INMIGRACIÓN

“Las mortajas infantiles no tendrían que existir”

El capitán del ‘Open Arms’ explica al ARA el dramático rescate en el que murieron un bebé y cinco adultos

Tenemos un anticiclón y unas buenas condiciones meteorológicas, pero para llegar a la zona de rescate hay que navegar con olas de dos metros y medio. En el trayecto no paran de llegar avisos: una barca a la deriva con 80 personas a bordo, otra abandonada. Cuando llegamos ya no hay nadie. Al día siguiente el mar es una balsa de aceite: el cielo se refleja en el agua como en un espejo y yo me pregunto: ¿dónde estarán? Volvemos a la maldita frontera. El martes al amanecer recibimos varios avisos y hay que decidir qué embarcación está en peores condiciones, y, finalmente, anunciamos a las autoridades que nos dirigimos a la que está más al sur. Lanzamos al agua las lanchas de rescate, la Fer y la Echo 1, que encuentran una patera con 88 personas. El Open Arms tardará tres horas en llegar al lugar. Cuando acabemos el rescate ya habrá caído el sol. Hay que apresurarse, seguimos buscando dos embarcaciones más a la deriva: enviamos cada lancha a una posición. La noche se cierra y no somos capaces de ver nada: usamos los focos de búsqueda y gritamos, pero nadie responde. El agotamiento nos está venciendo y la mejor opción es seguir buscando al día siguiente.

"¡He perdido a mi bebé!": el grito de una madre desesperada durante el rescate de Open Arms

Al alba ya tenemos montado un patrón de búsqueda, pero las condiciones del mar han empeorado. Y de repente lo inesperado: un avión de Frontex nos avisa de que ha visto una barca en el agua (eso sí es una novedad). Mandamos al lugar las dos lanchas a toda máquina: a las 10 de la mañana el equipo de la Fer nos avisa de que ya los ve. El Open Arms todavía está lejos y les pedimos que pongan a la gente en seguridad. Parece que todo irá bien: repartimos las mascarillas -sí, ahora también hay que repartir mascarillas- y los chalecos salvavidas. Estamos a punto para empezar a transportar a los náufragos a las lanchas, que los llevarán al Open Arms. La primera en subir a la lancha es la madre de Joseph, un bebé de seis meses. ¿Cómo es posible que un bebé de seis meses esté en una barca atestada, sobrecargada? Ella tiene que subir primero mientras un hombre le aguanta al bebé, antes de dárselo a Joaquín, el patrón de la Fer.

La patera se rompe

Y de repente desaparece, desaparecen todos, y se hace un silencio absoluto. El suelo de la patera se parte por la mitad como si fuera de mantequilla y se lo traga el mar por la popa. Nos quedamos perplejos. Todos menos la madre del bebé están en el agua. Joaquín grita “¡Prioridad absoluta, bebé en el agua!”, mientras la madre grita “¡Mi bebé, mi bebé, he perdido a mi bebé!” Los socorristas se echan al agua y rescatan a Joseph. Está en parada cardíaca y es uno de los primeros que suben al Open Arms, donde recibe las atenciones del equipo médico. La cubierta es un caos y los cuerpos se van acumulando. Uno de los periodistas decide dejar la cámara y se pone a hacer las maniobras de reanimación a un joven. Todos hacemos lo que podemos y sacamos fuerzas de donde no nos quedan. Qué equipazo tengo. Desde el puente nos preocupamos por todo el mundo, pero especialmente queremos saber el estado de los bebés. Joseph no es el único que ha entrado en parada: una niña de tres meses tampoco respira. “¡Capitán, capitán! Los hemos recuperado a todos, pero tenemos cinco cuerpos en cubierta”.

Pero Joseph ha estado mucho tiempo sin oxígeno en el cerebro. Tenemos que evacuarlo rápidamente. Hemos sacado a 118 personas del agua: 113 están vivas. Nunca podremos saber con certeza a cuántas se ha tragado el mar. Rápidamente ponemos rumbo al norte: hay que encontrar un puerto seguro para toda esta gente. Nos dicen que un helicóptero italiano vendrá a recoger a Joseph, a su madre y a un chico de 25 años que también está grave y a la niña de tres meses, que sí ha reaccionado a las maniobras de reanimación.

La evacuación llega tarde

No me lo puedo creer: nos topamos con otra embarcación, esta vez de madera, que está muy escorada. Joseph está grave y vamos muy cargados, pero los tenemos que ayudar: tenemos que parar el barco y rescatarlos. Embarcamos 64 vidas más en el  Open Arms.

Pero en medio del rescate Joseph se muere. Cuando el helicóptero llega, por fin, se lleva primero a la niña de tres meses, con su madre, y al joven. En un segundo viaje se llevan al pequeño dentro de una mortaja infantil. Este objeto no tendría que existir. Su madre es la siguiente en irse. No olvidaré nunca sus ojos fuera de las órbitas, su mirada perdida desde la jaula que la sube a un cielo donde no encontrará a su hijo, pero sí otra vida lejos del infierno de Líbia.

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