La vacuna de Putin no termina de convencer a los rusos

El Kremlin ve la Sputnik V como una oportunidad para volver a la primera línea de investigación

Ejemplar de la vacuna rusa en un hospital de Moscú / KIRILL KUDRYAVTSEV / AFP

Era el 5 de diciembre cuando Vladímir Putin daba el pistoletazo de salida a la campaña de vacunación en Rusia. Como si de una cursa se tratara, Moscú se avanzaba por solo unas horas al inicio del mismo proceso en el Reino Unido. Desde entonces, y según el último balance, más de 150.000 ciudadanos rusos ya han recibido su dosis de la Sputnik V, el nombre tan simbólico con el que el Kremlin ha bautizado a su antídoto contra el coronavirus. Pero antes del inicio de la campaña oficial, y bajo el paraguas de uso de emergencia, el país había vacunado ya 100.000 personas de grupos de riesgo y también a personal del ejército, tal y como aseguraba hace unos días el ministro de Salud, Mikhaïl Muraixko. El resultado: según los datos oficiales, Rusia es el país del mundo que más personas ha vacunado contra el covid-19. Para Moscú, ser uno de los primeros significa una oportunidad para volver a la primera línea de investigación científica. 

Pero parece que esto -al menos hoy por hoy- no es garantía de nada. En un país de 146 millones de habitantes, y donde las voces opositoras son silenciadas día sí día también, la popularidad de la Sputnik V -que es voluntaria- no es muy alta. Según datos del Centro de Opinión Levada, solo el 25% de los rusos aceptarán vacunarse sin dudas, mientras que el 52% lo rechazan. “Todavía no sé cuando me vacunarán, pero no quiero ponérmela”, dice Artemi, un dermatólogo moscovita. Teniendo en cuenta que el personal médico y el educativo serán los primeros en recibir las dosis, a él le tocará pronto. Según exponen varios blogueros opositores, en algunos centros hospitalarios se está presionando al personal para que accedan a vacunarse. En cambio, Diana, patóloga y doctora, dice que a ella nadie le ha presionado y que, aún así, “cerca de la mitad de los sanitarios [de su hospital] se la pondrán”. Confía en la fiabilidad del proceso, también en los científicos que hay detrás.

Entre los que no son sanitarios también hay disparidad de opiniones. Serguei tiene claro que lo más seguro es que “la vacuna sea de alta calidad, puesto que Rusia tiene mucha experiencia en su fabricación”, y añade que es bastante probable que se la ponga. Anastacia -nombre ficticio- no está muy convencida: “Creo que es peligroso para la salud ponerse la vacuna de cualquier país”. La joven va algo más allá. “Las medidas contra la pandemia son estúpidas y aplicándolas sólo se consigue reducir la inmunidad de la población”. Anastacia no es la única que lo piensa. Desde el confinamiento, la población rusa ha seguido las recomendaciones y medidas impuestas por el Kremlin de una manera muy laxa: desde el uso de mascarilla y guantes en lugares públicos hasta evitar aglomeraciones, mantener la distancia social o incluso estar confinados.

Y si algunos rusos ya sospechaban de la vacuna -especialmente, por la rapidez del proceso-, a principios de esta semana apareció un nuevo obstáculo. Anna Popova, directora de la sanidad rusa, anunció que se aconsejaba dejar de beber alcohol durante al menos 56 días: 14 días antes y 42 días después de recibir la primera dosis (la vacuna rusa se administra en dos dosis con tres semanas de diferencia). “Es un esfuerzo para el cuerpo. Si queremos estar sanos y tener una respuesta inmunitaria fuerte, no podemos beber alcohol”, decía. En uno de los países del mundo donde se consume más alcohol, el condicionante puede acabar de marcar la decisión de algunos ciudadanos.

Cuestión de política

Mientras tanto, hay que destacar una lectura política importante. Ser los primeros a desarrollar la protección contra el covid-19 ha sido uno de los grandes alicientes de varios países durante estos meses, y Vladímir Putin no se ha quedado al margen. Más bien al contrario. Como en la época de la Guerra Fría, volvía a haber una cursa científica de Rusia contra los Estados Unidos y Occidente. Emulando la carrera espacial, a la vacuna se la denominó Sputnik V, como el primer satélite que la Unión Soviética lanzó con éxito en el espacio. Ahora el Kremlin también está utilizando el Sputnik V para reforzarse y recuperar influencia en el mundo.

De momento, cerca de 50 países se han interesado en conseguir dosis, mayoritariamente los que habitualmente se posicionan con Moscú, como Venezuela, Cuba, India, Serbia, Moldavia y Vietnam, pero también otros, como Brasil, Argentina, Indonesia y Arabia Saudita, la han adquirido. El primero a pedirla fue Bielorússia, una muestra más del anhelo de Alexander Lukaixenko de tener a Putin contento. Pero otro líder europeo que también ha apostado por la vacuna rusa es Viktor Orbán. El presidente de Hungría se ha desmarcado, de nuevo, del camino de la Unión Europea, y parece que ha llamado a la puerta de Moscú preguntando por vacunas. Budapest, de hecho, llama cada vez más a la puerta del Kremlin pidiendo ayuda.

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