El imposible 'escolexit'

Dicen que todo cambia. Pero no. 

Cuando los arqueólogos, dentro de mil años, exploren El Corte Inglés, su informe será inequívoco. "Se trata de un templo donde los sacerdotes regulaban el calendario, las fiestas y las estaciones". Verán que allí se determinaba cuando llegaba la primavera, que rendían culto a los diez días de oro y que allí se decidía cuando se tenía que volver al cole. Hoy sabemos, sin embargo, que otras marcas se han sumado a la desagradable tarea de anunciar el Armagedón económico, el descalabro emocional que supone la vuelta a la disciplina.

Descalabro para los niños, porque se dan cuenta que el mundo es un lugar inflexible. Y porque se desvanece aquella posibilidad, siempre latente, que después de tres meses alguien te dirá que ya está, que no hay que volver a la escuela. No pasa ni pasará jamás. Y descalabro para las familias porque el anuncio del centro comercial les revela otra gran verdad: han vuelto a calcular mal. O los gastos de las vacaciones se han estirado o el rinconcito para el material escolar era demasiado 'rinconcito'. Y hacen cara de Pere Aragonés, con aquel cabreo resignado de chico cumplidor. Y empiezan, no a recortar, sino a alargar: el borde del pantalón, el uso del ordenador, las excusas a los hijos...

Cuando yo era un niño, la visita a El Corte Inglés para comprar los chándales era similar a la que, años después, hice al cuartel para probarme el uniforme. Sentía la fuerza disciplinaria de las instituciones con fondo de hilo musical.

Y menos mal que yo iba vestido como quería (mi madre). Miro la web de uniformes escolares del centro comercial antes citado. A ver qué. Tienen una marca llamada Winner College Uniform y explican que el uniforme escolar "Ahorra tiempo, Mejora el Rendimiento y evita las comparaciones a nivel económico". Lo pongo así, porque la "vuelta al cole" en aquella casa se ve que siempre es en castellano.

Las fotos tienen un aire Harry Potter para vender el glamour de las escuelas de magia. Pero, al final, siguen siendo católicas.

Pero hay vida fuera de la casa del triángulo verde. Así que me voy a ver qué tienen en la cooperativa Abacus. Y encuentro una sección de "robótica educativa" que acerca la vuelta al cole a una secuela de 'Terminator'.

Nos dicen que todo cambia. Pero no. Y así, hojeando entre artículos llamativos, encuentro que todavía se hace y se vende la plastilina Jovi, que, no lo sabía, fue creada en 1964 por dos hijos del Guinardó, José y Vicente (JoVi). Lo he visto en alguna parte de la web de la empresa, que ahora está en el Prat (una web que se puede consultar en varios idiomas como el polaco, pero no en catalán, ve!). Es bonito porque si algún olor identifica septiembre, la llegada del otoño y el regreso al cole, es el de la plastilina. Y la del miedo. Niños y mayores, por pocos días, están unidos por el miedo. Miedo a los abusadores, a los nuevos compañeros, a las mates o al cambio de programa de la conselleria que hará inútiles los conocimientos encuadernados de julio.

Cuando los arqueólogos, de aquí mil años, excaven El Corte Inglés y encuentren los 'corticoles' intactos podrán decir que en nuestro tiempo se podía dejar el euro o hacer un Brexit. Que uno se podía con todo. Excepto con recibir llamadas de Movistar. Y con la vuelta al cole.

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