¿Cómo cae el gordo?

Los aumentos de felicidad que declaran los premiados no suelen mantenerse en el tiempo

En poco más de una semana muchos de nosotros nos habremos gastado una media de casi 70€ en lotería de Navidad. De hecho, son más los adultos que juegan -alrededor del 76%- que los que votaron en las últimas elecciones generales. Teniendo en cuenta los impuestos que pagan los premiados, y que alrededor del 30% de la recaudación se destina a proyectos sociales, podríamos decir que el Gordo, la Lotería de Navidad y la Lotería del Niño son el gran impuesto -voluntario- de nuestra sociedad. "Impuesto a la estupidez", lo llaman algunos economistas.

La probabilidad de que nuestro número sea el premiado es del 0,001%. Es decir, es más fácil que ganemos una medalla olímpica que no que nos toque el gordo esta Navidad a pesar de haber invertido parte de nuestra paga extra. ¿Por qué jugamos, entonces? Son muchas las explicaciones que los académicos han intentado dar a esta pregunta. Por un lado, algunos de nosotros somos amantes del riesgo. Es decir, si podemos elegir entre tener 100 o 0 euros con una probabilidad del 50%, o ganar 50 euros seguros, preferimos jugárnoslo a la suerte. Pero no son, sin duda, la mayoría. De hecho, somos uno de los países del mundo más adversos al riesgo. Sin embargo, incluso prefiriendo no arriesgarnos mucho, la lotería de Navidad tiene un componente emocional que nos hace jugar aunque estemos seguros de no ganar.

Pero no jugamos únicamente para mantener la tradición. Nos preocupa ser los únicos de la familia, el trabajo o el vecindario a quienes no les toca. "¿Y si toca aquí?", Decía una conocida campaña navideña, que buscaba despertar nuestros temores más ocultos. Nadie quiere ser aquel cliente del bar, trabajador o sobrino que no ha comprado el boleto premiado. "Envidia preventiva", como dice el sociólogo José Antonio Gómez Yáñez. Esto hace que casi todos los que compran lotería de Navidad la compartan con familiares, amigos o conocidos, lo que hace aumentar la distribución y el impacto de estos premios. No jugamos tanto por la ilusión de ser los afortunados como por el miedo de ser los únicos del barrio premiado que no han querido participar. En Holanda, por ejemplo, se demostró que la probabilidad de comprarse un coche nuevo aumentaba entre aquellos que tenían un vecino al que le había tocado la lotería. No queremos ser menos que el de al lado. O, al menos, que no se note.

Creemos también que es más fácil que caiga allí donde cayó el año anterior. Si esto fuera así, todos deberíamos correr a comprar la lotería en El Prat, Terrassa o Barcelona. O hacer cola en Sort. Pero, al final, la probabilidad es la misma: 0,001% que toque el número premiado. Que la Bruixa d'Or compre pocas series del máximo número posible de números, para maximizar la probabilidad de que el gordo se venda allí, no aumenta nuestra probabilidad de hacernos ricos por el hecho de comprar un número en ese establecimiento.

Pero, puestos a soñar, y a imaginar que comenzaremos en 2020 rodeados de miles de euros, podríamos preguntarnos: ¿qué pasa si me toca a mí? En general, los que han ganado el gordo no dejan sus trabajos, pero sí se compran coches o casas. Tampoco ayuda mucho a lo que se llama "tapar agujeros", ya que son las familias con menos recursos las que tienden a consumir una parte mayor del premio y terminan igualmente arruinadas. Pero, quién sabe, ¿quizás el hecho de ser más ricos nos hace más felices? Aquí la evidencia tampoco es muy alentadora. Los aumentos de felicidad que declaran los premiados no suelen mantenerse en el tiempo y, curiosamente, se reducen las probabilidades de que las mujeres solteras se casen.

Más allá de nuestro ritmo de vida, ¿qué cambiará en aquellos territorios donde toque esta Navidad el premio gordo? Los economistas Manuel Bagüés y Berta Esteve-Volart han estudiado qué sucede en aquellas provincias donde ha caído el gordo, que representa aproximadamente un 3% de su PIB. De nuevo, la compra de coches aumenta (alrededor del 5%), pero también afecta a los resultados electorales. Los votos al partido que gobierna, sea cual sea su color político, aumentan por encima de lo previsto en las siguientes elecciones generales, como una especie de agradecimiento o benevolencia hacia nuestros dirigentes políticos.

Al fin y al cabo, y pese a que matemáticos y economistas insistimos que jugar a la lotería de Navidad no es racional, es evidente que los que ganan no son sólo aquellos que compran un número premiado. Quizás es un "impuesto a la estupidez", o a la irracionalidad, pero es una parte importante de los fondos públicos. Y, dependiendo de cómo terminen las negociaciones políticas, tanto en la Moncloa como el Palau de la Generalitat deben de estar deseando que, este año sí, el gordo caiga aquí.