TEATRO

Las series que ven los dramaturgos

El éxito de las ficciones televisivas también influye en el teatro y sus autores

La portada de la revista TP de agosto de 1982 aparecía con un espóiler imperdonable: “ Le pegan dos tiros a J.R.” Desde la mítica Dallas, la fiebre por las series, además de su calidad, coste e impacto, no ha dejado de crecer hasta el fenómeno global que es Juego de tronos. Los dramaturgos, como terrícolas y expertos en ficción, también son partícipes de ello, y a menudo entusiastas. “Es evidente que vivimos en la era de las series —afirma el dramaturgo David Plana, creador de La riera y actualmente inmerso en el próximo culebrón de tarde de TVE, Mercado Central—. El cine ha recuperado la pantalla grande y la televisión ha visto que el formato que le va mejor es la serie, porque despliega un mundo. No es la historieta de lo que le pasa a un personaje, sino la de muchos personajes a quienes les pasan muchas cosas. Los personajes pueden ser más contradictorios y, por lo tanto, más parecidos a la realidad. Esta falta de linealidad también es lo que engancha. “Las películas son más horizontales”, afirma Plana, que ha visto recientemente Peaky Blinders y  After life, pero como referentes “se ha quedado atascado” con The wire, Breaking bad y Los Soprano. “Forman parte de tu cultura televisiva e inconscientemente aparecen cuando escribes”, admite. La perversidad moral de Los Soprano la ha incorporado a su ADN de autor.

Jordi Casanovas cuenta que como herramientas para la dramaturgia se aprovecha mejor del cine, las miniseries y las series de capítulos cortos: en ellos encuentra una mayor condensación del teatro. Él ve comedia negra corrosiva, y menciona las actuales Rick y Morty, Inside No. 9 y Lo que hacemos en las sombras, aparte de Veep y Black mirror. Pero si hablamos de referentes, su biblia son Los Simpson y Futurama. El aroma de la serie inglesa Spaced se encuentra en los fundamentos de su teatro. Y de TV3 elige El salt quàntic. Su teatro de género bebía de estas fuentes. “Teníamos las referencias en otros territorios, porque el teatro había abandonado géneros como la ciencia-ficción y la fantasía, que ya estaba en los griegos y en Shakespeare. Quizás se había abandonado porque la televisión ya lo hacía más verosímil, pero esto es absurdo, porque el teatro aporta un juego diferente y una comunicación”, comenta Casanovas, que está a punto de estrenar Valenciana.

Purismo vs. contaminación

La proximidad del teatro con la televisión ha sido vista con suspicacias durante años. “Te decían que por el hecho de hacer tele había bajado la calidad de tu teatro —recuerda Plana—. Esto demuestra un desconocimiento absoluto de cómo funciona la creación. Si hay contaminación siempre será positiva. No existe una dramaturgia más contaminada que la de Shakespeare, y todavía se estrena cada día. Y autores más puros, como Corneille, Racine u otros canónicos, no nos han llegado tanto. En el siglo XX con las vanguardias caen muchos cánones y se abre vía libre para contar historias”, opina Planas.

“Hay muchos prejuicios. No tenemos que tener miedo de que una cosa alimente a la otra. Se pueden contar historias desde muchos lenguajes”, defiende Cristina Clemente, coautora de Dolors, que se confiesa mejor lectora que seriófila. Piensa lo mismo una dramaturga adicta a las series como Mercè Sàrrias. “Todo lo que ves tiene impacto en tu obra. Hay espacio para muchas dramaturgias, y no todo debe ser postdramático ni todo debe ser construido de forma convencional. Lo que cuenta es comunicar una visión del mundo”, afirma: esta semana ha visto Better things y The good fight. Sus referentes seriéfilos serían The wire, Los Soprano, The killing, Louie y Urban myths. Sus preferencias se podrían resumir así: series profesionales, comedia, casi todas las series que ha producido Louis C.K., la BBC y cualquier policíaca nórdica.

“Esta enésima edad de oro de la ficción televisiva afecta a nuestra forma de escribir teatro. Muchas obras catalanas de los últimos años no se entienden sin Black mirror, pero yo me quedo más de las series que no me gustan mucho que de las que me fascinan”. Y lo ha visto todo. En su top 5 global hay: la versión americana de The office, Los Simpson (“Intento ver un capítulo cada día de mi vida”), Parks and recreation, Louie y BoJack Horseman, “una de las cosas más importantes que han pasado los últimos años en la televisión”.

Cristina Clemente —que suma a los clásicos series como Stranger things y Broadchurch dice que las series no afectan para nada a su teatro. “Me parece que el teatro es coger una idea pequeña y concreta y desarrollarla mucho; lo contrario de una serie, que tira más a la trama larga que se va. El teatro va hacia el fondo y la serie vuela”, explica. De todos modos, sí que encuentra conexiones entre su teatro y la serie donde trabaja como guionista, Com si fos ahir: “Las series extranjeras me llevan a un lugar que emocionalmente no conecta conmigo, aunque alucino con los recursos dramatúrgicos”.

Afrontar el cambio del espectador

La idea de que el espectador ya ha mutado y el teatro se debe adaptar a ello pidiendo menos capacidad de concentración y al mismo tiempo ofreciendo más experiencia visual y velocidad de comprensión, hoy en día es un mantra. “Es absurdo pensar que el espectador de teatro no está contaminado también por la televisión”, señala Plana. Pero al mismo tiempo los autores quitan hierro a este supuesto reto. Desde siempre el teatro quiere “que el espectador conecte con la historia y que el ritmo no desfallezca, que quede atrapado”, dice Clemente. “El nuevo teatro seguramente tendrá un ritmo narrativo más alto y concentrado, pero también los dibujos animados, el cine o la novela”, afirma Casanovas.

"Que la gente consuma ficción es bueno para la ficción —afirma Joan Yago, de la compañía La Calòrica—. Los espectadores que ven más series online son también los que van más al cine, y no me extrañaría que también fueran los que van más al teatro. El teatro lleva 2.000 años en crisis y de momento aguanta, así que auguro que este cambio de hábitos tampoco acabará con él. Es y seguirá siendo un acontecimiento colectivo, una reunión organizada entre decenas de desconocidos en un mismo tiempo y espacio, y ninguna forma de televisión podrá competir con él”. “Lo que ha pasado con la última temporada de Juego de tronos pasa siempre en el teatro”, sentencia Casanovas.

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