Del turismo como última opción

¿Nos dedicamos a esto porque queremos o porque ya no damos más de sí? Es una pregunta muy deprimente

Las Ramblas, en Barcelona, vacías de turistas y peatones el pasado mes de marzo / CRISTINA CALDERER
FERRAN SÁEZ MATEU
FERRAN SÁEZ MATEU Escriptor i professor a la Universitat Ramon Llull

Resulta evidente que uno de los segmentos económicos más tocados por la pandemia es el del turismo. Paradójicamente o no, sin embargo, también es el sector que esconde las expectativas más golosas en cuanto las consecuencias del problema se van menguando. La gente volverá a viajar con normalidad, evidentemente, y después de meses de reclusión lo harán, a buen seguro, con más ganas que nunca. Esto, cuanto menos, es lo que se deriva del comportamiento reciente de los mercados financieros: el lunes, al saberse que hay una vacuna con perspectivas de éxito a corto plazo, los valores bursátiles que más subieron fueron Meliá Hotels (37,08%) o IAG (26,07%). Cuanto menos en términos porcentuales, el repunte resulta espectacular. Las expectativas son muy altas. 

En Catalunya en general, y en la ciudad de Barcelona en particular, el turismo lo condiciona todo, para bien y para mal. Bajar por la Rambla con una cierta normalidad, por ejemplo, es una cosa que muchos casi no recordábamos. Es una experiencia agradabilíssima, y más en este otoño tan canónico que hace este año. Contemplar docenas y docenas de hoteles y restaurantes cerrados, en cambio, no hace mucha gracia. Mucha gente vive de esto. Muchísima. Otra cosa muy diferente es si esta actividad vale realmente la pena en términos colectivos y globales. Miquel Puig ha explicado muy bien que esto es más que dudoso, entre otras cosas porque los puestos de trabajo que genera son, en general, poco cualificados, y también porque implica inversiones gigantescas en infraestructuras. 

El turismo actual se basa en una ficción que, en un mundo tan homogéneo como el actual, no tiene mucho sentido

¿Tiene futuro, todo ello? A largo plazo, no lo sé. El turismo actual se basa en una ficción que, en un mundo tan homogéneo como el actual, no tiene mucho sentido. A pesar de que sean exactamente iguales, tenemos que hacer ver que el puro que nos han vendido en el lejano Santo Domingo es mejor que el que podemos comprar cada día del año en cualquier estanco de cerca nuestro; y hay que fingir igualmente que la ensaimada que hemos comprado en el aeropuerto de Palma sabe mejor que la que podemos adquirir en el aeropuerto de Barcelona... Estas extrañas simulaciones son la base de la industria turística mundial y, probablemente, han llegado a su límite, cuanto menos entre ciertos sectores de la sociedad. Porque no tenemos que olvidar que aquí hay un delicado componente social que nos e debe ignorar. Hace solo treinta y cinco o cuarenta años, una estancia en determinadas playas caribeñas denotaba un más que considerable nivel social. Hace veinte o veinticinco, el lugar fue acaparado por la clase media. Hoy, pocos años después, aquel mismo complejo de hoteles se ha convertido en el destino casi obligatorio de las parejas de novios del extrarradio profundo. Todo esto no está bien ni mal: simplemente son cosas que hay que constatar con un mínimo de honestidad, y sacar las conclusiones pertinentes. Entender el problema del turismo en clave clasista resulta incómodo pero permite entender algunas cosas que de otro modo no dispondrían de explicación. ¿Está en crisis una mera fórmula –la clásica, la del turismo de masas– o bien está empezando a agotarse, en general, la misma motivación que lleva al turismo? Esto lo dirá el tiempo. La segunda posibilidad no se tiene que descartar a largo plazo: quizás estoy muy desinformado, pero no tengo noticias de ninguna moda que haya sido eterna. 

Tanto si están relacionados con el turismo o con cualquier otra cosa, los debates maximalistas y conceptualmente primarios no acostumbran a resolver las cosas. ¿Turismo sí o turismo no? Este planteamiento es ridículo. Ahora, en plena pandemia, tenemos ante nuestros ojos como es el mundo sin turistas. Para unos es agradable y para otros simplemente catastrófico. Conviene, pues, matizar. También conviene cuantificar qué ha representado realmente –en términos globales, haciendo a la vez sumas y restas– la suspensión casi total de esta actividad económica a lo largo de unos meses. Llevar a cabo este balance es más difícil de lo que parece porque hay muchísimas variables a tener en cuenta. 

En todo caso, la pregunta sustancial que convendría hacerse es la que se insinúa en el título de este artículo: ¿el monocultivo del turismo es el resultado de una decisión calculada y voluntaria o bien una simple reacción desesperada relacionada –cuanto menos aquí– con la evaporación de la industria productiva de toda la vida? Cuando yo era un niño, en los 70, en Catalunya se hacían muchas motos, por ejemplo, y competían con éxito en todo el mundo. Se hacían muchísimas otras cosas, y en Alemania todavía las hacen. Con franqueza: ¿nos dedicamos a esto porque queremos o porque ya no damos más de sí y tenemos que enseñar los restos de lo que edificaron las generaciones anteriores? Es una pregunta muy deprimente. 

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