¿Caso Matzneff o caso Beauvoir?

Los firmantes más conocidos de la carta a favor de las relaciones con menores eran Beauvoir y Sartre

Jean-Paul Sartre en una fotografía del año 1969 / REG LANCASTER_GETTY

Imaginen que escribo un artículo en el que revelo, como si se tratara de un secreto que nadie conocía, que el president Lluís Companys fue fusilado en el castillo de Montjuïc en 1940. ¿Alguien es capaz de creer seriamente que generaría un enorme escándalo porque todo el mundo pensaba que en realidad había muerto atropellado en Igualada en 1952? Pues esto es exactamente lo que está pasando con el caso del escritor francés Gabriel Matzneff, un viejo pederasta que ha dedicado una parte importante de su obra a teorizar, precisamente, sobre las bondades de las relaciones sexuales con menores siempre que sean consentidas. Matzneff lo explicó, con pelos y señales, sin eufemismos ni subterfugios, en las 125 páginas de Les Moins de seize ans, publicado por Éditions Julliard en 1974. Y lo contó en una de las famosas entrevistas que hacía Bernard Pivot en el mítico programa cultural Apostrophes. No pierdan de vista la década: es la verdadera clave del equívoco. En efecto, al cabo de poco tiempo, el 26 de enero de 1977, la flor y nata de los intelectuales franceses de izquierdas que siempre le rieron las gracias a Matzneff publicaron en Le Monde una breve pero muy clara carta a favor de las relaciones sexuales con menores, siempre que fueran consentidas. Los dos firmantes más conocidos eran Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Si la leen comprobarán que no hay afirmaciones ambiguas ni matices entre líneas: es una defensa de pies a cabeza de este tipo de relaciones. ¿Qué podía impulsar a la principal teórica del feminismo contemporáneo y a un filósofo como Sartre a firmar una cosa así? Pues una cosa tan simple y directa como su propia biografía. 

Una de las afectadas por la relación de depredación urdida entre Beauvoir y Sartre, Bianca Lamblin, publicó en 1993 un texto sobrecogedor, 'Mémoires d'une jeune fille dérangée'

En efecto, en 1943, Beauvoir fue expulsada del instituto de bachillerato donde trabajaba por "un comportamiento que conducía a la corrupción de una menor". La acusación no solo estaba fundada, sino que se quedaba muy corta. El episodio, y otros parecidos, está perfectamente documentado en el epistolario privado entre Beauvoir y Sartre, publicado a principios de la década del 1990. Estas cartas tienen un extraordinario parecido con las que el vizconde de Valmont mandaba a la marquesa de Merteuil en Les Liaisons dangereuses de Pierre Cholderlos de Laclos. La similitud no es del todo casual porque Sartre fue el último cortesano del Ancien Régime francés, aunque intercambiando a Luis XIV primero por Stalin y después por Mao. Una de las afectadas por la relación de depredación urdida entre Beauvoir y Sartre, Bianca Lamblin, publicó en 1993 un texto sobrecogedor, Mémoires d'une jeune fille dérangée, convenientemente silenciado a pesar de basarse en pruebas y no en recuerdos subjetivos o selectivos. Hay que añadir que en 1959 Beauvoir todavía publicó un equívoco artículo en la revista Esquire, “Brigitte Bardot y el síndrome de Lolita”, insistiendo en el tema con una detallada descripción del cuerpo de Bardot que hoy no osaría publicar nadie.  

Este tipo de silencios selectivos continúan. En 2018 la conocida teórica feminista Avital Ronell, entonces ya sexagenaria, fue acusada por un joven estudiante de acoso físico y verbal. El estudiante aportaba documentos inequívocos (emails, etc.) y las pruebas eran tan claras que su universidad la apartó un año de la docencia. Esto pasó, por cierto, en el momento álgido del Me Too, pero sería extraño que recordaran el caso porque casi nadie se quiso hacer eco de ello. La filósofa Judith Butler la defendió argumentando que es una gran intelectual. Creo que queda todo dicho.  

Antes les he sugerido que no perdieran de vista la década del 1970 porque es la clave de todo. Pues sí, en ese momento –y no en los sesenta, como se suele decir– se consumó eso que algunos han denominado “la revolución sexual”. Como todas las revoluciones, tuvo aspectos innegablemente positivos y otros muy negativos. De los segundos está casi prohibido hablar, a pesar de que es lo que acabo de hacer en este artículo. El caso Matzneff resulta simplemente incomprensible sin el caso Beauvoir, y si alguien tiene todavía alguna duda que relea la mencionada cartita del 26 de enero de 1977. En vez de asumirla solo parcialmente, con una hipocresía que me da asco, la bien o mal llamada “revolución sexual” se tendría que revisar en su conjunto. Una vez hecho esto, que cada cual recuerde y olvide selectivamente lo que le apetezca. Pero entonces las cartas ya estarán encima de la mesa; quiero decir que no será tan sencillo hacer determinados juegos de manos y quedarse tan ancho. Solo es una cuestión de honestidad intelectual. Yo todavía creo en ello. 

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