Respuesta, con amistad, a Juan Cruz

Las mentiras del gobierno de Rajoy, las mentiras de los medios duelen más que los golpes

Llegamos al último análisis del año 2017. Ha sido el año más importante de nuestra vida colectiva en décadas. Los atentados en Barcelona y Cambrils, las urnas y las palizas del 1 de octubre, la huelga general del día 3, el belicoso discurso del rey, la breve y desconcertante vida de la República Catalana, las cárceles, la victoria del independentismo el 21-D... Todos estos acontecimientos no sólo aparecerán en los libros de historia, sino que marcarán para un par de generaciones de catalanes la forma de ver Cataluña y su relación con España. El 2017 ha sido el año en que miles de catalanes han velado, insomnes, pensando en la gravedad de los acontecimientos.

El impacto de este 2017 en la historia del país será profundo. No les haré el resumen del año. En este último día quisiera referirme a un artículo publicado anteayer en El País titulado "La construcción de la enemistad".

El autor es Juan Cruz, alguien a quien he conocido puntualmente, 69 años, canario, culé, alguien para quien la lengua catalana no es una lengua extraña, que ha hablado más de una vez de la importancia de la Nova Cançó para la vida cultural española y para su propia vida personal, pero que en los últimos años ha proyectado una mirada agria sobre el procés. Quisiera contestar a algunas de las cosas que dice sin ánimo de polemizar, pero sí con la intención de proporcionar algunas reflexiones que en España no se escuchan o no se quieren escuchar.

He leído con interés tu artículo “La construcción de la enemistad”. Hablo de interés y no exagero, porque de todas las derivadas del procés, una de las que más me interesa es comprobar cómo entiende la sociedad española lo que está pasando en Cataluña. Cuando dices que “el procés nos ha traído la destrucción sistemática de la amistad” (y aunque anoto que añades que la destrucción se ha practicado en un lado y en otro), me pregunto si era posible evitar esa enemistad a la vista de lo que contáis en los medios españoles. Porque para saber cómo entiende la sociedad española lo que está pasando en Cataluña habrá que fijarse en cómo lo cuentan los medios que consume esa sociedad.

Empezando por el principio, con la palabra ‘desafío’. ¿No firmarías que en el mundo violento en el que vivimos todos los desafíos fueran com el catalán? Democrático y pacífico, consistente en pedir que se pongan las urnas para que vote todo el mundo, los del ‘sí’ y los del ‘no’. ¿Por qué os gusta tanto la palabra ‘desafío’, un término que evoca la hidalguía herida, como si el Procés fuese un duelo de armas? En el mundo anglosajón, al que aspiramos a parecernos por tradición democrática, el único desafío consistiría en venir a Cataluña, convencer a la gente de los beneficios de seguir juntos, ganar el referéndum y volverse para casa. Lo hicieron les canadienses y lo hicieron los ingleses. ¿Por qué no los españoles?

Ni en los peores años de ETA casi nadie osó flirtear públicamente con la vascofobia. Meterse con los catalanes, en cambio, no solo es gratis sino que da votos

Pienso también que esa enemistad no se ha construido ahora, sino que era preexistente. Ya sé, Juan, que no es tu caso, pero el anticatalanismo tiene siglos. Si además se hace el discurso del catalán insolidario, o de la lengua catalana como una amenaza a la identidad española, no es extraño que el presidente del gobierno tenga que salir a pedir que no se castigue a nadie por ser catalán (la cita es textual), que no se haga boicot a productos catalanes. ¿Has oído alguna vez a un presidente español pidiendo que no se haga boicot a productos canarios, o gallegos o andaluces? O vascos. ¿Recuerdas el grito de “¡A por ellos!” con el que algunas personas despidieron a los policías y guardias civiles que venían a la represión en Cataluña? Ni en los peores años de los asesinatos de ETA casi nadie osó flirtear públicamente, desde la política o desde los medios, con la vascofobia. Meterse con los catalanes, en cambio, parece que no solo es gratis, sino que da votos y aumenta audiencias. Te pondré un ejemplo:

Al día siguiente de la manifestación en Bélgica de apoyo al presidente Puigdemont, El País públicó en portada “El separatismo pasea su odio a España por las calles de Bruselas”. Te aseguro que ese titular me heló la sangre. Primero porque fue mentira y segundo porque siempre ha sido mentira que en las manifestaciones millonarias que hemos tenido en Cataluña en todos estos años se haya vivido odio a España. La inmensa mayoría de los catalanes que votaron ‘sí’ en el referéndum no odian a nadie, porque el procés va de ilusión por construir una vida mejor para todos y porque hay centenares de miles de catalanes, también entre los que votan ‘sí’, que tienen raíces en España. Que desde luego hablan español y quieren que sus hijos lo hablen. No hay odio a España y esa mentira duele. Duele porque nos deshumaniza, porque nos convierte en enemigos, porque es el primer paso para podernos atacar, que es lo que pasó con la policía en el referéndum del 1 de octubre. Las mentiras del gobierno de Rajoy (“No ha habido referéndum”, “Son ‘fake news’”), las mentiras de los medios duelen más que los golpes, que, por cierto no ayudaron demasiado a construir una amistad. Como no ayuda ver que se ha encarcelado a políticos elegidos democráticamente, pacíficos, bajo la acusación de ser violentos, bajo una acusación que la justicia española no se ha atrevido a sostener ante la belga.

Puedo entender que sientas tristeza al ver que alguien a quien aprecias te diga que su felicidad y su futuro estarán mejor atendidos si deja de vivir contigo. Pero eso es lo que creen y votan miles de catalanes después de haberlo probado todo con España y sentirse tratados con desdén. No sienten que el Estado al que pagan les proteja, al contrario, creen que ese estado trabaja en su contra. No te voy a aburrir con ejemplos. Están en su derecho de pensarlo y de construir un proyecto político alrededor de esta idea. Incluso te diré que proponerle al estado español un referéndum es una manera muy adulta de tratar al Estado. Es confiar en su capacidad de encaje democrático, de decirle: “Vamos a resolverlo hablando y votando”. Y las únicas respuestas que hemos recibido han sido, por este orden, la ignorancia, la burla y la violencia. O la ley del más fuerte.

¿No podemos ser amigos porque queremos votar nuestra relación? ¿Si decimos en voz alta lo que pensamos, Barcelona deja de ser una ciudad cosmopolita y los catalanes unos tipos creativos o “que hacen cosas”, como decía Rajoy? Te dejo una frase de Rubert de Ventós para acabar: “Para abrazar, hay que ser dos”.

Libertad para Jordi Cuixart, Jordi Sànchez, Oriol Junqueras y Joaquim Forn.

Y que puedan volver pronto a casa Carles Puigdemont, Toni Comín, Clara Ponsatí, Meritxell Serret y Lluís Puig.

Que tengamos un buen año.

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