Verano en la ciudad

El mundo se ha congelado ¡a cuarenta grados! y yo, en cambio, estoy vivo

Hay libros que revisito todos los años. Uno es 'Cuentos romanos', de Alberto Moravia. Lo retomo todos los veranos. Es un conjunto de relatos fascinantes sobre personajes inolvidables que suceden en la ciudad de Roma. Muchos de los relatos describen la capital italiana en el mes de agosto. La ciudad vacía, las calles abrasadoras, invasores alienígenas llamados turistas reemplazan a la población autóctona, que se halla de vacaciones. No se pierdan este libro, si no lo han leído.

A mí me fascinan las ciudades en verano.

Este año, por motivos profesionales, voy a tener que pasar casi todo el mes de agosto en Barcelona. Para muchos es una desgracia. Yo, en cambio, pertenezco a quienes les encanta la gran ciudad en agosto. Me invade una sensación muy curiosa. Me siento rejuvenecer. Recorro la ciudad en bicicleta o en moto, por la noche, sin tráfico, en mangas de camisa, y me siento como cuando era un chaval. La ciudad desierta me produce también una curiosa sensación: ganas de emprender. Los comercios cerrados, la actividad económica detenida los vivo como una oportunidad. Una especie de borrón y cuenta nueva. El mundo se ha congelado ¡a cuarenta grados! y yo, en cambio, estoy vivo. Se me ocurren mil ideas, mil negocios, iniciativas, argumentos de libros y de guiones. Las ideas me atropellan. La sensación es: hay tiempo, tengo tiempo para todos aquellos proyectos e ilusiones que esperan su 'slot', como los aviones.

Lo peor de un verano en Barcelona no es el propio verano. Lo peor será comprobar en los últimos días de agosto que la gente va regresando y la ciudad se va poniendo en marcha. Será entonces cuando me sienta mal, invadido y decepcionado. Porque me daré cuenta de que todo fue efímero, que la vida se impone. Curiosamente, será lo mismo que sentirán los que regresan y que de nuevo bajo la rutina, nostálgicos, se pregunten si su paréntesis en lugares remotos fue un sueño.

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