Un murciélago cambia el orden mundial

Hasta 2019 las advertencias quedaban difuminadas por una especie de lejanía, ahora ya no

Una mujer con mascarilla, en Pequín, el 18 de marzo de 2020. / WU HONG / EFE

Cuando la cocinera metió la misma cuchara en la boca de al menos cinco viajeros, ya sabíamos que el coronavirus se propagaba vertiginoso en España. Estábamos en un restaurante de Fez cumpliendo el rito de probar platos antes de decidir cuál queríamos pero no recuerdo ningún sabor, solo el vaivén de la cuchara y el pensamiento de que en Marruecos no se habían registrado casos. También me pregunté por la salud de mis compañeros.

Luego, tres almerienses fueron a un hammam mientras yo rondaba la medina apretando manos desconocidas y compraba un frasquito de aceite de argan exprimido después de que el vendedor empuñara un montón de semillas y las volcara en la prensadora. A media tarde, las noticias alertaban sobre la escalada del número de infectados en España, donde ya había gente confinada y se programaban eventos deportivos sin público. En Fez, una agradable brisa atenuaba el sol africano. Se estaba bien en aquel enclave que algunos consideran tercermundista, esquivando burros por calles angostas, aspirando el olor de las pieles sin curtir amontonadas, observando cómo pasaban los panes, los dulces, los cigarros de uno en uno y de mano en mano, sin envolver. Era un ajetreo no muy pulcro que sin embargo me pareció más seguro de lo habitual.

Pocas horas después, Italia, el país europeo con más contagios, cancelaba vuelos y otros transportes al exterior. Fue automático preguntarse cuánto tardaría en ocurrir lo mismo en España.

La crisis ya golpea virulenta a nuestro lujoso primer mundo, que desde hace algún tiempo recibe serias advertencias sobre la que se le viene encima pero siempre encuentra una excusa para relativizar los estragos y demorar la reacción. Ahora, por ejemplo, se pretende culpar al murciélago que supuestamente transmitió el virus a un humano en Wuhan. Acusar al murciélago permite aparcar temas como la superpoblación, el abuso del comercio con animales o la necesidad de ser globalmente cuidadosos y conscientes de que vivimos en una aldea tan global que lo que ocurre en un mercado chino se puede acabar colando por la puerta de tu casa y reventar tu realidad.

Hasta 2019, las advertencias quedaban difuminadas por una especie de lejanía pero, en pocos meses, los nuevos peligros se han manifestado a domicilio con la potencia que algunos previeron. A la explosión de una central petroquímica en Tarragona le ha seguido una insólita tormenta que ha matado a trece personas y engullido varios kilómetros del delta del Ebro. Esto, ha permitido solidarizarse de un modo más sincero con los australianos que pocas semanas antes habían sufrido los incendios más arrasadores que se recuerdan. Y ahí es donde algunos catalanes han percibido que aquellos desastres en las antípodas podrían estar realmente vinculados a los suyos, incluido otro azote ocurrido en septiembre, cuando España recibió el primer ciclón mediterráneo de su historia mientras, ahora mismo, un nuevo y contagioso coronavirus se extiende por el mundo con la potencia de una de esas plagas que se daban por extinguidas.

Epidemias planetarias, explosiones de centrales químicas, incendios que no dejan ver el sol durante días y un mediterráneo sacudido por devastadoras tormentas y ciclones. En poco más de seis meses. Con un invierno que registra temperaturas estivales. Todo parece razonablemente vinculado a los desmanes que la humanidad comete hace tiempo, y aunque es cierto que las plagas siempre existieron, también lo es que nunca volaron tan rápido y lejos. Por eso, en lugar de acusarlo, estaría bien escuchar el mandato que hoy nos impone el murciélago oriental: baja el ritmo.

Desde que la humanidad se ha ralentizado, no hay nubes de polución en metrópolis. "Creo que mi principal estrategia era retrasar las cosas -dice el pescador Bjornar Nicolaisen, que lideró un exitoso movimiento para detener extracciones petrolíferas en Noruega-. El tiempo iba a favor de la resistencia y de la gente". Baja el ritmo.

Justo antes de abandonar Fez supimos que una marroquí de 89 años proviniente de Italia era la primera víctima por coronavirus en el país. Había otro infectado, también llegado de Italia, y un francés en Marrakech. Por primera vez en mi vida, contemplé Europa realmente desde fuera, como una auténtica zona de riesgo, infectada, a la que no convenía volver. Me impresionó el cambio de orden, ocurrido en un tiempo ínfimo.

Y una simbólica curiosidad. Cuando Marruecos cerró sus fronteras con España, de golpe recordé que al país había viajado con una asociación cultural cuyo nombre es metáfora y aviso: Ull per Ull.

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