Colau contra los manteros

La actividad de los manteros es mucho menos lesiva que la competencia de las grandes superficies

Ahora que nuestro vocabulario se embrutece con todo tipo de palabras terminadas con el sufijo -fobia, apunten también esta: aporofobia, que quiere decir 'odio a los pobres'. Aunque, seguramente, más que de odio habría que hablar de repugnancia. A mucha gente (mucha que nunca lo admitirá) le repugna la visión de los pobres, porque los pobres, por propia naturaleza, son invisibles, y si son invisibles significa que son inexistentes. Si se les ve pasan a existir, y eso ya es intolerable. Si, además, resulta que los pobres son negros, la repugnancia se multiplica. Con todo, el racismo va unido inevitablemente a la aporofobia: si un negro es rico, o poderoso, o influyente, ya no hace tan mal efecto. Alguien dirá que estas afirmaciones son simplistas, pero me temo que no queda más remedio que asumir que a menudo el comportamiento humano no pasa de ahí: al débil se le castiga (aún más si tiene otro color de piel), al poderoso se le teme y se le halaga (aunque tenga otro color de piel).

Más sutiles que la Junta Electoral Central (que se divierte poniendo multas al presidente catalán Torra), los socios de Ada Colau, Valls y Collboni, le permiten a la alcaldesa de Barcelona que juegue con lazos amarillos pero la han llevado enseguida allí donde políticamente le duele de verdad: a perseguir a los manteros. Y no a perseguirles un poco, sino con un despliegue policial digno de un estado de emergencia. Los manteros constituyen uno de esos casos en que la demagogia política llega a suplantar la realidad: es evidente que su actividad es ilegal, y es cierto que suponen una competencia desleal para el pequeño comercio, pero en todo caso mucho menos lesiva de la que supone la competencia (legal, eso sí, pero sin embargo nada leal) de las grandes superficies. No conozco casos de pequeños comercios que hayan tenido que cerrar debido a la actividad del 'top manta'; en cambio, todos conocemos los que han tenido que bajar la persiana como consecuencia de la presión de franquicias internacionales y otros gigantes comerciales que suelen jugar, ante las administraciones, con las cartas marcadas.

Sea como sea, la defensa o la tolerancia con los manteros había sido un emblema del tipo de izquierda que solía representar Ada Colau, mientras que el ataque contra este colectivo es un signo que identifica a Manuel Valls. Estos días ya vemos que ha vuelto a ganar el pulso, y como de 'gratis' son los votos que Valls graciosamente puso a disposición de Colau para hacerla alcaldesa. La intensa persecución policial contra los manteros equivale a su estigmatización a ojos de buena parte de la sociedad y a su identificación con actos criminales que no tienen nada que ver con ellos (homicidios y otros delitos que generan inseguridad ciudadana), y refuerza los prejuicios racistas y -utilicemos la palabrota- aporofóbicos, así como una sociedad más miedosa y por tanto más reaccionaria. Así se desactiva una activista, valga la redundancia. Ánimos, alcaldesa: antes de que se dé cuenta, estará enviando policía a efectuar desahucios, no a impedirlos.

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