"Ai las", es prudente ser prudente

"Ai las", es prudente ser prudente
ANDREU MAS-COLELL
ANDREU MAS-COLELL Economista. Catedratic emèrit de la UPF i de la Barcelona GSE. President del BIST.

Tendríamos que ser optimistas. La segunda oleada de la pandemia será menos severa que la primera y viene acompañada de una luz que brilla más y más al final del túnel. Las vacunas llegan y todo indica que, en combinación con el espíritu de supervivencia, serán bastante efectivas. El invierno todavía será invierno, pero el verano será verano.

Pero no somos optimistas, y por todas partes el aire se ha enturbiado con un malestar y una crispación que tienen su raíz en el impacto económico de las medidas de contención del covid. Es un descontento que llena de incertidumbre los horizontes políticos y sociales. Así, en Cataluña, ha desplazado, a mi parecer, la incógnita principal de las elecciones del 14 de febrero de “Qué partido independentista tendrá la presidencia de la Generalitat?” a “¿El independentismo tendrá una mayoría absoluta de escaños?” Doy por hecho que, si no es el caso, tendremos, como el Ayuntamiento de Barcelona, un bipartido con apoyos puntuales externos.

Hay una razón de fondo que ha exacerbado el malestar. Europa nos ha hecho entender que dispondríamos de los recursos necesarios para parar el golpe y, efectivamente, los recursos, de momento en forma de préstamos a un tipo de interés muy asequible, están llegando abundosamente. Aun así, la percepción ciudadana es que son insuficientes, y episodios como el de las ayudas a los autónomos sólo pueden confirmar esta impresión. Nos tenemos que preguntar: ¿por qué, si rebajaría la tensión a un coste relativamente bajo, España no se endeuda más?

A los responsables de la gestión macroeconómica, pasar de un endeudamiento del 100% del PIB a uno del 120% les cuesta, pero considerar ir más allá les da temor. El problema es que Europa no habla bastante claro. Por cada voz autoritaria que nos dice que nos podemos ir endeudando, y que interpretamos legítimamente como un ánimo a hacerlo, hay otra que nos dice que tengamos cuidado. De hecho, aunque todas las voces europeas nos animaran a gastar, habría razones para ser contenidos. Porque una cosa es decirnos que gastamos y que Europa sabrá encajarlo, y otra, que a la hora de la verdad sea así. El talante doctrinal del norte de Europa no es keynesiano. Cuando la crisis pase, quizás pronto, la Comisión Europea, muy alineada con Alemania, continuará comprometida con el Next Generation, cuanto menos porque ofrece una oportunidad de financiar el Green Deal europeo, el programa estrella de Von der Leyen. Las ayudas que nos lleguen como transferencia estarán muy condicionadas. Pero es improbable que la Comisión se plantee ir más allá. Añadir que la gobernanza europea es tan frágil que su credibilidad es limitada. Seguramente el chantaje de Hungría, Polonia y Eslovenia, que amenazan con bloquear los fondos europeos, es un incidente que se superará. ¿Pero a qué precio? ¿Y la próxima vez? No hay que ser un gran experto en juegos de estrategia para entender que un sistema basado en la unanimidad es muy difícil de gestionar por parte de los jugadores principales y, en consecuencia, poco de fiar.

La situación ideal para nuestros responsables de finanzas sería aquella en que la UE se comprometiera irrevocablemente a una política muy generosa de provisión de liquidez que, además, no tuviera consecuencias futuras negativas para los receptores. La manera natural de hacerlo seria mediante transferencias, no créditos (aunque tendría que haber créditos puente del BCE). Entonces el vértigo al aumento de la deuda desaparecería. En contrapartida, el dinero no podría llegar a voluntad del receptor. Tendría que estar asociado a la financiación de proyectos económicamente y socialmente válidos. En este sentido habría una lógica de rescate. Pero para implementar este esquema haría falta que la UE se endeudara más de lo que ha planeado hacerlo, lo cual es mucho pedir cuando los estados miembros apenas han hecho el primer paso. O haría falta que el BCE monetizara una parte de esta deuda futura. Pero sé bastante bien que esto, por más que estuviera económicamente justificado, es imposible. No sería aceptable en el norte y, me dicen los que saben, sería totalmente ilegal, como el Tribunal de Karlsruhe se apresuraría a señalar. Una alternativa de la cual hace meses se hablaba mucho, y ahora muy poco, sería la deuda perpetua, es decir, el dinero inyectado a un estado miembro consta como deuda y pagan intereses, pero desaparece la espada de Damocles de tener que refinanciar al vencimiento. Pero creo que tampoco lo veremos. En estas condiciones, ai las, es prudente ser prudente.

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