Vidas cocaleras

Las mujeres que cultivan coca en Colombia: el único cultivo que les ayuda a sobrevivir 

TEXTO: MILO DEL CASTILLO Y JAVIER SULÉ / FOTO: JAVIER SULÉ

El municipio de Tumaco, en el sur de Colombia y fronterizo con Ecuador, y la subregión del Catatumbo, en el extremo opuesto, en el norte del país y que hace frontera con Venezuela, son los dos territorios con más cultivos de coca del mundo. Allí se continúan viviendo realidades de guerra tres años después de la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC. La guerrilla había utilizado la coca como fuente de financiación y los cultivos ilícitos se convirtieron en un blanco en la estrategia gubernamental contra la insurgencia. Después de que las FARC abandonaran las armas [para retomarlas, al menos de forma parcial, el pasado mes de agosto], Colombia sigue siendo el productor de cocaína más importante del mundo. El año pasado tenía 171.000 hectáreas cultivadas, la cifra más alta de los últimos 20 años, lo que también ha tenido repercusión en el consumo de esta droga, que es, después del alcohol, una de las más consumidas en Cataluña. El conflicto armado en ambos territorios alrededor de los cultivos de coca se ha reconvertido con otros grupos armados que tomaron el control del negocio y ocuparon el lugar de la guerrilla.

El nuevo gobierno sigue priorizando la erradicación forzada y trata de reanudar las fumigaciones aéreas, prohibidas en su momento por los efectos cancerígenos que pueden tener. Es parte de la llamada "guerra contra las drogas", cada vez más cuestionada, que continúa enfocada en los síntomas sin atender las causas. Lo sabe bien la población campesina cocalera, que continúa recibiendo todas sus consecuencias. La mayoría son mujeres y éstas son algunas de sus historias.

"Es más fácil sembrar 100 matas de coca que 100 racimos de plátano"

Esther Enríquez vive en una aldea a orillas del río Rosario, un lugar selvático que es una de las zonas más violentas de Tumaco, fuertemente custodiada por grupos armados. Aquí los extraños no son bienvenidos y sacar los productos de la tierra es costoso y difícil. "Es más fácil sembrar 100 matas de coca que 100 racimos de plátano", dice, refiriéndose a las dificultades de poder vivir de un cultivo legal. Aún así, se levanta muy temprano para ir a sus plantaciones de cacao y de plátano. Apenas tiene unas cuantas matas de coca. Asegura que no le gustó sembrar, pero que la necesidad la obligó a hacerlo para mantener a sus hijos. "La realidad no nos ayuda mucho. El precio del chocolate ha bajado mucho y el del plátano aún más".

Mientras intenta no morir de hambre o no sufrir reprimendas de los violentos, Esther se ocupa también de liderar la lucha por una educación digna de los niños, junto con otras madres de las poblaciones situadas a lo largo del río. Son ellas las que gestionan que haya profesores y que lleguen hasta el río a dar clase a sus precarias escuelas; son también las que velan para que los niños más pequeños no se ahoguen en el transporte fluvial que les conduce a la escuela. "En un país como Colombia si una persona estudia tiene más oportunidades de salir adelante. Quizás con una buena educación no desvían sus caminos hacia la coca", cuenta esperanzada.

"Sin la coca aquí nadie consigue nada"

Con catorce años, Laura Puente llegó sola a Tibú, en la convulsa zona del Catatumbo. Quería ayudar a su familia y se puso a trabajar de raspachina, como son conocidas en el país las personas que recolectan hoja de coca. Irse a raspar fue el camino hacia la vida adulta que siguieron miles de niños colombianos al abandonar el núcleo familiar. "Los primeros días es duro, sólo recogía 60 kilos; te salen ampollas en los dedos de las manos y algunos patrones te tratan mal", recuerda. Además de raspar, también cocina para los jornaleros de las fincas de la zona. Es una de las tareas más habituales que realizan las mujeres en el mundo de la coca. "Me levanto cada día a las cuatro para hacer el desayuno y el almuerzo a los raspadores. Prefiero cocinar que raspar", afirma. A sus ya 19 años, después de vivir en una precaria casa de madera, Laura pudo construirse una casa mejor, aunque sea sencilla. "Sin la coca, aquí nadie consigue nada", asevera.

Pero no son las familias cocaleras las que se lucran del negocio del narcotráfico, sino los otros eslabones de la cadena. Los ingresos que obtienen los campesinos son realmente bajos, pero siempre tienen un margen de ganancia mayor que el que se obtiene en otros cultivos. Laura puede ganar entre 11 y 14 euros diarios como raspadora, en función de la cantidad de hoja que recoja. A los hombres les suele rendir más. En cualquier caso, la ventaja de la coca es que tiene el mercado asegurado y sirve de aval para que te fíen en las tiendas.

"Mi lucha es que mi hijo y mi nieto puedan sobrevivir de otra manera"

Lleva 20 años manteniendo a su familia en el municipio de Tibú gracias a la coca. Ni el conflicto armado ni el cáncer han podido acabar con ella. "Para mí la coca significa un gran peligro y una manera de sobrevivir", dice Maricela Parra. Sueña con poder centrarse algún día en la producción de lácteos, pero también teme que la sociedad la rechace, que su enfermedad la venza en cualquier momento y, sobre todo, que su fuente actual de subsistencia se convierta en la historia familiar. "Mi lucha es que mi hijo y mi nieto puedan sobrevivir de otra manera que no sea mediante la coca, y erradicar mi enfermedad", añade.

Un día, raspando, Maricela se dio cuenta de que algo iba mal. Sentía un dolor muy fuerte que la dejaba sin respiración y una secreción marrón le salía del pecho izquierdo. Le diagnosticaron cáncer de mama. La coca la ayudó a no morir. "Gracias a la coca pude cubrir gastos, como los desplazamientos, la estancia en la ciudad de Cúcuta para tratarme o los medicamentos", asegura. Ante el abandono del estado, la coca es casi la única fuente de recursos para que la población pueda acceder a derechos como la vivienda, la alimentación, la educación y la salud.

Junto con su marido, Maricela tiene su propio cultivo y un laboratorio artesanal donde cada dos o tres meses, con un sencillo proceso químico, transforman las hojas de coca en pasta base que luego venden para ser transformada en cocaína en otros laboratorios llamados cristalizaderos, ya ajenos a los campesinos. Hacer pasta base permite vivir un poco mejor.

"Si tuviéramos las necesidades básicas resueltas no habría coca"

Nunca sembró coca, pero María Carvajal reconoce abiertamente que vive de ella. "Tengo un restaurante en la carretera y todo el que llega y pasa por aquí vive directa o indirectamente de la coca. La coca tiene una cadena muy larga, empezando por la misma empresa Monsanto, que es la que hace los químicos para procesarla", afirma esta reconocida líder social de la Asociación Campesina del Catatumbo, (Ascamcat), que arrastra una dura historia de desplazamientos y violencias. María vive en el municipio de Tibú, el segundo del país con más hectáreas cultivadas. Aquí la coca se convirtió en el motor de la economía. "Si tuviéramos las necesidades básicas resueltas no habría coca", señala.

Con todo, en Catatumbo hace tiempo que quieren dejar la coca, y la consideran un problema social en toda la región, que conllevó un aumento de la violencia contra las mujeres. "No lo podemos negar. La coca provoca descomposición de la sociedad, separación de hogares y violencia intrafamiliar", afirma. Pero la coca no se puede arrancar de un día para otro cuando es la única economía que funciona en la zona. "Propusimos una sustitución gradual a diez años vista, porque no se trata sólo de cambiar un cultivo por otro. Necesitamos tierra propia, vivienda, escuelas, centros de salud, carreteras, proyectos productivos y líneas de comercialización", dice. María fue una de las personas que creyeron en el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), nacido de los acuerdos de paz. Del total de 130.000 familias que se acogieron en todo el país, tres mil son del Catatumbo. El compromiso de los campesinos era arrancar la coca, sustituir los cultivos y no volver a sembrar. El del gobierno, ofrecerles todas las condiciones para mejorar sus vidas, impulsando políticas de desarrollo alternativo. Muchas familias ya arrancaron las matas, pero todavía no tienen proyectos productivos alternativos debido a los alarmantes retrasos del gobierno en su implementación. "El campesino se siente engañado y se verá obligado a volver a sembrar", afirma.

"No es la mata, sino lo que sacan de ella"

Las personas que cultivan coca en Colombia suelen llamar cariñosamente la mata a la planta de coca. Cristina Meza, madre soltera de dos chicas y un niño, aunque reconoce que este cultivo ha llevado destrucción en el país, no puede evitar referirse a ella con gratitud: "Para mí, la coca lo significa todo. Vivo de esta mata, me siento bien con los resultados que me da y para mí eso es mucho", explica. Y es que la coca es rápida. Crece en apenas seis meses una vez sembrada y da entre cuatro y seis cosechas al año. Con los resultados que obtiene raspando en cultivos cercanos y en su propia parcela, su intención sólo es sobrevivir a su pequeña casa de madera. Conoce las consecuencias de su actividad; de hecho, varias veces el ejército le ha erradicado el cultivo. De la violencia, no habla.

Sin embargo, Cristina también entiende que los cultivadores de coca no son los únicos responsables de todo. "No es la mata, sino lo que sacan de ella. Las personas hacen un mal uso, pero nosotros no la cultivamos para ello", considera. Se refiere a quien consume el producto final, porque, mientras ella se venda las manos para no arrancarse la piel de los dedos raspando en un cultivo considerado ilegal que apenas le permite subsistir a costa de estigmatizaciones, temor y violencia, en otros lugares alguien aspira el resultado final de la mata con otros fines.

"Que el gobierno nos diga cuáles son nuestras ayudas y cuando esto ocurra dejaremos de sembrarla"

Los indígenas awá siempre cultivaron y utilizaron la coca para uso medicinal, pero ahora muchas de las 20.000 hectáreas que hay sembradas en Tumaco, el municipio con más coca del país, formarían parte de sus tierras. La guerra y el narcotráfico les llevaron la destrucción del territorio y de su cultura, y altos niveles de violencia afectaron su watuzan, que significa "buen vivir, en armonía con la naturaleza, con los ancestros y con todo lo que los rodea". Los awás han sufrido más de 350 homicidios en los últimos años.

Según dicen, buena parte de los cultivos ilícitos existentes pertenecen a los campesinos colonos que llegaron a su territorio. Pero reconocen que muchos de ellos también terminaron sembrando coca. Ana Guang es una de las pocas mujeres cocaleras que ostentan un cargo en su comunidad, en su caso como gobernadora suplente, lo que no le impide estar atenta a sus ocho hijos, ser ama de casa y trabajar de sol a sol sembrando, fumigando o raspando coca. "Cultivo porque no hay de donde obtener ingresos y con ello pagamos los estudios de los hijos y la comida", dice.

También el estado los tiene olvidados. No tienen servicios médicos, ni agua, ni electricidad, ni carreteras, y les cuesta mucho conseguir alimentos. "Si el gobierno viene con sus helicópteros, su ejército y sus fumigaciones, también debería venir para dialogar y explicar cuáles son las ayudas que nos corresponden. Cuando esto ocurra dejaremos de sembrar coca ", critica con rabia.

"Cuando sembramos la pimienta pusimos todo el amor"

Trabajaba empaquetando tomates por dos euros al día hasta que hace 13 años decidió instalarse con su familia en la zona del Alto Mira, en el municipio de Tumaco, y cultivar coca. Así, la vida de Doris Ramos mejoró: "Vinimos sin nada y yo estoy agradecida a esta mata porque incluso nos pudimos comprar una tierra". En todo este tiempo, el ejército le ha erradicado cinco veces los cultivos de coca y lo volverá a hacer en pocos días: ya están muy cerca de su finca. Cuando le destruyan los cultivos, no sabe si volverá a sembrar. Está cansada de tanta persecución. "El ejército llega, arrancan las matas y nos dejan sin nada. Se nos llevan todo el trabajo y hay que empezar de cero. Nosotros tenemos deudas, pero ellos no lo tienen en cuenta. Esto nos desanima, pero como no hay otra cosa legal que sea rentable nos vemos obligados a volver a sembrar".

Quiere dejar atrás la coca y lo sigue intentando por iniciativa propia. "Se dijo que con la paz vendrían proyectos, pero aquí no llegó nada. Nosotros queremos cambiar para dejar atrás este sufrimiento. Ahora hemos apostado por la pimienta para sustituir la coca y tenemos la esperanza de que funcione. Nosotros siempre hemos sido campesinos y me siento feliz de sembrar pimienta. Cuando la sembramos, pusimos todo el amor, pero el problema del campesino es que no tiene donde venderlo ni quien se lo compre, ni carreteras por donde sacarlo".

Este reportaje forma parte del proyecto cocaleras, de la Asociación Catalana por la Paz, que ha recibido el apoyo de la Beca DevReporter 2018, impulsada con financiación de la Unión Europea, el Ayuntamiento de Barcelona y la Agencia Catalana de Cooperación.

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