PANDÈMIA

No hay una eficacia mínima para aprobar vacunas

Para la gripe o la malaria se comercializan algunas con eficacias de entre el 10% y el 16%

La pandemia de covid-19 ha implicado unos adelantos espectaculares en el campo de las vacunas. No sólo se ha acelerado al máximo el proceso, sino que nunca antes, para ninguna enfermedad, había habido tantas candidatas y con tantas posibilidades de ser efectivas. Además, se han podido acabar de desarrollar tecnologías que todavía estaban en fase experimental. La causa principal ha sido la inversión masiva en investigación, pero también ha influido la suerte de haber topado con un virus bastante más estable que otros, cosa que ha facilitado el trabajo. Por eso la vacuna contra el covid-19 es una excepción en la historia de estos fármacos.

Desde que en el 1796 Edward Jenner creó la primera vacuna, la de la viruela, se han desarrollado una veintena contra enfermedades víricas y una docena contra las causadas por bacterias. En el siglo XIX aparecieron la primera media docena, contra problemas graves como el cólera, la rabia, el tétanos y la peste bubónica. Durante el siglo XX se comercializaron la mayoría de las que usamos actualmente, pero en nuestro siglo también hemos tenido éxitos importantes, como las vacunas contra el virus del papiloma, la malaria, el dengue y el Ebola.

Inicialmente, las vacunas estaban hechas de microbios muertos o atenuados, que eran capaces de provocar una respuesta inmunitaria pero no la enfermedad. Después se empezaron a utilizar sólo partes de microbio (una o más proteínas, propias o modificadas en el laboratorio). Estos dos métodos son los que nos han dado todas las vacunas que se han administrado hasta ahora, y también se están usando para el covid-19: una veintena de candidatas hechas con proteínas y diez a partir de SARS-Cov-2 atenuados ya han entrado en fase de ensayos clínicos.

Nuevas estrategias vacunadoras

Pero la verdadera revolución que ha traído el covid-19 ha sido poder acabar de perfeccionar nuevos métodos de producción que todavía estaban en estudio. Por ejemplo, usar genes del virus (trozos de ARN o ADN) para hacer que las células humanas fabriquen ellas mismas las proteínas virales que estimulan la producción de anticuerpos. Esto es lo que han hecho Moderna y Pfizer, las farmacéuticas que han anunciado los primeros resultados positivos de las pruebas clínicas finales. Otro nuevo sistema es hacer que un segundo virus, debidamente inactivo, actúe como mensajero y transporte el material genético del microbio. Una vacuna rusa y otra china, así como también la de Astra Zeneca y la de Johnson & Johnson, todas ya en la fase 3, siguen esta vía.

Los datos iniciales de estas pruebas, que se completarán seguramente menos de un año después de haber iniciado las investigaciones, muestran una protección de más del 90% de los vacunados. Para compararlo, la primera vacuna contra la malaria, la RTS,S, obtenida después de más de cincuenta años de búsqueda, tiene una eficacia de tan sólo entre el 26% y el 50%. A pesar de cifras tan bajas, se aprobó por la urgencia de frenar una enfermedad que mata cerca de medio millón de personas cada año. Lo mismo pasa con la vacuna de la gripe, que algunas temporadas ha tenido eficacias del 10% y otras del 60%, pero que se considera útil por las muchas vidas que salva. Al otro extremo encontraríamos la rVSV-ZEBOV contra la Ebola, con un 97,5% de eficacia.

No hay, entonces, un límite único a partir del cual se considera que una vacuna es suficientemente eficaz para comercializarla: depende de las necesidades que genera cada enfermedad. Tampoco hay un mínimo de resultados positivos. La de la Ebola se aprobó urgentemente el año pasado después de un ensayo con poco más de 3.000 voluntarios cuando se vio que en el grupo control había diez de contagiados y ninguno en el grupo que había recibido la vacuna inmediatamente. En cambio, en el covid-19 los ensayos de la fase 3 se hacen con casi 50.000 voluntarios, y Pfizer ha calculado la eficacia a partir de sólo ocho infecciones en el grupo vacunado - frente a las 162 en el grupo placebo (el 95% de los infectados).

En los próximos meses seguramente conoceremos más cifras de eficacia y seguridad de las doce vacunas candidatas que ya están en fase 3. También hay más de cuarenta en fase 1 y 2, que tendrían que ir progresando. Es muy posible, pues, que el año que viene tengamos decenas de vacunas en la calle, algunas más efectivas que otras, que nos permitirán por fin controlar la pandemia.

(Salvador Macip es investigador de la Universidad de Leicester y de la UOC)

Las fases de un ensayo clínico

Una vez superados los estudios preliminares, los ensayos clínicos de las vacunas tienen tres fases. En la fase 1 la vacuna se da a menos de cien voluntarios, con dosis bajas, y el objetivo principal es establecer que es segura. En la fase 2 se expande a unos cuantos centenares y se empieza a medir también si protege. En la fase 3 se da a miles de personas para calcular el porcentaje de protección (comparando los voluntarios que reciben la vacuna con los que reciben el placebo y mirando cuántos se han infectado en cada grupo después de un tiempo), y también para detectar complicaciones poco frecuentes que en las otras fases habrían pasado por alto. Una vacuna que supera las tres fases tendrá una eficacia conocida, más o menos alta, y sobre todo será segura. La fase 4 es el seguimiento permanente que se hace una vez la vacuna ya se ha comercializado.

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