El pijo de ayer

No hay nada más entrañable que el pijo al que la ruina familiar, o la propia, ha sorprendido

El dinero (como la fama o la juventud), igual que llega, se va. No hay nada más entrañable que el pijo que fue, el pijo de ayer.

El pijo al que la ruina familiar, o la propia, ha sorprendido, ya sea por una mala gestión o por no ser lo suficientemente hábil para oler el cambio de los tiempos y estar en el lado equivocado, es inspirador porque es en la decadencia donde encontramos el original, la esencia.

Tal día como hoy, al pasar por la esquina de Mallorca con Rambla de Cataluña, saliendo juntos de tomar la copa en el Belvedere, este ángel caído levantará los ojos y te dirá como quien no quiere la cosa: "Qué lástima que esta portería [puerta doble y maciza de madera tallada por la que claramente podría pasar un landó] esté cerrada, porque si no te enseñaría el vestíbulo, que es precioso, tiene cuatro columnas de mármol rosa y capiteles floridos... Lo sé porque este edificio lo construyó mi bisabuelo [quiere decir que su antepasado, un caballero de la 'Renaixença', encargó el edificio, no que fuera paleta]. Ahí tenían, incluso, una capilla consagrada".

Otros te cuentan que en Navidad "en casa de las tías se cambiaban las cortinas y se ponían unas rojas rematadas con flecos dorados que se retiraban por la Candelaria, al igual que el pesebre, que tenía dos lagos con agua, y como una alfombra que desplegaban, durante las fiestas, de punta a punta del pasillo".

La familia del pijo que fue malvendió una finca cuyo territorio se extendía por tres comarcas (Berguedà, Ripollès y Cerdanya, por ejemplo). Un día de tormenta la barca estalló contra los arcos de Calella y aquella quilla astillada se ha convertido en el dibujo del heraldo de un escudo imaginario. Viste una teba de Bel con demasiadas hombreras y unas Sebago que ya acumulan tres cambios de sola. En su piso de alquiler –de Nuñez y Navarro– están encajados, literalmente, los muebles modernistas heredados, que quedan como si dentro de una caravana pusieras un hipopótamo, y en el pasillo está colgado un retrato con toques simbolistas (fíjate, si no, en el pavo real del fondo) de una dama que entre tules vaporosos sostiene con una mano de dedos inauditamente finísimos una sombrilla de seda. En la torre de Viladrau, aquella que los hermanos no se ponen de acuerdo a la hora de vender, está la raíz de un árbol que el mismo bisabuelo que encargó el edificio de la calle Mallorca trajo de Cuba y que ya ha agrietado la pista de tenis ("Es que yo, que ya sabes que me ha dado ahora miedo a frontalizar, ya le dije a Muntsa que cuando en este tipo de cosas se deja opinar a cuñados y consortes varias nunca se avanza. Fíjate, con lo mucho que todos necesitarían que se vendiera de una puñetera vez ese mamotreto, que están todos caninos"). De platea, en el cuarto piso. Las bridas, secas, cuelgan en el recibidor como decoración.

-¿Qué lees?

- Espejo roto de Rodoreda.

-Otra vez?

-Ya voy por el final, el capítulo 13: 'La rata'.

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