Joe Biden, el presidente más votado de la historia

La Casa Blanca volvería a la política tranquila con Joe Biden, el hombre que quiere unir el país

El demócrata Joe Biden durante una comparecencia después de la jornada electoral / KEVIN LAMARQUE / REUTERS

A las puertas del centro donde se hacía el recuento de votos en Filadelfia, el día después de las elecciones, un joven seguidor de Trump se atrevía a lucir la gorra roja del ya famoso en todo el mundo " America great again" y hablaba con la prensa para poner en cuestión unos resultados electorales que, cada vez más y más, pronosticaban una victoria de Joe Biden. ¿Su principal argumento? “No es posible que sleepy Joe [Joe el dormilón, como lo ha bautizado Donald Trump] haya recibido todos estos votos que dicen”. 

Ciertamente, Joe Biden no era un candidato presidencial que haya despertado pasiones, y aún así se ha convertido en el presidente electo de los Estados Unidos que más votos ha recibido en la historia del país, después de superar el récord de 69,5 millones de papeletas que obtuvo Barack Obama en 2008. También será el presidente más viejo en tomar posesión, el 20 de enero, porque a finales de noviembre cumplirá 78 años. 

Los seguidores de Trump no pueden hacerse a la idea de que alguien, según ellos, con tan poco carisma y tan poco ánimo, haya derrotado a su líder duro y fuerte. Pero subestiman la fuerza del voto anti-Trump, de aquellos que veían al presidente como un autócrata egocéntrico, y subestiman también la fuerza de la empatía y la reconciliación que Biden ha propuesto durante toda su campaña.

Moderación y bipartidismo

“Seré el presidente de todos los norteamericanos”, insistía Biden el día después de las elecciones, tal como ha hecho durante toda la campaña. En un momento de máxima polarización social y política, el estilo del próximo presidente norteamericano será completamente opuesto al del que deja la Casa Blanca. Moderación, tranquilidad y diálogo bipartidista serán los sellos, los que han marcado sus 47 años de carrera en Washington.

Las bases más progresistas del Partido Demócrata, nuevas generaciones que apostaron fuerte por el senador de Vermont Bernie Sanders y su agenda “revolucionaria”, tampoco se identifican con este político impuesto por el establishment del partido. Pero esta vez, al contrario de lo que pasó en 2016 con Hillary Clinton, las ansias para echar a Trump de la Casa Blanca han podido más que las disputas internas. La moderación de Biden, de hecho, puede ser crucial para reconciliar al país, cuando los seguidores de Trump se den cuenta de que este exsenador de Delaware no quiere imponer la agenda “socialista” de Sanders. “Volver a unir el país”: es lo que pretende este político de carrera, nacido en una familia humilde y trabajadora del nordeste de Pensilvania, un hombre corriente y cercano al norteamericano de calle, o al menos esto es lo que busca transmitir. 

El caos y el escándalo constante de la presidencia de Donald Trump dejarán paso a una presidencia tranquila y muy probablemente aburrida, sin sobresaltos y sin tuits a las dos de la madrugada. La política norteamericana volverá a la normalidad, con permiso de la pandemia de covid-19 y de un paro histórico que pondrá a prueba las dotes de liderazgo de Biden desde el primer momento.

El exvicepresidente de Obama no es tan inspirador como lo era él, pero se identifica claramente con muchas de sus políticas y posiciones, como la apuesta por el multilateralismo en el tablero internacional y la lucha contra la emergencia climática, dos temas que habían quedado totalmente relegados bajo la presidencia de Trump. Con todo, Biden no se ha sumado a la apuesta ambiciosa del Green Deal que reclaman congresistas como Alexandria Ocasio-Cortez, principalmente porque ha decidido no vetar el fracking que tanto dinero y puestos de trabajo está dando a su estado natal (y clave electoralmente) de Pensilvania.

La mochila no está vacía del todo

Muchos demócratas que han apoyado a Biden no votaron a Hillary Clinton hace cuatro años porque tenía “la mochila demasiado llena”, como decía Bill Banks, afroamericano, cuando salía de votar en Wilmington (Delaware), la ciudad del candidato demócrata. Pero la mochila del nuevo presidente no viene vacía tampoco, después de medio siglo en los pasillos de Washington, primero como senador por Delaware (36 años) y después como vicepresidente.

Desde que accedió al Senado en 1972, Biden ha intentado llegar a acuerdos con los republicanos para desencallar políticas, hasta el punto de acercarse a los segregacionistas del sur y plantear, en esa década, que había que ir despacio en el desmantelamiento de estas leyes que discriminaban a los negros.

Unas posiciones –producto de una etapa histórica concreta– que, junto con algunas acusaciones de comportamientos inapropiados hacia las mujeres, han hecho que algunos de sus electores lo hayan tenido que votar tapándose la nariz. “El mal menor” o the less of two evils, decían muchos. Pero, aún así, los intentos de la caverna mediática de la derecha de presentarlo, sin pruebas, como un político corrupto que ha enriquecido a su familia a expensas de sus acuerdos secretos con China y Ucrania, por ejemplo, no han tenido ningún eco en los medios tradicionales y han quedado en simples delirios de la Fox.

El exvicepresidente de Obama encara el reto más importante de su vida cuando está a punto de cumplir 78 años. Y no son pocos los que temen que la nueva vicepresidenta, Kamala Harris –primera mujer afroamericana en este cargo y con una agenda más progresista que la de su compañero Biden–, tenga que sustituirlo en algún momento. Pero su estilo tranquilo y aburrido es, probablemente, lo que este país más necesita después de cuatro años de caos.

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