Europa después de Trump

Escucha aquí el artículo de Carme Colomina

ESCENIFICACIÓN. La espera se ha acabado. El recuento de votos ya ha señalado a Joe Biden como el 46 presidente de los Estados Unidos. El mundo puede salir de la fascinación del espectáculo mediático y los debates electorales teñidos de rojo y azul; superar la necesidad de saber qué ha pasado en el condado de Lancaster, de Santa Clara o de Cook (que nos conectan con referencias de ficción), y quién vota qué en el sur de Arizona. Quizás todavía podremos especular sobre los próximos movimientos de un Donald Trump que cultiva la falsedad también en la derrota. Pero, superado el vértigo, toca perspectiva.

Los estados tienen el poder que ejercen y el poder que sus rivales les otorgan. La capacidad de atracción de unas elecciones globales celebradas en una potencia en retirada demuestran que todavía seguimos interpretando el mundo desde esquemas clásicos. Que nos dejamos arrastrar por el espectáculo y la capacidad retórica, como si tuvieran que determinar nuestro mundo más inmediato. Como si la imagen de la amenaza a nuestro sistema democrático fueran los grupos de extrema derecha armados que se concentraban ante el Capitolio de Oregón, y no la confrontación de la semana pasada en el centro de Varsovia entre las decenas de miles de manifestantes que protestaban contra el endurecimiento de la ley del aborto y grupos ultraconservadores.

ACUERDOS. En pleno final de campaña, Trump todavía presumía diciendo “Alemania se quiere librar de mí”. Angela Merkel se convirtió en el contrapunto de una Europa incómoda por el “baño de realidad un poco deprimente” (en palabras de la cancillera) que representaba la irrupción no solo de Trump, sino de toda una hornada de líderes escogidos en sistemas democráticos a ambos lados del Atlántico que reniegan de consensos, alianzas y valores. “Si queremos parecer más fuertes, primero nos tendríamos que poner de acuerdo entre nosotros”, dijo la cancillera después de un G-7 caótico con Donald Trump en 2018.

Nuestro mundo se decide en Bruselas y en Berlín; con los controles en las fronteras francesas, la inestabilidad italiana o la represión mediática en Hungría. Aunque nos enganchemos televisivamente al recuento de votos en Pensilvania y se ningunee la relevancia de las elecciones en un Parlamento Europeo con poder de codecisión sobre prácticamente todas las leyes que se aprobarán en Bruselas, la alianza entre Washington y Bruselas ya hace años que empezó a mutar.

RESPONSABILIDADES. La victoria de Joe Biden facilita el regreso al multilateralismo, al acuerdo en la lucha contra el cambio climático y a una cierta racionalidad. Pero si la Unión Europea quiere recuperar capacidad de negociación e influencia transatlántica, lo tendrá que hacer desde la conciencia de saber que el centro de gravedad de los Estados Unidos se ha movido desde hace tiempo hacia el Pacífico, y que seguirá ahí. Quizás la futura relación con China puede ser, precisamente, un punto de encuentro para los viejos aliados.

Pero la UE seguirá siendo la única responsable de decidir qué modelo comercial, digital o de defensa aspira a construir. Ninguno de estos tres interrogantes se resolverá en el otro lado del Atlántico. Del mismo modo que la derrota de Trump y la futura presidencia de Biden tampoco son ninguna garantía de éxito para algunos planes europeos, como la tasa digital a los gigantes de Silicon Valley que reclama Emmanuel Macron o la desaparición instantánea de los aranceles que penalizan en este momento algunas exportaciones europeas a los EE.UU.

La derrota de Trump supone el fin de una hostilidad manifiesta, indisimulada e incómoda. Pero el relevo en la cancillería alemana que se votará el año que viene supondrá el verdadero final de una era para la Unión Europea.

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