ANÀLISI

La decapitación del profesor aviva los miedos de Francia

El gobierno de Macron promete una acción reforzada a largo plazo contra el islamismo radical

Una manifestación en el centro de París el pasado domingo a favor de la libertad de expresión y en recuerdo del profesor decapitado el viernes por haber mostrado en clase caricaturas de Mahoma, Samuel Paty. / CHARLES PLATIAU / REUTERS / CHARLES PLATIAU / REUTERS

Durante la Guerra Civil Española, el “No pasarán” se convirtió en un emblema de las tropas republicanas: lo gritaron en Madrid, también en Barcelona, ante el avance del bando franquista. Antes -y este se cree que es su origen- fueron los soldados franceses quiénes lo berrearon contra los alemanes durante la cruda batalla de Verdún, en 1916 y en plena Primera Guerra Mundial. Pero el pasado viernes era el presidente Emmanuel Macron quien dejaba escritas estas palabras en su cuenta de Twitter. “ Ils ne passeront pas”, decía, conciso pero perfectamente consciente del simbolismo de la frase. Hacía solo unas horas que Samuel Paty, un profesor de historia y geografía de 47 años, había sido decapitado en plena luz del día en las afueras de París por haber enseñado a sus alumnos unas caricaturas de Mahoma mientras hacía una clase sobre la libertad de expresión. El atacante, un joven radicalizado de 18 años, argumentó el asesinato antes de ser abatido a disparos por la policía: “He ejecutado a un perro del infierno que se había atrevido a rebajar a Mahoma”.

El “ Ils ne passeront pas” de Macron no solo era una reacción en caliente, fruto del choque emocional que ha supuesto el último horror provocado por el terrorismo yihadista en Francia. Era también un preludio de lo que estaba a punto de llegar. Y es que el ataque del viernes no es un ataque más de los 54 que ha sufrido el país galo en la última década y que dejan el oscuro balance de casi 300 muertos. La decapitación de Samuel Paty -que hoy será homenajeado en una ceremonia de estado en la Universidad de la Sorbona, en París- golpea de manera directa el corazón de la República: la escuela, el lugar donde -según la tradición francesa- los futuros ciudadanos adultos tienen que aprender qué significan los valores de liberté, égalité y fraternité, inscritos en la fachada de todas las escuelas del país.

Posiblemente por este motivo la movilización ciudadana ha sido enorme. Las muestras de apoyo se han repetido desde que se dio a conocer la trágica noticia, y el “ Je suis prof” (Soy profesor) -que evoca el “ Je suis Charlie”, del ataque contra la revista satírica Charlie Hebdo en enero de 2015- se ha convertido en el nuevo lema para defender la libertad de expresión. El domingo hubo manifestaciones multitudinarias en ciudades como por ejemplo París, Lyon, Toulouse, Estrasburgo, Marsella o Burdeos, y hoy se espera que se repitan actos similares con motivo del funeral de estado. “Ha habido muchos ataques en Francia en los últimos años, pero la reacción ciudadana de ahora solo se puede comparar con la que hubo después de la serie de atentados en París en noviembre de 2015, entre los cuales el de la sala Bataclan o más tarde en el ataque de Niza”, apunta Moussa Bourekba, investigador del Cidob y experto en yihadismo.

Respuesta contundente

La reacción del ejecutivo de Macron también ha sido contundente. El presidente, sabedor de que Francia continúa teniendo un problema con el terrorismo yihadista que hace años que es incapaz de resolver, ha subido el tono contra el radicalismo islámico. “El miedo cambiará de bando” o “Los islamistas no tienen que poder dormir tranquilos en nuestro país” son dos frases que el mandatario nacido en Amiens ha pronunciado estos últimos días.

En la práctica, parece que el objetivo que hoy por hoy plantean desde el Elíseo es “el acoso” y la “desestabilización” de los islamistas radicales “que socavan leyes o difunden el odio”. El estado ha dicho que incrementará el control sobre determinadas asociaciones que se consideran vinculadas al integrismo islámico: se les harán “visitas”, y el consejo de ministros, a propuesta de Macron, ordenará que algunas sean disueltas, las que el ministro del Interior, Gérald Darmanin, ya ha calificado de “enemigas de la República”. El propio Darmanin anunciaba ayer el cierre de la mezquita de Pantin, en las afueras de París, por haber difundido vídeos en los que se criticaba al profesor y que instigaron la tragedia. Y, también ayer, Macron prometía una acción reforzada a largo plazo: “Nuestros conciudadanos esperan hechos, y estos hechos se intensificarán. Hemos señalado al enemigo y tenemos clara la estrategia. Aquellos cuya religión sea el islam tienen que estar protegidos contra el islam radical”.

Francia sabe que los ataques complejos orquestados por células yihadistas con conexiones a grupos internacionales como el Estado Islámico son cada vez menos frecuentes. Desde hace unos años predominan ataques más rudimentarios, protagonizados por los llamados lobos solitarios, personas -generalmente jóvenes- que actúan de manera autónoma, que a menudo han nacido o crecido en el país, y que se sienten víctimas de una sociedad que los discrimina. En estos casos, el papel de asociaciones islamistas radicales, que les dan fuerzas y motivos, suele ser clave. Eso sí, internet suele ser la vía que encuentran para contactar.

El riesgo de la discriminación

Pero detrás de todas estas medidas hay un miedo: que el endurecimiento del discurso se traduzca en una creciente discriminación de la población musulmana francesa, un 9% del total. “El ataque del viernes ha dejado el país conmocionado y existe el riesgo de que el gobierno, condicionado, opte por una respuesta desproporcionada, como ha pasado en episodios similares”, dice Moussa Bourekba, que teme que esto pueda polarizar, todavía más, la sociedad francesa. Y el escenario podría comportar desenlaces poco esperanzadores.

Por un lado, que las fuerzas de extrema derecha puedan sacar rédito a través del discurso del miedo y del odio. Del otro, que el propio islamismo radical tenga más facilidades a la hora de captar adeptos en una sociedad donde crecen las actitudes racistas y discriminatorias según la religión que el ciudadano profesa. Y, en este sentido, en tuits como el del “ Ils ne passeront pas” de Macron es importante que quede claro quiénes son aquellos que no tienen que pasar.

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