Deshumanizar la migración

Escucha aquí el artículo de Carme Colomina

FRONTERAS. El Reino Unido ha acelerado la deportación de demandantes de asilo. A partir del 1 de enero, el Brexit será una realidad a todos los efectos y el gobierno británico se quedará sin el recurso del retorno inmediato al continente. La maquinaria de las expulsiones se ha activado saltándose garantías, derechos y evidencias. Según algunas organizaciones no gubernamentales, el ejecutivo de Boris Johnson no ha respetado ni la orden judicial que obliga a estudiar todos los casos de víctimas de tortura y de tráfico de personas. El diario The Guardian publica que para esta semana ya habría planeados dos vuelos a Alemania y uno a Francia, con posibles escalas en Austria, Polonia, España y Lituania. Las políticas de gestión de cifras se imponen desde el desprecio a la vida y las experiencias traumáticas de muchos de estos migrantes o solicitantes de asilo, algunos de los cuales explican cómo en el largo recorrido desde el Sudán o Siria hasta el Reino Unido han sufrido abusos, explotación, los han vendido como mercancía al servicio de bandas de traficantes y arrastran las heridas físicas y mentales de un largo viaje que todavía no se ha acabado.

Mientras el futuro de la relación entre el Reino Unido y la Unión Europea todavía está encallado en la negociación, Londres y París ya han firmado un acuerdo para endurecer todavía más el paso de los migrantes por el canal de la Mancha. De las 35.566 personas que el año pasado pidieron asilo al Reino Unido, solo unas 1.890 habían llegado en pequeñas barcas a través del canal. El aeropuerto de Heathrow -como el de Barajas en el estado español-es la gran puerta de entrada de la migración, pero el peso simbólico de la represión de la travesía de los más vulnerables se ha convertido en el estándar de unas políticas migratorias queridamente incapaces de ofrecer alternativas.

VULNERABILIDADES. Millones de personas viven en tránsito, en viajes y desplazamientos forzados. La guerra en Etiopía ha provocado una nueva salida de refugiados. Decenas de miles de personas han llegado al Sudán los últimos días. Huyen de la ofensiva militar ordenada por el gobierno de Abiy Ahmed sobre la provincia de Tigre y de las masacres perpetradas por milicias que le son leales. Los campos que en la década de los 80 acogieron a los refugiados del hambre en Etiopía, que llegó a causar un millón de muertos, han vuelto a abrir.

Human Rights Watch ha denunciado torturas y desapariciones entre los refugiados y demandantes de asilo burundeses en Tanzania.

Bangladesh ha empezado el traslado forzado de refugiados rohingyas hacia la isla remota de Bhasan Char, un espacio de tierra que salió a la superficie en plena bahía de Bengala hace solo dos décadas y que queda completamente anegado cuando llegan las lluvias monzónicas. Listas arbitrarias anuncian los nombres de los obligados a trasladarse hacia un destino todavía más incierto.

REPRESIÓN. El proceso de deshumanización de las migraciones y el secuestro del sufrimiento de estas personas para convertirlo en material político y politizado se replica una y otra vez. En las islas de Manus o de Nauru, en las Canarias o en Lesbos. Se cierran personas y esperanzas en campos que son prisiones. Prisiones diseñadas “para generar hostilidad y animadversión”, como escribió Behrouz Boochani durante su cierre forzado en la isla de Manus.

La ONU dice que el año que viene se llegará a un nuevo récord de 235 millones de personas que necesitarán asistencia humanitaria, muy por encima de los 168 millones de este año. Un incremento provocado casi por completo por los efectos de la pandemia del covid-19. Pero se sigue reprimiendo el viaje con más contundencia que la violencia, la pobreza y la vulnerabilidad que lo generan.