La guerrilla de Facebook resiste

Los regímenes del mundo árabe no pueden silenciar el activismo online

En abril del año pasado, el llamamiento al boicot de consumo de tres marcas en Marruecos corría como la pólvora a través de Facebook: la leche Centrale Danone, el agua Sidi Ali y las gasolineras Afriquia. Era una forma de protesta sorda, protagonizada por la juventud, que nació cuestionando la subida de precios de productos básicos y enseguida se convirtió en un movimiento contra las desigualdades sociales, el nepotismo y la corrupción, y se concentró contra personajes del entorno del rey Mohamed VI. El mukhateb (boicot) no se podía reprimir a golpes de porra, como pasó con la revuelta de 2016 en la zona del Rif para exigir mejoras sociales. Dos de las tres empresas afectadas han acabado bajando precios, pero probablemente la principal victoria del movimiento, sin caras visibles, es haber obligado a un régimen de naturaleza oligárquica a hablar de los problemas sociales y económicos del pueblo. “Los jóvenes en Marruecos se sienten excluidos del sistema político y por eso hay tanta emigración —legal y clandestina—. Las redes sociales son un refugio para expresarse con libertad y una respuesta a la prensa oficial, y además Facebook contribuye a crear un sentimiento de identidad compartida, una posibilidad de desafiar el orden establecido”, cuenta el investigador Taha Tayebi.

El boicot marroquí fue una de las experiencias que han estudiado los 32 jóvenes investigadores de varios países mediterráneos reunidos en Barcelona por el Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed) para analizar el activismo online y offline de la juventud de hoy en la región.

El sueño de cambio que empezó en 2011 en Túnez, Egipto, Siria o Baréin —que no fueron nunca revoluciones de internet, pero sí procesos de transformación radical en los que las redes sociales fueron una herramienta para el cambio— se aplastó con guerras, golpes de Estado y yihadismos. El Egipto del mariscal Al-Sissi y la Siria de Bashar al-Ásad son los ejemplos más claros del triunfo de la contrarrevolución. Pero esto no quiere decir que las voces críticas puedan ser totalmente silenciadas.

Un nuevo terreno de lucha

Las redes sociales se han convertido en un nuevo terreno de batalla, porque su potencial es imparable. Hasta 37 millones de egipcios acceden a Facebook al menos una vez cada mes y, de estos, el 59% lo hacen cada día, según los datos de la empresa de Mark Zuckerberg. El principal grupo de usuarios tiene entre 18 y 24 años, seguidos por los de 25 a 34. Medio millar de páginas web y miles de direcciones IP que identifican a ordenadores han sido censuradas, pero iniciativas como HarassMap, para documentar el acoso sexual en la calle, demuestran hasta qué punto las redes son útiles para el activismo, también el feminista. “En el contexto particular de restricciones sobre el espacio público, en términos de organización y disidencia, en términos de regímenes autoritarios o de represión de los temas feministas por parte de las corrientes de ultraderecha, el activismo online es una herramienta clave para el feminismo”, concluye la investigadora egipcia Mariam Mecky.

El régimen contraataca en las redes

Quizás en 2011 los Gobiernos —autoritarios o democráticos— habían subestimado la importancia de las redes sociales, pero hoy se han convertido claramente en un terreno de batalla. Como explicaba el investigador lituano Zilvinas Svedkauskas, Al-Sissi ha puesto en marcha una auténtica ciberguerra contra la disidencia: “Los servicios secretos egipcios han comprado a empresas europeas, como la joint venture de Nokia y Siemens, ‘software’ para monitorizar la actividad digital”.

Con estas ciberarmas el régimen ha intentado cazar a opositores. Después de la detención de la abogada Azza Soliman, en 2016, sus compañeros recibieron un falso enlace a Dropbox que los servicios secretos utilizaron para infiltrarse en sus ordenadores. Unos meses más tarde los servicios de espionaje enviaron una falsa convocatoria de un debate sobre la ley de ONG que también contenía un ‘software’ malicioso. Este mismo año, justamente cuando se debatía la enmienda constitucional que ha permitido a Al-Sissi continuar en el poder hasta 2034, se produjo un nuevo ataque masivo, esta vez a través de aplicaciones asociadas al correo de Google. Por descontado, el exilio no es una garantía de protección: en 2017 agentes secretos egipcios se infiltraron en una reunión del grupo de derechos de EuroMed en Roma que acogía a varios activistas exiliados: el material que obtuvieron se utilizó en una campaña para desprestigiarlos.

Los investigadores piden a la UE que vete la exportación de ‘software’ y equipos de vigilancia y que asesore a los disidentes exiliados en Europa para protegerse de la ciberpersecución.

El ciberactivismo, de ruido de fondo en el Mediterráneo

HarassMap (Egipto)

Desde 2010, HarrassMap recoge las denuncias de acoso sexual en Egipto. Las víctimas (y cualquiera que haya sido testigo de una agresión en el espacio público) pueden explicarlo por SMS, Twitter o Facebook, de modo que las denuncias se presentan en un mapa que acaba dando la geografía de los lugares más inseguros para las mujeres. La iniciativa, que se combina con campañas en la calle, consiguió en 2013 que el régimen penalizara el acoso, una realidad que antes se negaba oficialmente, aunque el 99% de las mujeres egipcias lo han sufrido. La idea se ha reproducido en unos ochenta países.

Al-mukata (Marruecos)

Todavía no se ha podido identificar a los impulsores del boicot ciudadano que empezó el 20 de abril del año pasado contra tres marcas líderes: la leche Centrale, que pertenece a la multinacional francesa Danone; las gasolineras Afriquia, de Aziz Akhannuch, ministro de Agricultura y Pesca desde 2007, segunda fortuna del país y amigo del rey Mohamed VI, y el agua mineral Sidi Ali, de Miriem Bensalah-Chaqroun, expresidenta de la patronal. El movimiento, que ha tenido un seguimiento masivo, nació denunciando el encarecimiento de los productos básicos y evolucionó hacia una denuncia de las desigualdades sociales y los privilegios en el Reino alauí. El Gobierno ha tenido que reaccionar.

You Stink (Líbano)

En 2015, el movimiento You Stink (Apestáis) sacudió el Líbano. Lo que nació como una protesta por el problema endémico de la mala gestión de la basura se convirtió en la movilización no partidaria más importante del país desde el final de la guerra civil de los años 70 y 80. Convocados por las redes sociales, exigían el fin de la corrupción, la dimisión del Gobierno y cambios de fondo en el sistema político y económico. Eran objetivos demasiado abstractos para un movimiento sin dirección ni alternativa política, pero tres años después el malestar ha vuelto a causa del plan del Gobierno de construir grandes incineradoras.

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