Coronavirus: ¿amenaza u oportunidad?

Los efectos del Covid-19 nos sitúan en un marco mental en el que no nos movemos de costumbre

Coronavirus: ¿amenaza u oportunidad? / GETTY

Da vergüenza poner un título tan manido a un artículo sobre las consecuencias económicas del COVID-19, pero el tiempo apremia. Al binomio empleado en el título le falta la mitad, “Fortalezas y debilidades” con la que se forma la matriz del análisis SWOT, una de las herramientas más elementales, y también más útiles, de la disciplina del management. Aquí nos ocuparemos sólo de algunas amenazas, empezando por las más inmediatas, para recordar otras, más distantes pero más profundas, tras de las que puede esconderse alguna oportunidad. Dejaremos para personas más enteradas lo relativo tanto a la esfera médica como a las repercusiones que ésta, y la propia esfera económica, pueden tener sobre la política: asuntos como si el desarrollo de la epidemia (la llamaremos así sólo para entendernos) o sus consecuencias económicas pueden cambiar el curso de los acontecimientos en países como China o Irán.

En lo inmediato, los problemas creados por la epidemia son problemas de liquidez: hay que pagar a la gente que se queda en casa, hay que dar facilidades de pago a las empresas que no han logrado vender sus productos o sus servicios, hay que suministrar liquidez a un sistema sanitario temporalmente desbordado que ha de llevar a cabo compras y contrataciones inesperadas. Esto es asunto del sistema crediticio, respaldado, naturalmente, por el banco central como prestamista de última instancia.

El crecimiento de la economía puede ser muy bajo durante mucho tiempo

Tras el telón financiero encontramos la economía real. En ésta sufrimos la ruptura de cadenas enteras de producción, o por parálisis de nuestros proveedores o por problemas de transporte, que resulta en una menor producción: es lo que llamamos un choque de oferta. Naturalmente, las empresas paralizadas por el virus y las que esperan suministros que no llegan por esa parálisis experimentan una caída de sus ingresos que puede obligarlas a licenciar temporalmente a trabajadores, congelar sueldos o posponer contrataciones. Estos a su vez reducirán sus gastos: es lo que llamamos un choque de demanda. Por separado, cada choque sugiere un menor crecimiento del PIB; juntos ambos lo hacen casi inevitable: de ahí que hablemos de la posibilidad de un crecimiento negativo, una recesión. Lo que pase con los precios, que no importa ahora, depende de que un choque sea mayor o menor que el otro.

Mediante la política económica convencional, monetaria y fiscal, es posible actuar sobre la demanda, para compensar en parte los efectos de la epidemia. No se puede esperar gran cosa de la política monetaria, más allá del suministro de liquidez al que ya hemos hecho alusión, porque el margen de reducción de los tipos de interés, y la respuesta de la inversión privada a nuevas bajadas no parece notable. Por otra parte, no hace falta mucha imaginación para elaborar grandes planes de inversión pública que de todos modos serán indispensables para mitigar los efectos del calentamiento global, y que proporcionarían el impulso deseado a la demanda. Pero se trata de planes cuya rentabilidad en el corto plazo es discutible, de modo que implicarán, en lo inmediato, aumentos significativos de la deuda pública. Por desgracia, el nivel mundial de la deuda ya es elevado, y en algunos casos -entre los que se cuenta España- la prudencia aconseja no aumentar mucho el endeudamiento. En cuanto a la posibilidad de que países menos endeudados ayuden a otros, es algo que no hay que dar por descontado. En resumen, pues, la política convencional se verá muy limitada, y el crecimiento de la economía puede ser muy bajo durante mucho tiempo.

Este no es el marco mental en que nos movemos de costumbre: solemos pensar en perturbaciones transitorias que nos llevan a un nuevo equilibrio. Esta vez parece que lleva sobre mojado: la crisis financiera de 2008 no se ha resuelto del todo, como muestra la persistencia de un elevado nivel de endeudamiento; la evidencia del cambio climático no se ha traducido en acciones que estén a la altura de su gravedad, de modo que la epidemia incide sobre un equilibrio muy frágil, y no hay que descartar que un nuevo equilibrio se encuentre muy alejado del actual, y que el camino que nos lleve a él sea largo y tortuoso. Pero hay que afrontar la incertidumbre pensando en que en nuestro modelo actual hay algunos grandes problemas que al parecer nos negamos a afrontar, y que quizá este momento nos obligue a hacerlo: ahí está, sin duda, la fuente de oportunidades.

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