El fin de la hipocresía mundial

Se insiste estos días con acierto en que el asalto del Capitolio del pasado 6 de enero -que algunos han comparado con la marcha sobre Roma de 1922- señala el fin de una época. Creo, en efecto, que muchos lo hemos experimentado así, si es que somos capaces de distinguir el fin de una época del fin de una civilización -del fin de las primera Navidades en pandemia. Ahora bien, lo cierto es que el 6 de enero vivimos asimismo, o sobre todo, una experiencia aún más importante: la revelación de que también nosotros, los ciudadanos globales del siglo XXI, ligeros individualistas, somos una “época”; el descubrimiento de que formamos parte, sí, de una época y de que, al igual que todos los humanos que nos han precedido, estamos encerrados en ella, por muy rebeldes o libres o ricos que nos creamos. Cada generación se vuelve “época” a través de un acontecimiento disruptivo y traumático, casi siempre una guerra. En nuestro caso, los acontecimientos han sido dos y de alguna manera simultáneos y correlativos: la pandemia de COVID-19 y la “caída” del imperio estadounidense. A partir de ahora, ya se puede hablar de nosotros en pasado; nuestra vida es y será durante mucho tiempo ese pasado envolvente del que no podemos escapar ni hacia dentro ni hacia fuera. La pandemia y el asalto al Capitolio producen sobre todo claustrofobia. No somos libres; no somos nosotros mismos. Somos nuestra época y, como todas las épocas, esta es también un cepo para osos.

Los bárbaros internos

Esta claustrofobia -la de descubrirnos acorralados en el recinto angosto de nuestra época- se ha presentado bajo la forma distópica de una epidemia medieval y bajo la forma desasosegante -cito aquí a Jorge Tamames- de un repentino “vacío global”. Se dirá con razón que el derribo criminal de la Torres Gemelas en septiembre de 2001 fue un acontecimiento mucho más violento, mucho más destructivo y, por lo tanto, mucho más “espectacular”. Pero no son siempre los bárbaros de Alarico -ni la batalla de Adrianópolis- los que marcan la hora; en la antigua Roma, de hecho, fue más decisivo la desaparición del Senado y el cambio de capital. El 11-S fue, no lo olvidemos, un golpe exterior que, por lo demás, provocó una reacción imperial suicida inseparable del declive internacional estadounidense como árbitro hegemónico en el ámbito geopolítico. Pero fue solo un umbral y -perdónenme las víctimas- una bravuconada. En contraste y a modo de reabsorción nacional, el del 6 de enero ha sido -bien lo apunta Germán Cano- un golpe de los “bárbaros internos”, dirigido al corazón político de la nación desde la propia presidencia; y, pese al reducido balance de victimas mortales, su repercusión simbólica es mucho mayor, pues señala, de algún modo, un punto de no retorno: así lo prueba el pasmo visual desproporcionado que nos ha producido ver a un tipo disfrazado de búfalo en el sancta sanctorum de la soberanía popular.

¿Tenemos que alegrarnos de esta “caída”? EEUU era una democracia hipócrita, oligárquica, racista e imperial, pero mantenía unas “formas” que, como las categorías kantianas, fungían de cadera y sostenían, por tanto, su materialidad política y cultural: su tramoya institucional. En democracia la columna vertebral es siempre una palabra, una ley, un procedimiento, una ceremonia. EEUU invadía países, daba golpes de Estado en todo el mundo, levantaba muros, maltrataba a sus propias minorías, pero en la habitación de al lado, no menos real, se sometía a sí mismo a unas reglas de cuya supervivencia dependía no solo su estabilidad interna sino también su liderazgo mundial. Igual que el socialismo soviético, régimen fatídico, generó espectros de liberación e incluso obligó a recular al capitalismo más salvaje en Europa, así la democracia estadounidense, régimen fatídico para sus vecinos, generó también efectos democráticos muy superiores a los de su fuente. Hoy, cuarenta años después del derribo del muro de Berlín, ha terminado por fin la Guerra Fría con la derrota de los dos oponentes. En este Weimar global que estamos viviendo, el batacazo simbólico de la institucionalidad democrática estadounidense revela los retrocesos vividos en la última década y anticipa -me temo- nuevas derrotas de la democracia. Ni siquiera las “formas” sostienen ya a nuestras sociedades, muy divididas, muy ideologizadas, muy desconfiadas y cada vez más dispuestas a “pasar al acto”. Trump terminó con la “hipocresía” estadounidense y sus partidarios han derribado, de manera coherente y sin retorno, esos palillos intangibles que, como la creencia en los Reyes Magos, sólo se sostienen gracias a un “velo de ignorancia” colectivo que ha dejado de existir.

Un vacío global

En 1989 muchos tuvimos la certeza de que el mundo iba a echar de menos a la URSS no menos de lo que había deplorado su estalinismo. Mi impresión es que nuestros hijos echarán de menos el imperio estadounidense, con sus hipócritas reglas democráticas, no menos de lo que hemos deplorado sus bombardeos, invasiones y golpes de Estado en el exterior. El fin de la Guerra Fría nos deja un “vacío global” que, en medio de la desdemocratización general, no puede ocupar ninguna fuerza menos mala. Esa es la tragedia de nuestra época. Ojalá Europa comprenda que, frente a Rusia y China (y el crepitar de subpotencias locales desbocadas y autoritarias), tiene una última oportunidad: la de convertirse en el inesperado vencedor de la Guerra Fría para fundir los “espectros” de la URSS y las “formas” de EEUU en un remiendo sin muchas pretensiones o con la única pretensión, ahora vital, de proteger a los ciudadanos de la intemperie y las instituciones democráticas del búfalo iliberal y sus cornadas. El problema es que los búfalos, en casi todos los países del mundo, están ya dentro del Capitolio.

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