El legado de Ernest Lluch, 20 años después

El exministro defendió siempre el diálogo como vía para resolver los conflictos

Hoy hace 20 años que ETA asesinó a Ernest Lluch. Las balas apagaron así una voz personalísima, la de un heterodoxo de la política que estaba enamorado de Catalunya y de Euskadi y que había dedicado los últimos años de su vida a levantar puentes de diálogo e intentar encontrar una solución al conflicto vasco. La ciudadanía entendió perfectamente lo que había intentado ETA matándolo: la organización terrorista, que ya antes había asesinado a otros políticos socialistas como Juan María Jáuregui o Fernando Buesa, pretendía dinamitar cualquier puente, fracturar la sociedad vasca y alejar la posibilidad de cualquier distensión. Por eso en la manifestación que llenó el Passeig de Gràcia el 23 de noviembre del año 2000 hubo dos palabras que aparecían en casi todas las pancartas: paz y diálogo. Es decir, rechazo a cualquier forma de violencia y apuesta por el diálogo como método para resolver conflictos de naturaleza política.

De alguna manera, Lluch abrió un camino que después siguieron socialistas vascos como Jesús Eguiguren, que tendría un papel clave en el proceso de paz en Euskadi y en el fin de ETA. En aquel momento, ETA estaba controlada por el sector más duro, que alargó la agonía todavía unos años más dejando una retahíla de muertos y destrucción. En este sentido, su asesinato fue un intento desesperado de parar lo que ya entonces se veía que era irreversible: el acorralamiento de ETA y su pérdida progresiva de apoyo. Un solo dato resulta muy indicativo. Justo después de la tregua de Lizarra, en las elecciones del 1998, la izquierda abertzale consiguió 224.000 votos y 14 diputados. Tres años después, en plena ofensiva etarra, su apoyo bajó a 143.000 y siete diputados.

Finalmente las tesis de Lluch se impusieron y el diálogo a tres bandas entre el gobierno español, la izquierda abertzale y ETA desembocaron en un cese definitivo de la actividad armada en 2011, y en su disolución definitiva y entrega de armas en 2018. Hace una década, pues, que no nos levantamos con la noticia de un asesinato o un atentado en coche bomba, y la izquierda abertzale es hoy un actor político normalizado. Y esto, como recuerda Rosa Lluch en una entrevista en este mismo diario, se tendría que considerar un éxito y no un fracaso, que es como parece que lo quieren ver algunos en Madrid.

Ernest Lluch, sin embargo, fue mucho más que alguien que quiso poner su grano de arena en el difícil edificio de la paz. Fue el ministro de Sanidad que puso las bases de la atención sanitaria universal. Fue un activista antifranquista, fundador del Partido Socialista del País Valenciano (donde residió en los años 70), portavoz del grupo parlamentario del PSC en el Congreso, rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, doctor en ciencias económicas por la UB, autor de decenas de monografías y artículos, un profesor estimado por sus alumnos, un tertuliano codiciado por los medios de comunicación por su claridad expositiva... El odio y la barbarie nos quitaron a Lluch hace 20 años, pero su legado y el recuerdo de su especial figura todavía pervive.

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