Aquelarre final de Donald Trump

Crónica de una semana que llevó a la democracia estadounidense al borde del abismo

Una corriente de alivio recorrió Washington el viernes cuando Twitter borró para siempre la cuenta de Donald Trump. También desconcierto. Durante cuatro años, periodistas, congresistas, lobistas y cargos públicos hemos sentido la vibración casi ininterrumpida de las alertas en nuestros móviles. Se acabó. Trump ha gobernado a golpe de tuit, ha dirigido a su antojo el foco informativo de los medios, ha despedido a ministros con unos pocos caracteres, ha insultado, amenazado, mentido y difamado. Twitter ha sido para el 45º presidente de los Estados Unidos su principal órgano de agitación e intoxicación, y la compañía ha concluido finalmente que el uso que el mandatario hace de su producto puede “inspirar a otros a replicar los actos violentos” que asombraron al mundo esta semana.

Tarde para algunos, un ataque a la libertad de expresión para otros, el efecto inmediato de la cancelación de Trump en redes sociales es un silencio que parecía imposible. La capital fue consciente de golpe del inmenso e incesante ruido al que ha estado sometida durante cuatro años. Trump acabará su presidencia clamando contra la censura, gritando, pero sin ser oído (a todas horas). Tiene a su disposición una sala de prensa en la Casa Blanca donde crecen las telarañas, pero ahí le esperan preguntas.

Silencio para poner fin a los días más salvajes de la presidencia de Donald Trump, que han dejado cinco personas muertas. Un apagón para culminar una semana que condensa cuatro años de delirio narcisista. El clímax se alcanzó el miércoles, cuando una turba de seguidores suyos asaltó por la fuerza el Capitolio de los Estados Unidos, enviando al mundo una imagen de la primera potencia mundial en caída libre. Minutos antes, con retórica virulenta, Trump y sus aliados -entre ellos sus hijos Eric y Donald Trump Jr., además de su abogado Rudy Giuliani- les daban alas para marchar hacia el Congreso a intimidar a los congresistas que osaran respetar la voluntad mayoritaria expresada en las urnas dos meses antes por los ciudadanos.

Dos meses de mentiras sobre un inexistente fraude electoral, de lenguaje de agitación golpista y aliento a grupos violentos -“Estad preparados”, se dirigió Trump a los Proud Boys durante uno de los debates con Joe Biden- fueron abono para los acontecimientos del 6 de enero. Por los pasillos del Capitolio se paseó la bandera confederada, símbolo de los estados que lucharon contra la Unión en defensa de la esclavitud. Varios de los insurrectos buscaban al vicepresidente Mike Pence para “ejecutarlo”. Decenas coreaban: “Colgad a Mike Pence”. Trump lo había señalado públicamente por no doblegarse a sus presiones para que se sumara a su intentona golpista y violara sus obligaciones constitucionales. Iniciado el asalto al Congreso, el primer tuit del presidente iba dirigido contra Pence: “No ha tenido la valentía de hacer lo que debería haber hecho para proteger a nuestro país y a nuestra Constitución”. Once minutos antes los congresistas habían empezado a ser evacuados. Habían entrado en el edificio los primeros insurrectos.

Varios periodistas fueron perseguidos, golpeados, amenazados de muerte y sus equipos destrozados. Al ver que en su credencial figuraba que trabaja para el New York Times, arrojaron al suelo a la fotógrafa Erin Schaff y le destrozaron la cámara. “Pedí ayuda gritando lo más alto que pude”, explicó, pero no llegó ninguna. “Pensé que me podían matar y nadie los detendría”. Por suerte, pudo huir y buscar refugio. Despojada de su credencial, policías la confundieron con una atacante y la apuntaron con sus armas hasta que compañeros periodistas les sacaron del error. Durante toda la presidencia, Trump ha insistido en que “los medios son el enemigo del pueblo”.

Murió un policía, también una de las asaltantes baleada por un agente. Tres personas más fallecieron durante los incidentes. Una vez recuperado el control del Capitolio, Trump justificó en su ya difunta cuenta de Twitter lo acontecido, afirmando que “esto es lo que pasa” cuando se roban unas elecciones. Calificó de “patriotas” a los insurrectos y les pidió que se fueran a casa “con amor y en paz”. 24 horas después, condenó sus acciones en un vídeo y les dijo: “No representáis a nuestro país”. En su giro de 180 grados había más interés en protegerse legalmente que un sincero reconocimiento de la barbarie.

En una entrevista radiofónica, Ben Sasse, senador republicano, dijo que conforme se sucedían los acontecimientos “Donald Trump daba vueltas por la Casa Blanca desconcertado sobre por qué otras personas de su equipo no estaban tan emocionados como él lo estaba”. La también senadora conservadora Lisa Murkowski pidió el viernes su dimisión. “Solo quiere permanecer [en el cargo] por su ego. Es necesario que se vaya”. Voces críticas de un Partido Republicano que ahora comienza a resquebrajarse después de cuatro años de sumisión casi absoluta.

No fueron tan severas las críticas cuando el Washington Post desveló el domingo pasado que Donald Trump había llamado el día antes al secretario de Estado de Georgia para pedirle que le “encontrara” los votos que necesitaba para falsear el resultado de las presidenciales. Presión a los responsables electorales de este estado que este mismo medio desveló ayer que también se dieron en diciembre. Entonces Trump le pidió por teléfono al principal investigador electoral de Georgia que “encontrara el fraude”. De hacerlo, le dijo que sería un “héroe nacional”.

Segundo ‘impeachment’

En Georgia los republicanos perdieron el martes el control del Senado al ser derrotados en las elecciones en los dos últimos asientos que quedaban por adjudicar en la cámara alta. Un Senado que quizá deba juzgar por segunda vez a Trump si prospera el impeachment que mañana pondrá en marcha la Cámara de Representantes. Entonces el Congreso será un fortín, vallado ahora como lo está la Casa Blanca desde hace meses. Al contrario que en el Capitolio, en la residencia presidencial el insurrecto sigue dentro del recinto.

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