Soberanía, también relacional, también afectiva

Tenemos un montón de ejemplos de cómo el sistema amoroso nos organiza socialmente

BRIGITTE VASALLO
BRIGITTE VASALLO

Los debates en torno a las soberanías nos remiten a las grandes cuestiones sociales: la economía, los recursos, el consumo, la organización colectiva. No deja de ser sorprendente, sin embargo, que la gestión amorosa no esté nunca entre estas cuestiones, a pesar de ser el trasfondo de la pandemia de feminicidios y infanticidios, y pese a ser la causa principal de la quiebra de proyectos tales como empresas o cooperativas, así como un detonador del sufrimiento mental como pocos.

Quizás el amor no entra en los grandes debates porque creemos, erróneamente, que es un sentimiento, una emoción, y no un sistema tan bien elaborado como el capitalismo mismo, quizá porque todavía pertenece al ámbito del espacio privado, interior y 'feminizado', un espacio que nos avergüenza y donde no suceden las cosas grandes de la historia... o tal vez porque ha quedado realmente reducido a algo con mucha parafernalia, mucha predestinación y con muy poca posibilidad de agenciamiento y toma consciente de decisiones.

De entrada, hay que entender que nuestro sistema amoroso es eso, un sistema, y como tal se correlaciona con el sistema económico, con la cuestión colonial y el racismo, con el sexismo, y que es causa de violencia y exclusión. Y que trasciende, de lejos, la cuestión de la pareja y rige como nos relacionamos con el todo, con el mundo, en nuestros barrios, en las comunidades de vecinos, en los lugares de trabajo y, claramente, en las fronteras. La pareja, en este caso, es la representación micro de todas las demás estructuras relacionales, que se construyen de la misma manera y que, al mismo tiempo, nos hacen construir la pareja o las parejas siguiendo una misma lógica. Y, por supuesto, pero dejadme afirmarlo por si acaso, debemos asumir también que las soluciones posmodernas propuestas, llámese poliamor o llámese como quiera, forman parte del mismo sistema porque se fundamentan sobre las mismas bases.

Tenemos muchas herramientas para una economía alternativa, para una movilidad alternativa, para una comunicación alternativa ... pero para una vinculación alternativa no tenemos ninguna

Tenemos un montón de ejemplos de cómo el sistema amoroso nos organiza socialmente. Hace siglos que sabemos que nos determina económicamente y que la economía nos organiza la vida amorosa. No lo llamamos amor, pero lo llamamos familia o lo llamamos apellidos. Sabemos que la familia es una herramienta de producción de fuerza de trabajo, y sabemos que la llegada del capitalismo estableció unas normas de género al servicio del capital: hombres como trabajadores, mujeres como cuidadoras y productoras de los trabajadores y desaparición de la posibilidad de existencia de otras formas de vida, que pasan a ser entendidas como no productivas: desde los vagos y maleantes hasta la identificación de las mujeres menopáusicas como brujas maléficas y reducidas, en todo caso, a la categoría de exmujeres. Y sabemos que la familia tampoco está al alcance de todo el mundo: en Estados Unidos, los matrimonios llamados "interraciales" estuvieron prohibidos hasta 1967. Desde entonces, y a pesar de ser legales, constituyen sólo un 15% de los matrimonios. Y pongo el ejemplo de los Estados Unidos porque no caben las excusas de las "diferencias culturales" o la falta de mixticidad en la sociedad misma. Sabemos todo esto de la familia pero dejamos de lado la evidencia de que la construimos basándonos en un sentimiento amoroso que se convierte en el instrumento y que, si fuera tan espontáneo como creemos, no respondería de manera tan clara a estas normas sociales: las mujeres menopáusicas enamorarían tanto como las chicas jóvenes, las parejas no se adaptarían a las jerarquías racistas y el género en términos de amor y deseo sería tan anecdótico como el color de los ojos.

El sistema amoroso, además, tiene un peso descomunal en filiaciones a partidos, votaciones y política representativa. La extrema derecha, de hecho, sabe hacer un uso bastante efectivo de las cuestiones del deseo y la identidad, de la construcción de una familia política a través de romantizar emocionalmente la pertenencia como se romantiza una pareja, sin más. Las izquierdas, todo hay que decirlo, también lo intentan pero no les sale tan bien. Y no entendemos cómo todo ello es posible. Y oímos discursos vacíos de significado, propuestas políticas funestas, y no entendemos cómo es que enamoran. Literalmente.

Emocionalmente tenemos muy pocas herramientas incluso para entender qué pasa. Tenemos muchas para una economía alternativa, para una gestión del territorio alternativa, para una movilidad alternativa, para una comunicación alternativa... pero para una vinculación alternativa, que no pase por la romantización y por el sistema amoroso vigente, no tenemos ninguna. Ni privada, ni política, ni individual, ni colectiva.

Y no habrá soberanía que valga, si no va de la mano de una nueva soberanía emocional.

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