REGNE UNIT - UNIÓ EUROPEA

Brexit, el ser o no ser de Boris Johnson

El 'premier' decide entre tragarse el orgullo y aceptar las demandas de la UE o saltar al vacío

Las casas de apuestas del Reino Unido ya han decidido que desde el 1 de enero la relación entre las islas británicas y la Unión Europea (UE) se regirá por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). En otras palabras, el acuerdo que todavía a estas alturas se intenta cerrar en Bruselas no será una realidad al final del día de hoy, cuando las dos partes tienen que decidir si optan por el compromiso de mínimos o la quebradiza.

Hace tan solo una semana, la consulta de los indicadores con los que trabajan las apuestas sugería que el no-acuerdo solo tenía el 17% de probabilidades de imponerse. Anteayer viernes ya cotizaba al 61%, el día anterior al 53%. ¿Aciertan las casas de apuestas? Imposible saberlo. En el referéndum del Brexit se equivocaron. No se valoró bastante la cantidad de pequeñas apuestas que se hacían desde el norte de Inglaterra. La atención se fijó en el volumen del dinero jugado, que era mucho más elevado en el sur del país, donde Londres y la City son territorio remain, y donde los intereses financieros de la gran mayoría de actores hacían prever todo el contrario de lo que acabó pasando.

Ayer se cumplió el primer aniversario del triunfo de Boris Johnson en las urnas. El premier barrió un corbynismo que había empezado ilusionando a gente muy joven y que acabó enredándose y ahogándose en la telaraña tory del Brexit, su líder, Jeremy Corbyn, incapaz de imponer una voz propia y creíble con la que combatir la demagogia nacionalista inglesa que hay detrás del divorcio de la Unión Europea.

Críticas ‘tories’

Un nacionalismo del que ayer fue acusado Johnson por el antiguo presidente del Partido Conservador, lord Patten de Barnes, ex gobernador de Hong Kong. Con sus comentarios, y los de los otros diputados destacados, como Tobias Ellwood -exmilitar y ex secretario de estado de Defensa-, criticaban la posición de Downing Street de amenazar con defender con barcos de la Royal Navy los bancos de pesca británicos si no hay acuerdo.

La decisión fue saludada con gran entusiasmo por la prensa más reaccionaria: “Cañoneros para proteger nuestro pescado”, titulaba el Daily Express. De acuerdo con fuentes de la Radio Televisión Irlandesa, tanta agresividad verbal no contribuyó nada a mejorar el estado de ánimo de los negociadores comunitarios. En Bruselas, aún así, ya están acostumbrados a los titulares de los tabloides. Más cuesta tragarse las simplificaciones del mismo Johnson. Durante la campaña electoral, se agenció de algunas. Por ejemplo, eslóganes efectivos pero tan falsos como populistas como por ejemplo: “Terminemos el Brexit”, como si hacerlo fuera coser y cantar, o “Tenemos un acuerdo listo para hornear”. Trescientos sesenta seis días después de su gran triunfo, BoJo, como le llama la prensa más servil, tiene que tomar una decisión que marcará el resto de su mandato y la vida de casi setenta millones de personas.

Del mismo modo que Johnson fantaseaba cuando hablaba de un acuerdo comercial casi listo, también mentía cuando se comprometió a que nunca habría una aduana en el mar de Irlanda. Con acuerdo o sin, desde el 1 de enero en el puerto de Belfast habrá controles para inspeccionar las mercancías que lleguen desde la Gran Bretaña a la provincia.

La razón es que gracias al protocolo norirlandés del Tratado de Retirada, Ulster disfrutará de unas condiciones diferentes que el resto del país. Más diferentes serán todavía si no hay acuerdo. Porque el mismo protocolo, diseñado para evitar una frontera dura en la isla entre el norte y el sur, garantiza que la provincia británica continúe disfrutando de un acceso al mercado único comunitario libre de tarifas. Un hecho que implica a la vez que para los bienes que llegan Irlanda del Norte tendrá que aplicar las normas aduaneras de la Unión a sus puertos. Por lo tanto, tiene que haber controles, hecho que Johnson aseguró que nunca permitiría. El resultado es que desde Irlanda del Norte las mercancías en dirección a la República y el resto de la UE fluirán tal y como lo hacen ahora sin controles aduaneros, aranceles ni nuevos trámites. El absurdo económico del Brexit se demuestra cuando, en el caso de no-acuerdo, se abre la posibilidad de la deslocalización teórica de muchas industrias de la Gran Bretaña a Irlanda del Norte para beneficiarse de un régimen tarifario diferente. Y el absurdo político para la integridad del Reino Unido es todavía más grave. Sin compromiso, la dinámica de la provincia a medida que la situación se consolide será la de acercarse más a la UE y alejarse de Londres.

Por estas razones y por una infinidad más -desde convenios sobre seguridad hasta colas y caos en Dover, que ya hace días que se registran-, la decisión que tiene que tomar Johnson es existencial. Como la de Hamlet: bastante doloroso puede ser arrodillarse a las demandas de la UE después de tanto llenarse la boca de soberanía e independencia, pero mucho más doloroso será no hacerlo y saltar al vacío. La incertidumbre que se abre, y lo saben perfectamente, es equiparable a la de la muerte.

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