Los toreros de Gaudí

En el mundo existen muchas ciudades imán de nevera, ciudades llavero o ciudades cachivache

Ayer el Ayuntamiento de Barcelona publicó que multará a treinta y dos tiendas de recuerdos. Lo que antes, con ciertas ínfulas de viajado, llamaban 'souvenirs'. A raíz de esta 'razzia' la teniente de alcalde de Ecología, Urbanismo y Movilidad, Janet Sanz, dijo (no sé si con convicción o ironía) que "este plan tiene un objetivo muy claro: que Barcelona no sea un souvenir".

¡Ay, como se enteren de estas declaraciones los socialistas! ¡Treinta años picando e importando piedra para construir edificios "icónicos", convertir Barcelona en una marca "icónica" y hacer de sus habitantes unos icónicos residentes de la segunda corona!

¡Ay! Y ahora resulta que lo que queríamos en realidad era decir que "Barcelona es una ciudad en la que poder vivir y trabajar", como remachó Sanz en sus declaraciones. ¡Va, hombre, va! Tantos barceloneses dedicados en cuerpo a venderse el alma para llegar a ser dignos de colgar en forma de imán de las neveras de medio mundo, porque ahora vengamos con ideas pequeñoburguesas como que Barcelona es para vivir.

La salamandra, el quebradizo, los perfiles de la Casa Batlló ... ¡Folklore para cultura!

En el mundo existen muchas ciudades-imán de nevera. Ciudades llavero o ciudades cachivache. Pero el caso de Barcelona es singular porque en una sola generación hemos visto como se pasaba de las modestas postales Escudo de Oro con una foto de la Dama del Paraguas a ser de las ciudades más fotografiadas del planeta. Así que deben recordar cuando existía la ciudad por un lado y, por otro, los souvenirs, básicamente exóticos a los propios barceloneses. Hasta el punto de que en 2010 el consistorio presionó para que no se vendieran más recuerdos ajenos a lo propio (¿y qué identifica un souvenir como propio de la ciudad, pues ?, ¿que horrorice al barcelonés?). Y así se persiguieron los sombreros mexicanos, que aún aguantaron rambleando unos cinco años largos.

Entonces pareció un plan genial. Dejar a flamencas, toreros y mariachis para difundir alrededor del mundo la obra del ilustre misántropo y residente Antoni Gaudí. La salamandra, el quebradizo, los perfiles de la Casa Batlló ... ¡Folklore para cultura!

Pero he aquí que esta presión ha forzado el surgimiento de uno de los movimientos de fusión artística más singulares en los dos mil años que llevamos aquí plantados. Como en la película 'La mosca', en el que un teletransporte mal higienizado mezclaba el ADN del insecto con el de Jeff Goldblum (versión Cronenberg, claro), Barcelona ha sido un teletransporte de puertas abiertas donde las Manolas y los toreros, lejos de irse, han incorporado en su ADN al quebradizo. Y así, la idea de Gaudí, que anticipaba el 'arte povera' y que quería transmitir los valores de la sobriedad y el ascetismo, ha cristalizado en las tiendas de recuerdos en forma de flamencas y toreros gaudinianos. En un bucle absurdo, incluso he visto un 'caganer' hecho de trencadís ...

El souvenir, escribe Tracey Benson en 'The musem of the personal: souvenir and nostalgia', siempre está vinculado a un recuerdo ficticio. Antagonista del tiempo natural, el recuerdo es la plasmación del momento único opuesto al tiempo cotidiano.

Barcelona, hecha souvenir por la mirada de millones de turistas, ya casi no tiene espacio simbólico para la cotidianidad, empapados como vivimos de singularidades y quebradizos.

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