Autocensura y osos demasiado amorosos

La crisis económica y la cuestión catalana han aumentado la presión sobre los creadores

GABI MARTÍNEZ
GABI MARTÍNEZ

Hace tres lustros, cuando algunos repetían que España iba bien, dije en un foro literario que observaba cada vez más autocensura al escribir, y uno de mis colegas respondió efervescente que de eso nada. Yo venía de encajar una buena tunda en Canarias a causa de un libro de viajes en el que, entre otras cosas, señalaba el peligro de construir hoteles y apartamentos cerca del mar en zonas sísmicamente activas. Los periodistas, el gremio de hostelería, la “opinión pública” -representada por numerosas cartas de los lectores- y los políticos, en este orden, participaron de un genuino vapuleo pretwitter que animó al Cabildo canario a pedir la retirada del libro de las estanterías. Mi editorial del momento respondió con dignidad y el libro siguió a la venta pero la experiencia me enseñó un par de cosas sobre los límites de la libertad de expresión en España.

También era la época en la que varios jóvenes escritores proclamaron su renuncia al realismo saturados, decían, de periodismo y política mientras, por otro lado, el género negro -el mismo que triunfó durante el macarthysmo estadounidense, en la Cuba de Castro o en Rusia- despegaba aquí a todo trapo, empezando por Barcelona. Indicadores ambos de que los autores maniobraban para, como mínimo, evitarse problemas. Pero cuando alguien insinuaba la palabra autocensura -y ya no digamos censura- muchos de los posibles implicados respondían que de eso nada.

Ha pasado el tiempo, y la crisis económica y la cuestión catalana han aumentado la presión sobre unos creadores que, históricamente, han sido claves para armar el relato de su época. Los artistas forman parte de la calle, y la cuentan. A menudo, sus obras son el filtro que ayuda a articular plásticamente un discurso común, si bien desde el pasado 1-O ha sido fácil preguntarse dónde estaba el arte. Dónde el artista. Por un lado, un año es poco tiempo para crear según qué. Por otro, la tensión ha condicionado muchas acciones.

De ahí que, entre todos los debates planteados, llame la atención la ausencia de uno que se diría decisivo para evaluar la salud social: ¿cuáles son las consecuencias de todo esto en el arte? ¿Qué tipo de obras se están creando? ¿Qué cuentan? ¿De qué manera?  

Cuando tanto se habla de cultura, casi acotando ese concepto a la lengua, cabría ampliar la perspectiva y enfocar a la obra de la gente que está destilando la atmósfera de un modo que la compromete de manera muy directa. Jugarse el crédito y el dinero sin escudos y en solitario, tratar de mantener la independencia evitando el temible abrazo del oso de los partidos políticos (y otras encarnaciones del poder) y cuajar libros, cuadros, canciones, esculturas, películas, representaciones estupendas que puedan no colmar ideológicamente a nadie tiene el mérito del pensamiento (más o menos) libre. Que esas obras proliferen es a lo que cualquier sociedad sana debería aspirar. Así que, hablemos de arte.

En tiempos revueltos, combinar elegancia, humor y látigo es una estimulante rareza y, a la vez, una buena forma de abrirse hueco entre el jaleo. Llama la atención que las tres cualidades coincidan en una novela y un libro de fotografías publicados recientemente, y que ambos los protagonice el ex rey.

En El asesino tímido, Clara Usón ha articulado una ficción especulativa basada en hechos de lo más reales sobre hasta qué punto Juan Carlos, que en edad adulta ya se zafó de ser juzgado por haber matado a su hermano menor gracias a un pacto entre dictadores (Franco y Salazar), pudo también estar implicado en el “suicidio” de la jovencísima y prometedora actriz Sandra Mozarovski, quien, según los rumores mejor fundados de la época, fue una de sus amantes.

Usón combina humor inglés con retranca española y penetración psicológica chejoviana para firmar una de las novelas más excéntricas y fascinantes del paisaje literario actual, tan moderna como perdurable, cuestionando la decencia de Juan Carlos (y compañía) desde mucho más allá de la caza de elefantes o las corruptelas económicas.

My kingdom es la memorable aportación del indomable fotógrafo Txema Salvans, que contrapone extractos de discursos regios a imágenes en blanco y negro de la España ultrarreal de las fábricas a pie de río, los apartahoteles y los inmuebles apiñados que millones de individuos han interiorizado como parte de su normalidad. El simple contraste de palabras e imágenes resumen la rimbombancia, la falsedad y la lejanía que existe entre aquel Lector de Discursos y la mayoría de los demás. Y, claro, hace pensar en cómo se comporta su hijo cuando alguien discrepa con él.

Salvans y Usón forman parte de esa clase de artistas que en su día domaron la autocensura y, cuando ven a un oso abrir los brazos, aún son capaces de decir: No, gracias.

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