TURISME

45.000 euros al mes para mantener un hotel cerrado

Un hotelero de Barcelona explica la sangría económica que supone no tener ningún cliente

Armand Vives abriendo la puerta de un balcón del Hotel Lloret, que da a la Rambla y está cerrado desde marzo. / PERE TORDERA

Las luces de neón que iluminan la entrada del Hotel Lloret continúan encendidos día y noche. En la puerta sigue también el rótulo que reza «Benvinguts», en catalán y tres idiomas más. Sin embargo, desde marzo no ha entrado ningún cliente. El hotel está cerrado desde entonces por la pandemia, y se ha convertido también en un pozo sin fondo: solo su mantenimiento ya cuesta 45.000 euros al mes, asegura su propietario, Armand Vives, que ya no sabe de dónde sacar más dinero. Aun así, tiene clara una cosa: el hotel ha de seguir, sea como sea. Es uno de los más antiguos de Barcelona.

El Hotel Lloret está en lo alto de la Rambla, cerca de la fuente de Canaletes. Sin duda, cualquiera que haya paseado por el centro de Barcelona habrá pasado por delante. Es un edificio antiguo de cuatro plantas, que llama la atención por sus balcones con barandillas de hierro y sus contraventanas de madera. La familia Lloret - de ahí el nomb re del hotel- lo inauguró en 1926 y ha tenido huéspedes tan ilustres como el presidente Francesc Macià. Desde 1988, el propietario es Armand Vives. “Es un hotel de una estrella, pero digno y familiar”, resume en pocas palabras. Según dice, las 70 habitaciones estaban siempre ocupadas. Por turistas, claro. Y he aquí el problema: ahora no hay turistas en Barcelona. Sin embargo, el hotel sigue siendo una máquina de quemar dinero.

Gastos fijos

“El alquiler del edificio, el agua, la luz, el gas, el teléfono, el seguro…”, enumera Vives todo lo que tiene que seguir pagando cada mes. A esto hay que sumar un ICO que pidió en 2016 para hacer obras en el edificio -construyó una planta más- y que ahora ha de devolver. Entre todo asegura gastar 45.000 euros al mes. Ya solo el crédito ICO supone 8.000 euros mensuales, pero es que la simple factura de la luz suma otros 1.500. Y eso que no gastan nada de electricidad, o casi nada.

Los cuatro focos que iluminan el mostrador de la recepción están encendidos y, según Vives, están así permanentemente. “No hay interruptor para apagarlos. Nadie pensó en poner un interruptor porque la recepción de un hotel está siempre abierta, las 24 horas del día”, explica. También se ve alguna que otra luz encendida, porque tres trabajadores de mantenimiento se han instalado a vivir en el hotel. “Robin, colombiano, y Abasi y su hijo, paquistaníes. Tenían problemas personales y me pidieron quedarse de forma temporal, y ahora ya hace ocho meses que están. Yo estoy tranquilo y ellos también”, explica Vives. Al menos su simple presencia puede disuadir a posibles ladrones u okupas. Aun así, Vives ha colocado varias vigas en la parte interior de la puerta de entrada del hotel para evitar que alguien la tire abajo.

Para poder mantener el establecimiento, continúa, recurrió a los créditos ICO para hacer frente al covid-19 avalados por el Estado. En total pidió 500.000 euros, que le fueron concedidos pero ya no quedan, según dice. Ahora el mantenimiento le cuesta 45.000 euros al mes, pero en marzo, abril y mayo la factura era mucho mayor. “Tenía que pagar las facturas retrasadas de enero y febrero, cuando el hotel aún estaba en funcionamiento. Solo la lavandería eran 10.000 euros al mes”, explica. A ho ra ya no puede pedir más créditos ni ayudas, ni tampoco ofrecer su hotel para acoger a enfermos de coronavirus -aunque le encantaría- o convertir las habitaciones en oficinas para personas que teletrabajan, como han hecho otros establecimientos. “Eso lo pueden hacer los hoteles de lujo, pero nos o tros no. ¿Quién quiere ir a un hotel de una estrella?”.

Así que la única solución que le queda es tirar de su propio patrimonio o esperar el milagro y que vuelvan los turistas. De hecho, Vives asegura que intentó reabrir el hotel en julio. En el comedor ya está todo preparado: platos, tazas y cubiertos, para que los clientes desayunen. También hay máquinas de gel hidroalc oh ólico y hasta una mampara de protección en recepción: todas las medidas para evitar posibles contagios. “Teníamos tres o cuatro reservas al día, pero cuando salía una mala noticia sobre la pandemia, se cancelaban todas”, lamenta. Los números le conv e ncieron de que era imposible abrir sin caer en la ruina.

Su esperanza ahora es poder abrir en primavera, aunque no sabe si podrá mantener a los 20 trabajadores del hotel. Ahora todos están en ERTE. “Ciutat Vella será la zona cero”, vaticina. El problema no es cosa solo de su hotel, sino de todos los hoteles y todo el barrio, asegura. “Sí, vivíamos del turismo, ¿y qué? Como tantas otras ciudades en el mundo.”

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