planificado desde hacía meses”. Oliu también voló a América y el día 14 ya estaba fuera. Se fue para estar en México, primero, para inaugurar el “nuevo rótulo en el edificio corporativo de Ciudad de México”, según la nota de prensa publicada por el banco entonces, y en Washington, después, al encuentro anual del FMI. Un portavoz oficial del Sabadell ha puntualizado que Oliu asiste cada año a las jornadas desde hace más de diez años.

Pero hay versiones confrontadas sobre el objetivo real de esos viajes. “Los hicieron por prudencia, para no estar aquí, asesorados por sus jefes de seguridad”, han explicado fuentes financieras. En el caso de Oliu, apuntan que “la decisión de irse la tomó él, que se buscó una agenda fuera; fue un alivio”, aseguran fuentes financieras. “Hay muchos departamentos de seguridad que juegan con el miedo”, añaden estas voces, “y en ese momento lo hicieron”. “Todo el mundo se tiene que reivindicar ante los presidentes, y muchos de estos departamentos, creados en la época de ETA, ahora están sobredimensionados y se tienen que hacer valer”, especifican, indicando que desde el área de seguridad exageraron la amenaza que suponía la publicación de la sentencia. Son, por cierto, los mismos departamentos de empresas del Íbex-35 que han propiciado que en los últimos tiempos se produjeran escenas grotescas en reuniones de los CDR o de Arran: “En algunas asambleas, entre nosotros, el CNP, el CNI y los Mossos hay más topos que activistas”, dice riendo el directivo de una importante empresa.

Con todo, el impacto psicológico de una semana de violencia, con un viernes especialmente cruento, fue importante. Y ese sábado el president Torra y el vicepresidente Aragonès hicieron una comparecencia conjunta para pedir el fin de la violencia y reclamar diálogo. Por su parte, el presidente de la Cambra de Comerç, Joan Canadell, independentista y cercano a Carles Puigdemont, pedía desplazar las protestas lejos del centro de Barcelona.

En Catalunya el domingo 20 de octubre empezaban a apagarse las brasas de la indignación y se restablecía una cierta normalidad. Ese día el hiperactivo Sánchez Llibre arrancaba un comunicado conjunto entre las dos principales patronales (Foment y Pimec) y sindicatos (CCOO y UGT) que hacía un llamamiento a “restablecer los espacios de convivencia y cohesión social que faciliten un clima idóneo para el diálogo y la negociación”. Los disturbios nocturnos (se dejaron bolsas de basura ante la delegación del gobierno español) fueron de una dimensión muy menor y todo parecía encarado para que la nueva semana se iniciara con normalidad.

Con las aguas ya calmadas, ese miércoles, día 23 de octubre, los empresarios daban por fin su respuesta a la tormenta. Josep Sánchez Llibre, desde la sede de Foment del Treball, presidía en compañía del líder de Pimec, Josep González, un acto que tuvo enorme cobertura mediática y la presencia masiva de la Barcelona empresarial, y donde se reclamó “negociación, transacción y acuerdo”. También se proclamó que correspondía “a la clase política, y no a la justicia”, la resolución del conflicto. Canadell, que no firmó el documento, manifestó que estaba de acuerdo “en más de un 80%”. Era la prueba de que las heridas se empezaban a cerrar.

Un año después, la violencia no ha vuelto a encenderse en Urquinaona. Los contenedores no queman por decenas y no hay duras escenas cotidianas de detenciones y violencia. Pero ese divorcio profundo se mantiene. Los grandes empresarios y los políticos no se han vuelto a mirar con los mismos ojos. “El Ayuntamiento está muy lejos de las empresas. El único contacto, muy de vez en cuando, lo tenemos con [el primer teniente de alcalde, Jaume] Collboni”, dice un veterano directivo. “Y la Generalitat tampoco está”, asegura, un razonamiento que refuerza con un ejemplo: “Yo ahora no sé con quién comer si tengo un problema: antes podía ir con Pujol, con Macià [Alavedra], con [Miquel] Roca, con [Joaquim] Molins o con [Artur] Mas. Pero ahora, ¿con quién voy?”, se pregunta.

“Antes si tenía un problema comía con Pujol, Mas, Roca; ahora, ¿con quién como?”, dice un directivo

Otro directivo se suma a esta tesis: “Con otros gobiernos había un terreno de juego, y dentro del terreno de juego podías ser más de derechas o más de izquierdas, pero se respetaban las líneas rojas que ahora se han sobrepasado”.

El ARA ha trasladado al expresidente Torra estas opiniones, pero no ha obtenido ninguna respuesta. Un portavoz de vicepresidencia sí afirmó que “el Govern mantuvo contacto regular con el sector económico” durante aquellos días, y apuntó al papel de la consellera Chacón con las empresas, que después ella compartía con Torra y Aragonès. “El vicepresidente -añade esta voz- mantuvo contacto con los agentes sociales”. La entonces consellera de Empresa, Àngels Chacón, no ha querido comentar esos hechos.

No obstante, los dramáticos hechos de octubre volvieron a poner de manifiesto una realidad que a menudo se olvida: que el alto empresariado catalán tiene un sesgo marcadamente españolista, tanto por ideología como para estar cerca del poder real. Este factor no es neutro a la hora de acercar posiciones o de mostrar empatía ante una sentencia como la de los nueve condenados el 14-O. “El empresariado es tan transversal como la sociedad, pero si vas a la élite, arriba de todo, es como dices”, admite un destacado empresario catalán.

Un ejemplo palmario llegaba semanas después de esas jornadas de disturbios. Grupos de particulares de la zona alta de Barcelona comenzaban campañas para regalar cestos con productos delicatessen a la Policía Nacional en reconocimiento por su papel durante las protestas. Entre sus impulsores, el veterano presidente catalán de una empresa del Íbex-35. Detalles como este, apuntan las fuentes consultadas, también tienen que ser considerados a la hora de entender el aparatoso divorcio de las élites que se selló en Urquinaona.

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