HISTÒRIA

Los empresarios de Franco

Un libro detalla el enriquecimiento de un grupo selecto con las puertas giratorias del franquismo

Los empresarios de Franco / FELIP ARIZA

El Valle de los Caídos hace poco más de un año llenó los titulares de la prensa cuando los restos de Francisco Franco fueron exhumadas y trasladadas al panteón familiar de Mingorrubio. Lo que no es tan conocido, sin embargo, es que en la construcción del monumento más simbólico del régimen franquista participó un catalán. José Banús, nacido en la Masó (Alt Camp), participó con su empresa constructora en la excavación del templo y en la construcción de la carretera a Cuelgamuros. Banús, a la sombra del régimen y una buena entrada en el Palacio del Pardo, se convirtió en un empresario de éxito, que construyó barrios populares en Madrid, lujosas urbanizaciones y un puerto deportivo en Marbella, hasta ganarse el apelativo del Onassis hispano.

Esto lo explica el historiador y periodista Mariano Sánchez Soler en el libro Los ricos de Franco (Roca Editorial, 2020). Sánchez hace un repaso de la imbricación de la política, la banca y la empresa del régimen que durante años dirigió el destino de España. Pocas familias que acaparaban los lugares políticos y el poder económico y financiero a la sombra de sus buenas relaciones con el dictador, su familia y los cargos más importantes del Movimiento. “Una auténtica casta”, explica al ARA el autor, que subraya, sin tapujos, que “es un mito decir que los catalanes no participaron en ello”. De hecho, por las páginas del libro desfilan unos cuantos, catalanes o empresarios y financieros hechos en Catalunya.

Dos ideas, sin embargo, quedan claras después de leer esta documentada obra. Primero, que las denominadas puertas giratorias no son un invento actual, sino que tienen una larga tradición en el franquismo. Y después, la necesidad de pervivencia de esta casta. “Sus hijos y nietos ocuparon después importantes cargos en la Transición y hasta ahora”, explica el autor. Un ejemplo, siguiendo en la línea de los catalanes que aparecen, es el de Pedro Cortina Mauri, nacido en la Pobla de Segur en 1908. Diplomático, empresario y último ministro de Exteriores con Franco, se casó con la hija del primer alcalde franquista de Madrid, Alberto Alcocer. Sus hijos siguieron ocupando cargos económicos de relevancia. Son Alfonso y Alberto Cortina Alcocer. El primero, muerto este año de covid-19, fue elevado por José María Aznar a la presidencia de Repsol en 1996 y ocupó el cargo hasta el 2004, hasta que La Caixa, entonces primer accionista de la petrolera, situó a Antoni Brufau. El segundo, Alberto Cortina, se hizo famoso como empresario con su primo Alberto Alcocer, y los dos, casados y después separados de las hermanas Koplowitz (hijas de otro empresario que triunfó a la sombra del régimen), llenaron páginas de la prensa salmón, pero también de la rosa, en los 80.

Los llamados Albertos son el ejemplo de cómo los miembros de esta casta se perpetúan entre ellos, explica el autor del libro. “Era un club cerrado, se casaban entre ellos y tenían muchos hijos”, puntualiza Sánchez. Esta es la explicación de su retención del poder económico, en el que “cada vez que llegaba alguien de fuera era borrado del mapa”.

El Pardo y especialmente las cacerías se convirtieron en un centro de negocios, sobre todo después de que la hija del dictador, Carmen, se casara con el marqués de Villaverde. El clan de los Martínez-Bordiu desembarcó en el entonces centro del poder en el Estado y “la estirpe numerosa de Martínez formó un clan financiero dedicado al tráfico de influencias al por mayor y al clientelismo puro y duro”. Así los presenta Sánchez Soler en su libro, pero tampoco ahorra páginas para explicar el enriquecimiento del propio Franco y de su familia, como su hermano Nicolás, que fue presidente de Fasa-Renault, y el hijo de este, que también se llamaba Nicolás, con algún escándalo en la mochila como el del aceite de la empresa Reace o el caso Geisa.

¿Pero qué hacía Franco con lo que pasaba delante suyo? “Dejaba que las cosas del bolsillo les fueran bien a sus colaboradores para que así no se le giraran en contra”, explica Sánchez. El autor destaca la importancia en los primeros momentos de la financiación del golpe por parte del balear Juan March. Su papel le abrió muchas puertas después en el entramado económico del franquismo. Una de ellas fue el asalto a la Barcelona Traction, más conocida como la Canadiense. En febrero de 1948 un juzgado de Reus declaró en quiebra a la empresa -que desde Toronto argumentó que no podía hacer frente a sus obligaciones porque el régimen le impedía repatriar divisas-, y el 22 de noviembre de 1952, en la subasta judicial, fue adjudicada a Fecsa, una compañía creada por March. El litigio duró años, hasta los 70, pero March controló la eléctrica catalana, que, con los años, acabaría dentro de lo que ahora es Endesa.

“Franco dejaba que los negocios les fueran bien a los suyos para que no se le giraran en contra”, dice Sánchez Soler

El libro relata minuciosamente cómo, con la guerra, la mayoría de las sedes de los bancos quedaron en Madrid, en el bando republicano, pero muchos banqueros estaban en la zona nacional, y se dedicaron a reconstruir un sistema financiero que, en muy pocas manos, rigió los destinos económicos del régimen. De aquí surgen o se consolidan linajes de banqueros como los Aguirre, Garnica, Oriol o Barrié de la Maza, conde de Fenosa.

Un sistema bancario en el que tuvo un papel destacado un catalán, Jaume Castell Lastortras, tío de Joan Rosell, que años después fue presidente de las patronales Foment y CEOE. Compró un pequeño banco en Ripoll y después una sucursal en Madrid que se convirtió en el Banco de Madrid, a pesar de tener la sede en Catalunya. Castell tiró de contactos en el Pardo e hizo primer presidente del banco a José María Martínez Ortega, el consuegro de Franco, y secretario del consejo a su hijo, José María Martínez-Bordiu. En el consejo del banco había algunos prohombres catalanes de la época, como los después alcaldes de Barcelona Josep Maria Porcioles y Joaquim Viola Sauret, Juan Antonio Samaranch, Joan Rosell Codinachs (padre de Joan Rosell) o Claudio Boada.

“Durante los últimos años del franquismo, el poder de Jaume Castell era tan grande que, todavía en 1975, corría el chiste entre los barceloneses de que la Plaça de Sant Jaume tenía que ser rebautizada como Plaça de Sant Jaume Castell”, explica el autor en el libro, porque, en un lado, en el Ayuntamiento, estaba de alcalde Joaquim Viola Sauret, y en el otro, en el Palau de la Generalitat, el ocupante era Juan Antonio Samaranch como presidente de la Diputación.

Entre los catalanes que salen en el libro también destaca, con un capítulo propio, Demetrio Carceller Segura. Nacido en Las Parras de Castellote (Teruel), llegó a Catalunya a los seis años. Estudió ingeniería textil y empezó a trabajar en el mundo del petróleo, aterrizando en la Campsa creada por el general Primo de Rivera durante su dictadura. También pasó por Cepsa y se convirtió en un dirigente falangista de Barcelona. Cuando empezó la guerra pasó al bando franquista y fue a Burgos. Franco lo nombró ministro de Industria en 1940, un cargo que ocupó hasta 1945. Pero hasta su muerte, en 1968, siguió como procurador en las Cortes, mientras construía una importante carrera empresarial y financiera. Formó parte de numerosos consejos de administración de empresas, y lo sucedieron su hijo, Demetrio Carceller Coll, que fue presidente del Banco Comercial Transatlántico (Bancotrans) y después su nieto, Demetrio Carceller Arce, actual presidente de Damm, y que controla la petrolera canaria Disa, entre otros muchos negocios.

El patriarca confesó a su secretario: “Nunca pensé, cuando tenía 10 años y recogía peras y melones en el huerto mientras estudiaba, que llegaría a ser millonario”. Su nieto sale ahora en la lista de los españoles más ricos -el número 28 en la lista que publica El Mundo-. Un patrimonio que permitió a hijo y nieto, en 2016, evitar la prisión con un pacto con la Fiscalía Anticorrupción, que los acusaba de fraude fiscal, y en el cual se avinieron a pagar 92 millones de euros. El autor pone en boca del abuelo Carceller una sentencia que explica el ambiente económico de la época: “Carceller y las empresas a las cuales está vinculado viven en España, pero no de España. Y creo que somos muy pocos los que, disfrutando de una posición económica holgada, podemos mantener esta afirmación”.

Nunca pensé, cuando tenía 10 años y recogía peras y melones en el huerto, que sería millonario”, confesó Carceller

Los economistas catalanes tuvieron un papel clave en el denominado desarrollismo, cuando los tecnócratas del Opus se impusieron a la vieja guardia falangista, explica Mariano Sánchez. Entre estos tecnócratas destaca el barcelonés Laureano López-Redondo, comisario del Plan de Desarrollo y después ministro (1965-1973). Pero mientras se modernizaba la economía, la vieja oligarquía continuó ocupando los cargos en la banca y las empresas.

El poder económico perpetuado durante generaciones por el franquismo se pudo crear por el ambiente del estraperlo, en el que los ciudadanos hacían lo que podían para sobrevivir mientras los magnates lo hacían al por mayor. La falta de tipificación del tráfico de influencias, que dio lugar a múltiples corruptelas, sobre todo urbanísticas -el autor destaca el caso del valenciano José Meliá con unos terrenos públicos ganados al mar en Alicante para hacer apartamentos-, y un poder financiero en pocas manos, lo favorecieron. Y el sistema continuó en parte una vez muerto Franco, como señala el autor, que recuerda que ya llegada la democracia los representantes de los entonces siete grandes bancos se continuaban reuniendo para decidir qué y cómo se tenía que hacer.

Mariano Sánchez explica así la Transición: “Para que todo siguiera como estaba, para que el poder político-financiero no cambiara de manos, hacía falta que cambiara todo. Cambiar de régimen político para preservar el sistema económico”. El Parlamento surgido de las primeras elecciones del 1977 tenía 34 diputados vinculados directamente a los consejos de administración de los grandes bancos. Y descendentes del franquismo siguieron en cargos políticos y económicos. Como ejemplo, el autor cita algunos: José María Aznar, Rodrigo Rato, Federico Trillo, Rafael Arias-Salgado o Leopoldo Calvo-Sotelo, en la política; y Alfonso Cortina, Carlos Pérez de Bricio, Íñigo de Oriol o José Ramón Álvarez Rendueles, en la empresa.

Demetrio Carceller Segura (1894-1968) fue ministro de Industria en el primer franquismo y procurador de las Cortes. Ocupó cargos en 16 consejos de administración. Su nieto, presidente de Damm, sigue el linaje empresarial.

Pedro Cortina Mauri (1908-1993), nacido en la Pobla de Segur, fue diplomático, ministro y empresario durante el franquismo. Casado con la hija del primer alcalde franquista de Madrid. Sus hijos, Alfonso y Alberto, siguieron sus pasos.

Jaume Castell Lastortras (1915-1984) fue banquero e impulsor del Banco de Madrid y el Banco Catalán de Desarrollo. Tío de Joan Rosell, expresidente de las patronales Foment del Treball y CEOE.

José Banús Masdeu (1906-1984). Nacido en la Masó, se convirtió en uno de los principales constructores del régimen, hasta el punto de ganarse el apodo del Onassis hispano.

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