LA VOZ DE LA HISTORIA

Supervivientes del genocidio armenio

Descendientes de las personas asesinadas explican la barbarie vivida

Cada clavel, lirio y amapola dejados alrededor de la Llama Eterna, en el memorial de Tsitsernakapert, mantienen el recuerdo de los más de un millón de armenios que fueron masacrados por el Imperio Otomano en 1915. Como cada 24 de abril desde 1967, fecha en que se inauguró el monumento del genocidio, decenas de miles de personas de todas partes de Armenia van a Ereván a rendir homenaje a los antepasados. No ha sido fácil para los descendientes de los supervivientes de las deportaciones forzosas desde Turquía poder honrar su memoria, y menos aún hablar en público del genocidio. “A mi generación nos llaman la generación del silencio porque nos prohibieron hablar de nuestros familiares que murieron mientras fueron obligados a abandonar Turquía”, explica al ARA la octogenaria Alisa Safarian.

En tiempos de la Unión Soviética, Stalin prohibió los nacionalismos, y hablar del genocidio se consideraba una expresión de identidad nacional. No fue hasta 1965, después de que más de un millón de armenios salieran a las calles de Ereván a conmemorar el quincuagésimo aniversario del genocidio, que las autoridades soviéticas permitieron la construcción del memorial.

Alisa, que tiene 87 años, no ha olvidado hablar a sus hijos y nietos de sus antepasados en Turquía. El 24 de abril de 1915 los soldados otomanos convocaron a los hombres de Arshevts (en la provincia turca de Van) a una reunión y, cuando estaban todos congregados en un edificio, le prendieron fuego con antorchas. El abuelo y otros familiares de Alisa murieron. Su padre le explicó incluso que los hombres “oyeron las voces de los soldados otomanos que pedían desde fuera venganza contra los armenios”.

A su abuela y a sus cinco hijos los obligaron a marcharse, a deambular durante casi dos meses sin agua ni comida hasta que salieron de Turquía. “Durante el viaje murieron los hermanos de mi padre. Solo sobrevivieron él, mi abuela y un sobrino de mi abuela”, recuerda Alisa.

La mujer conserva ahora en casa una fotografía de los abuelos, el padre y sus hermanas, un enorme tapiz con la imagen de su tío vestido con condecoraciones militares y lo que fue su escritorio de madera. El tío fue un héroe de guerra que luchó con los soviéticos contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial. “Así es como se vengó de los turcos”, declara. Entonces Turquía y Alemania eran aliadas.

Los Fabrikatorian son otra familia armenia. Su increíble historia parece sacada de una novela. El padre de Mames Fabrikatorian fue el único superviviente de la familia, una de las más ricas de Turquía gracias a sus fábricas textiles. La familia tenía cinco lujosas villas en la región de Kharbert —uno de los principales asentamientos de armenios en Turquia— que eran propiedad del abuelo de Mames y sus cuatro hermanos. Mames explica que los soldados otomanos se llevaron a los cinco hermanos y ejecutaron a cuatro. Dejaron uno vivo para que les indicara dónde guardaba el oro la familia y, cuando consiguieron el botín, también lo mataron.

En el camino al exilio, la abuela de Mames fue decapitada con una espada mientras llevaba en brazos Artin, el padre de Mames. El niño quedó durante horas cogido al cuerpo de su madre en el suelo hasta que se dio cuenta de que no reaccionaba y que estaba muerta. Milagrosamente, la criatura llegó a una localidad donde lo internaron en un orfanato. Años después, una tía lo localizó y se lo llevó.

Mames conserva fotos antiguas de las cinco casas de su familia, así como documentos legales. Ahora en la calle donde se levantó el imperio textil de los Fabrikatorian se ha construido un supermercado que se llama Los Cinco Hermanos, en referencia a la familia, explica Mames.

El genocidio armenio sigue siendo un tema sensible entre Turquía y la Unión Europea. Solo 29 países reconocen este genocidio como el primero del siglo XX. Francia, además, lo conmemora y recuerda cada 24 de abril.

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