COLONIALISMO

El clamor de los niños robados en África

El colonialismo belga separó a 20.000 criaturas de sus madres y las expatrió a la fuerza

Imagen cedida por la Asociación de Mestizos de Bélgica.

Todavía era menor de edad, iba con su familia de acogida de vacaciones a Suiza pero no pudo cruzar la frontera de Bélgica. “Con un pasaporte de apátrida no podía salir del país”, dice ahora a los 72 años Georges Kamanayo, que recuerda cómo tuvo que coger un tren de vuelta a solas mientras el resto de la familia se marchaba de vacaciones. Sus dos hermanos tampoco eran hijos biológicos de los padres, pero sí que habían sido adoptados en toda regla. Y eran blancos. Kamanayo no era un huérfano que necesitara a una familia: recordaba perfectamente a su madre y su abuela en Ruanda y también sabía que su padre era belga. Era el fruto de una mezcla demasiado peligrosa para un sistema colonial basado en el racismo. Suficientemente peligrosa para robarle la identidad, a él y a decenas de miles de criaturas.

“Estas cosas te marcan”, dice ahora sin dejar de sonreír. Le acompaña Ray, seudónimo de uno de los niños (ahora ya retirado) con quien compartió orfanato en Ruanda, en los años 50, cuando Ruanda-Urundi y el Congo estaban bajo el dominio colonial de la monarquía belga. Lo llamaban orfanato, pero no había criaturas huérfanas. Eran hijos de madres africanas y padres belgas. Eran mestizos.

Ray, que prefiere no revelar su identidad porque no quiere convertirse “en una víctima”, ha decidido que ahora que está retirado quiere dedicar todo su tiempo y energía a hacer justicia. Por eso forma parte de la Asociación de Mestizos de Bélgica, una organización pequeña que desde 2015 ha presionado a las autoridades del país para que reconozcan el secuestro de unos 20.000 niños mestizos del África colonizada por la monarquía belga y resuelvan los problemas que se han derivado de ello. Es por la presión de esta pequeña asociación de métis ( mestizos en francés) que el primer ministro belga, Charles Michel, pidió disculpas de manera oficial a principios de abril porque Bélgica expatrió a estas decenas de miles de criaturas después de obligar a sus madres a dejarlas en internados.

El presidente de esta asociación es François Milliex, también métis, y explica al ARA cómo desde la constitución del grupo se ha conseguido el compromiso del gobierno belga para hacer un estudio sobre la situación de todas estas personas a las que se robó la identidad hace ya más de medio siglo, porque ni siquiera se sabe su cifra exacta. También han conseguido el compromiso de facilitar visados a las madres o familiares que todavía están vivos y, sobre todo, de tener acceso a los documentos solicitados (clasificados en muchos casos), que pueden permitirles rastrear su historia, porque a la mayoría de ellos les cambiaron el nombre.

Ni lo suficiente negros ni lo suficiente blancos

Este es el caso de Georges Kamanayo y de Ray. Los dos encontraron la manera de seguir el hilo hasta llegar a sus orígenes. “Fue muy difícil buscar y encontrar a mis padres, pero como mínimo sé de dónde vengo. No saber de dónde vienes es no tener identidad, y esto es una violación de los derechos humanos, porque llegas a este mundo y te quitan los orígenes”, lamenta Ray.

"Fue muy difícil buscar y encontrar a mis padres, pero como mínimo sé de dónde vengo. No saber de dónde vienes es no tener identidad"

No eran suficientemente negros para estar con los negros ni suficientemente blancos para formar parte de la comunidad de los colonos. Fueron segregados poco después de nacer, una discriminación que también sufrían sus madres.

La presión que aquella sociedad racista y colonial ejercía sobre las madres se puede comprobar en el vídeo  Kazungu, le métis (2000), con el que Kamanayo convirtió su historia personal en un documental. Kamanayo fue enviado a Bélgica cuando tenía 13 años y, después de pasar por varias instituciones, llegó a una familia de acogida de Amberes. Recordaba perfectamente su vida en Ruanda. Cuando terminó sus estudios para ser director de cine viajó a Ruanda con la cadena de televisión pública belga en la que trabajaba de cámara para reconstruir su historia. Se reencontró con su madre, que había quedado ciega después de los conflictos y el genocidio. Incluso pudo reunirse con su padre, un importante industrial belga que ya estaba casado cuando él nació y que se había marchado a vivir en Francia. Ante su hijo mestizo décadas después, no se mostraba arrepentido, pero tampoco quería hablar mucho. “Mi padre estaba casado y tenía un hijo, así que yo era el hijo de una relación extramatrimonial, nacido de dos culturas, de dos colores. Era una fruta prohibida tres veces. Tenía menos derecho de existir que la relación entre mis padres, reflexiona en el documental.

“Mi padre estaba casado y tenía un hijo, así que yo era el hijo de una relación extramatrimonial, nacido de dos culturas, de dos colores. Era una fruta prohibida”

Por otra parte, cuando Ray llegó a Bélgica fue a parar a una familia flamenca que él describe como “racista”. Su madre no podía tener un segundo hijo y está convencido de que lo adoptaron “como un animal de compañía” para el primero. Por eso cree que su madre de acogida le empezó a pegar cuando vio que era un niño sociable que se llevaba bien con el resto y hacía amigos. Ray huyó con 16 años pero volvió a ser enviado a un internado, de donde volvió a marcharse después para arreglárselas como pudo. Tenía claro que quería estudiar y se graduó con honores en ingeniería. Pero el racismo que sufrió a lo largo de su carrera profesional fue incluso más difícil que en su infancia y adolescencia. “Bélgica también segregaba, y no nos dejaban entrar en bares o discotecas, o nos cacheaban por la calle sistemáticamente”, explica. Ahora Ray está retirado y vive en Dakar, pero va a menudo a Bélgica porque es uno de los miembros de la organización de métis que hace de interlocutor con las autoridades para conseguir un estudio a fondo sobre esta historia silenciada.

Los métis fueron y todavía son un tabú en Bélgica, una historia desconocida de miles de personas a las que se discriminó y se arrinconó del sistema tanto en África como después en este país del centro de Europa. Ray y Kamanayo explican que tenían un pasaporte de apátridas en el que constaba que eran “originarios” del Congo pero no tenían ninguna nacionalidad. Muchos tuvieron que recurrir a la justicia para conseguir la nacionalidad belga.

Tabú y desconocimiento

Uno de los periodistas que viajaron con Kamanayo a Ruanda por primera vez fue Peter Verlinden, especializado en África central y profesor de la Universidad de Lovaina, también responsable de comunicación y asesor del ministro de Cooperación y Desarrollo belga entre 1989 y 1991. Verlinden admite que después de la época colonial se hizo el silencio y, como muchos otros escándalos del colonialismo belga (y europeo), la de los métis “fue una historia que más que desconocida era inadvertida por parte de la opinión pública y también por los políticos”. Tanto Ray como Kamanayo recuerdan que cuando empezaron a hacer lobby se encontraban con políticos absolutamente azorados cuando escuchaban sus historias. Y todavía pasa ahora.

Verlinden escribió en 1999 uno de los primeros libros con testigos coloniales. Reconoce que no había información y que durante las dos carreras universitarias que hizo no estudió la época. De hecho, hasta este año Bélgica contaba todavía con un museo africano colonial, del rey Leopoldo II, que no se había reformado para reconocer y criticar todos los crímenes, el espolio y la explotación de aquel sistema. “Simplemente no éramos conscientes de ello, no nos hacíamos preguntas”, confiesa. Pero no acaba de querer criticar la manera en que se pasó al régimen poscolonial ni la falta de autocrítica que todavía denuncian organizaciones e instituciones, como una delegación de expertos de las Naciones Unidas que en febrero de este año emitió un informe preliminar alertando del racismo todavía presente en las instituciones belgas y de la necesidad de pedir perdón y reescribir con autocrítica la historia colonial.

La necesidad de reconocimiento

Kamanayo y Ray creen que hasta hace pocos años la antigua clase colonial todavía tenía mucho poder en Bélgica, lo que ha impedido que se desenterrara un pasado vergonzoso. Verlinden no lo ve así, pero al mismo tiempo reconoce que en la década de los 90 en el Ministerio de Exteriores había altos cargos del colonialismo. Por eso, la asociación de métis recibe con optimismo las disculpas de Michel.

“Cuando el primer ministro dice que se equivocaron es un primer paso, pero no solo es importante para nosotros, sino que también lo es para los belgas blancos; se los debe preguntar cómo se sienten al saber todo esto, también es su historia”. Verlinden, en cambio, cree que “es peligroso disculparse por cosas que eran aceptadas y normales por la ley y la mentalidad”. Además, recuerda que entonces “el argumento oficial” era que se los expatriaba por “seguridad”. La justificación de la Iglesia (que gestionaba los internados y que también se disculpó hace pocos años aunque no se han aclarado sus responsabilidades) era que con la guerra de independencia podían estar en peligro, y Verlinden da credibilidad a ello: “Según la investigación que he hecho, no estaban aceptados ni por la comunidad negra ni por la blanca”.

Los testigos con los que ha hablado este diario lo encuentran un disparate. “¿Cómo nos tenían que proteger de nuestro propio pueblo y familia?”, exclama Ray con las manos a la cabeza. Por eso creen que todavía hay mucho trabajo por hacer. Kamanayo, Ray y Milliex seguirán presionando después de las elecciones en Bélgica (26 de mayo) para que todo ello no quede en promesas de campaña electoral, sino que abre una reflexión global: “No es un problema solo de Bélgica, es un problema europeo. No se habla de los mestizos porque se esconde el pasado colonial de Europa y de otros países, como Canadá. También España debe afrontar este pasado en la América Latina”, reclama este director de cine que ahora vuelve a vivir en Ruanda, después de recuperar su identidad.

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