ANÀLISI

La sociedad francesa revive épocas oscuras

El ataque yihadista de este jueves en la basílica de Notre-Dame de la Asunción, en el corazón de Niza, es el número 55 que registra Francia en la última década. Son 55 actos de horror que dejan el oscuro balance de casi 300 muertos. El de este jueves –el cuarto letal en lo que llevamos de año– vuelve a ser un golpe cargado de simbolismo. En primer lugar, porque el terrorista ha sacado el cuchillo en el interior de una iglesia, a plena luz del día y, como mínimo, ha intentado cortar el cuello a una de las víctimas. En segundo lugar y sobre todo, porque llega solo dos semanas después del asesinato de Samuel Paty, el profesor que fue decapitado en las afueras de París por haber mostrado en clase caricaturas de Mahoma y que afligió de manera especial a la sociedad francesa: decapitando a Samuel Paty se decapitaba también la escuela, el corazón de la República y la cuna donde –según la tradición gala– los futuros ciudadanos adultos tienen que aprender qué significan los valores de liberté, égalité y fraternité.

En los últimos días, Francia ha dejado claro que la decapitación de Samuel Paty ha sido otro punto de inflexión. No solo porque millones de franceses salieron a la calle al grito de “ Je suis prof” (Yo soy profesor) –que evoca el “ Je suis Charlie” de la masacre contra la revista satírica Charlie Hebdo de enero de 2015–, sino sobre todo porque el presidente Emmanuel Macron ha subido algo más el tono contra la amenaza islamista. “No pasarán”, “El miedo cambiará de bando” o “Los islamistas no tienen que poder dormir tranquilos en nuestro país” son algunas de las frases que el político nacido en Amiens ha pronunciado estas últimas semanas. El martes de la semana pasada, durante la sentida ceremonia de estado en honor a Paty en la Universidad de la Sorbona, en París, Macron subrayó un mensaje: “No renunciaremos a las caricaturas”. A las de Mahoma, claro. O mejor dicho: Francia no renunciará a la libertad de expresión, uno de los pilares fundamentales de la República. Este jueves el presidente se ha reafirmado: “No cederemos en nada”.

Mientras en buena parte de los países musulmanes han empezado campañas de boicot a los productos franceses y contra el propio Macron por haber defendido el derecho a hacer mofa del fundador del islam, una Francia en choque, conmocionada de nuevo, ve cómo su país vuelve a estar en alerta máxima por el terrorismo yihadista. En realidad el problema nunca había desaparecido, pero los acontecimientos de estos últimos meses –no hay que olvidar el ataque con cuchillo de principios de septiembre ante la antigua sede de Charlie Hebdo– recuerdan épocas oscuras y auguran días tensos.

Hace unos días, en las páginas de este diario, Moussa Bourekba, investigador del Cidob y experto en yihadismo, recordaba que el gobierno francés se juega mucho después de atrocidades como estas. La ciudadanía pide respuestas implacables. Pero caer en la trampa de la desproporción, como ha hecho en episodios anteriores el Elíseo, significa avanzar hacia el abismo. Y en este caso, en una sociedad tan polarizada como la francesa, un discurso mal calculado se puede traducir en actitudes discriminatorias hacia la población musulmana francesa, el 9% del total. Y si esto pasa, solo habrá dos grandes beneficiados. Por un lado, las fuerzas de extrema derecha, preparadas para sacar rédito a través del discurso del miedo. Y por el otro, el islamismo radical, que se alimenta, a menudo, de jóvenes vulnerables que se sienten discriminados por la sociedad que los rodea.

Este jueves, mientras las autoridades detenían al autor de los tres muertos en Niza y los servicios médicos lo atendían después de ser herido de bala por la policía, el joven solo hacía una cosa: gritar en bucle “ Allahu akbar” (Alá es el más grande). Sin parar. Unos metros más lejos, un grupo de ciudadanos observaban la escena, algunos con lágrimas en los ojos y las manos en la cabeza. Minutos después, en el mismo lugar de los hechos, Macron aseguraba: "Claramente es Francia la que está siendo atacada". Claramente.