El triunfo del voto útil

La irrupción de Vox no puede menospreciarse. El monstruo sigue estando ahí

Pedro Sánchez se ha salido con la suya. Ha conseguido el efecto que buscaba: que la ciudadanía se movilizara para impedir el acceso al gobierno de una derecha radicalizada que ha permitido que Vox se le suba encima. La participación ha subido sensiblemente porque los ciudadanos han sido sensibles a las amenazas para la democracia y se han guiado por el criterio del voto útil para garantizar que el tripartito de derechas no alcanzara la mayoría. Y, en esta situación, se ha demostrado que el ruido no da credibilidad. Los electores han premiado a aquellos partidos que han rehuido las disputas y que han dado muestras de priorizar las vías políticas para afrontar los grandes problemas. Y así, la campaña —tanto en España como en Cataluña— ha beneficiado al PSOE (también a Podemos) y a Esquerra Republicana, los partidos que más han apostado por el acuerdo y que menos han especulado con las estrategias de confrontación.

Con este éxito, Sánchez acaba con los poderes corporativos del PSOE que estuvieron a punto de descabalgarlo para siempre

En unos momentos en los que es casi un tópico que los estados de ánimo juegan un papel fundamental en política, la derecha española —PP y Ciudadanos— y un sector importante de Junts per Catalunya no han captado que el clima emocional de la población no era ni de lejos el de finales del 2017. Y que en este momento lo que quiere la mayoría es que la política recupere la serenidad y se consigan crear espacios de acuerdo democrático. De esta manera los resultados en Cataluña nos dan tres titulares: Esquerra Republicana y PSC han recibido el premio del voto útil. El independentismo ha conseguido su mejor resultado en unas generales, confirmando así que la política española no lo puede obviar, y la derecha española, sin otro lenguaje que el resentimiento, se ha estrellado en Cataluña incapaz de proponer políticas en positivo.

Sánchez deberá formar gobierno y crear una mayoría estable. Estas elecciones han completado el relevo generacional en los partidos españoles. Con este éxito, Sánchez acaba con los poderes corporativos del PSOE que estuvieron a punto de descabalgarlo para siempre. Y es evidente que el último en llegar, Pablo Casado, es el que sale peor parado. El PP ha sacado el peor resultado de su historia, por debajo incluso de Alianza Popular. Sería una muestra de honestidad democrática que Pablo Casado renunciara a dirigir un partido que ya venía a la baja, pero al cual él ha dado el golpe de gracia.

Ciudadanos no ha conseguido la hegemonía en el espacio conservador, pero pisa lo bastante cerca al PP para pensar que en el futuro puede superar un partido en plena decadencia.

Ni Cataluña es la primera preocupación de muchos españoles ni la estrategia de confrontación funciona

La irrupción de Vox no puede menospreciarse. El monstruo sigue estando ahí, por mucho que lo veamos más debilitado de lo que parecía (el número de escaños no nos tiene que hacer olvidar el de votos). Los efectos contaminantes de su discurso sobre la sociedad española son evidentes y el PP y Ciudadanos lo han pagado dejándose atrapar por esta formación. Con respecto al resto, el buen resultado del PSOE y de Podemos permite hacerse una pregunta en clave europea: ¿podría ser que asistiéramos al inicio del desplazamiento del péndulo hacia la izquierda después de estos años de ola conservadora?

A Pedro Sánchez le corresponde ahora justificar las expectativas generadas. Tal como han ido las cosas, tanto el factor personal y emocional como las esperanzas creadas parece que hacen muy difícil, por no decir imposible, una coalición con Ciudadanos, por más que pueda haber muchas presiones de los poderes fácticos. Sería un portazo a muchos de los que lo han votado como mal menor. A Sánchez le corresponde convertir la apuesta de los que lo han votado en un proyecto de futuro. Y, por lo tanto, mirar a Podemos, mirar a Cataluña y mirar al País Vasco para salir del clima de confrontación de los últimos años, que como se ha visto ha agotado a buena parte de la ciudadanía.

La derecha española se ha creido que con una campaña agresiva contra el independentismo lo tenía todo ganado. Ha confundido sus deseos con la realidad. Ni Cataluña es la primera preocupación de muchos españoles ni la estrategia de confrontación funciona más allá de los momentos de alta tensión emocional. La democracia, por el principio de mayoría, tiende a funcionar por bloques, y hoy en Cataluña, paradójicamente, hay dos bloques ganadores: la izquierda y el independentismo. Quien sabe si esto nos da alguna pista sobre las municipales y europeas que ahora llegan.

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