MERCAT LABORAL

La segunda oleada de la pandemia agrava el futuro laboral de los jóvenes

Desde que firman su primer contrato hasta que consiguen uno indefinido, pasan nueve años

ELISABET ESCRICHE RIVAS, PAULA SOLANAS ALFARO

Cuando se decretó el estado de alarma, los planes de Irene Moreno, de 23 años, eran acabar el último curso del grado en turismo y ponerse a trabajar en septiembre en la agencia de viajes donde ya había hecho prácticas. “Tenía trabajo asegurado, pero la pandemia lo ha cambiado, mi sector ha sido uno de los más afectados”, explica. Desde que recibió el título se ha dedicado a buscar trabajo en cualquier ámbito: supermercados, atención al cliente, tiendas de electrodomésticos, cadenas de moda… Pero solo la han llamado para hacer dos entrevistas y no la han acabado contratando en ninguna parte. “Está muy complicado”, lamenta. Mientras el turismo no remonte, ha decidido apuntarse a un curso de tripulante de cabina que empezará en enero . “Tengo esperanzas que la aviación mejore. Antes no me lo planteaba seriamente, pero estudiaré mientras no encuentre trabajo”, dice.

El caso de Irene no es una excepción, la pandemia ha acentuado la precariedad laboral juvenil y la segunda oleada todavía la ha agravado más. Uno de cada cuatro jóvenes menores de 30 años (25,3%) está en el paro, mientras que entre los que superan esta franja de edad la cifra baja a uno de cada diez, según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre. El dato es especialmente preocupante si se tiene en cuenta que hace un año el porcentaje de parados juveniles era de seis puntos menos. “La desocupación juvenil siempre duplica la del global de la población, tanto en épocas de expansión como en crisis, pero en el último caso todavía se ensancha más”, explica Raúl Ramos, profesor de economía aplicada de la UB. ¿El motivo? “Porque les falta experiencia y esto dificulta encontrar trabajo”.

La tasa de paro de este colectivo afecta con la misma proporción a chicos y chicas, pero la brecha se va ampliando a medida que baja la edad y el nivel de estudios. De nuevo, los datos son alarmantes: cuatro de cada diez jóvenes que tienen educación obligatoria están parados, mientras que entre los que logran un nivel de estudios superior el porcentaje baja al 20%.

La radiografía de los que tienen trabajo tampoco es muy optimista. Se encuentran con dos grandes escollos: el encadenamiento de contratos temporales y los salarios bajos. De hecho, casi la mitad tienen contratos temporales, un dato que se sitúa en el 14% entre los trabajadores de más de 30 años. “Desde que un joven firma su primer contrato hasta que consigue un de indefinido pasan nuevo años”, explica Ramos. “Es muy habitual que encadene una decena de contratos al año, y esto le perjudica, porque no le permite adquirir la experiencia necesaria en un sector concreto”, añade.

Pero incluso a los jóvenes que ya tienen cierta experiencia laboral la pandemia los ha truncado la carrera profesional. Es el caso de la Marta Rubau (nombre ficticio), arquitecta técnica de 27 años, que se quedó en el paro justo antes de que estallara el coronavirus, en febrero. La constructora donde trabajaba no le renovó el contrato para evitar hacerle indefinida. Aun así, consiguió una entrevista antes de cobrar la liquidación de su trabajo anterior. “Me dijeron finalmente que sí que me daban el trabajo y la misma semana declararon el estado de alarma y nos confinaron”, recuerda. La siguiente llamada que recibió fue del departamento de recursos humanos de la empresa para decirle que se había congelado su contratación.

Desde el confinamiento, Marta ha hecho varias entrevistas laborales presenciales, por Zoom, por teléfono... Todas con el mismo resultado. “Las vacantes son muy limitadas. Confío que la situación mejore, pero no hasta el año que viene”, lamenta. Mientras tanto, se plantea cursar estudios fuera de su ámbito para buscar suerte en un sector menos tocado por la crisis. “A la construcción le costará mucho retomar la confianza”, añade.

Según el profesor de la UB, en situaciones de crisis muchos jóvenes dejan de buscar trabajo porque saben que no hay y esto hace que la tasa de paro sea más baja de la que realmente es. Como en el caso de la Marta o Irene, “muchos encuentran refugio en la formación” y otros directamente ni estudian ni trabajan. La tasa de estos últimos también se ha disparado al 16% en el tercer trimestre del año, seis puntos más que hace un año.

La complejidad laboral del colectivo y el incremento del precio de la vivienda también dificultan mucho la emancipación del colectivo. De hecho, según los últimos datos de la EPA, por primera vez desde el 2007 la tasa de los jóvenes que marchan de casa de los padres antes de los 30 se sitúa por debajo del 20%; hace 13 años llegaba al 33%.

Ayudas contraproducentes

¿Hay alguna solución para salir de esta situación que la crisis del covid-19 todavía ha enquistado más? “Los incentivos que se dan a las empresas para que contraten jóvenes son un error porque a la compañía, si le interesa el perfil, igualmente lo contrata, y porque desplazan a otros trabajadores mayores”, asegura Ramos.

Para el profesor de la UB, la principal solución pasa por eliminar los contratos temporales, siguiendo un modelo más parecido a los países nórdicos, donde la temporalidad laboral es muy baja. “Para hacerlo haría falta un cambio legislativo con unos costes de despido más bajos y hacer mucha pedagogía entre el sector empresarial”. Ahora bien, Ramos añade que no se pueden tocar las indemnizaciones por despido si no se ajustan las prestaciones por paro. En este sentido defiende que en épocas de recesión, como la actual, estas prestaciones tendrían que ser más largas que en tiempos de bonanza económica. “No tiene sentido una prestación de paro de dos años si hay demanda laboral”, aclara.

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