CRISIS MIGRATORIA

Geopolítica de los náufragos en el Mediterráneo

Las guerras de Siria, Afganistán o Libia y su gestión pasan factura en el Mediterráneo

Pido a los lectores que dejen por unos momentos las indignaciones, la compasión, los sentimientos, el prójimo y el humanitarismo, siempre imprescindibles, para acompañarme a entender lo que ha pasado estos días en el Mediterráneo central, con un barco lleno de náufragos que nadie quería acoger en puerto seguro. Este mar siempre ha sido un lugar para pasar de África a Europa, y  a principios de los años noventa ya existían muchas personas de Marruecos que cruzaban el Estrecho en patera: un momento crítico en 2006, cuando casi 40.000 personas llegaron a las costas andaluzas. Esta cifra se fue reduciendo muy progresivamente hasta el 2016, ya que el rey de Marruecos se sirve de este fenómeno migratorio para sus intereses. Si quiere, cierra el grifo, y si quiere, lo abre, tanto para permitir la salida de pateras como para salvar o no a los náufragos. Salvamento Marítimo ha tenido que hacer muchas veces el trabajo que no ha querido hacer Marruecos en sus aguas.

En el Mediterráneo hay tres rutas, condicionadas por la geografía y con usuarios de procedencia diferente

Pero la guerra de Siria y de Libia, así como la de Afganistán y otros conflictos africanos alteraron radicalmente esta práctica de cruzar el Mediterráneo. En 2015, más de un millón de personas utilizaron alguna de las tres rutas que hay en este mar, condicionadas por la pura geografía y con usuarios de procedencia diferente: la del este, para llegar a Grecia, con gente procedente de las guerras de oriente; la central, para ir a Italia o Malta, la más peligrosa y mortal, que sale de Libia; y la del oeste, para llegar a España, procedente de Marruecos, con gente magrebí y de África Occidental. En ese año, como que la gente huía de manera masiva de Siria y también de Afganistán, el 84% de este millón de personas fueron a Grecia (recuerde el drama de la isla de Lesbos), un país con una grave crisis económica y que no daba a su alcance; 153.000 (15%) en Italia, y sólo 3.845 (3%) en España. Fue también cuando muchos países europeos empezaron a cerrar fronteras y, incluso, persiguieron a los refugiados como auténticos criminales, en un episodio que acentuó el fin de la tradicional acogida europea con la gente perseguida. Un gravísimo olvido de nuestra propia historia.

En 2016 las cosas empezaron a cambiar. Las rutas mediterráneas se reducen a un tercio con respecto a personas migrantes (363.000). La Unión Europea hizo uso del talonario y concedió 3.000 millones de euros en Turquía para que se quedara los refugiados sirios, acuerdo que ahora se está rompiendo por causas también geopolíticas vinculadas a otros temas. Todo influye. Se redujo sustancialmente la llegada de barcas a Grecia, en la ruta del este, pero aumentó la de la ruta central, que sale de Libia y busca a Italia, país que recibió 181.000 personas por mar (hay que añadir los 4.576 muertos en el intento, una cifra brutal), un poco más de los que recibió Grecia, lo que asustó la poderosa y demagógica derecha italiana, que inició una estrategia para frenar, primero, y detener, después, el llegada de los náufragos de origen muy diverso que salían de Libia, paradójicamente un estrecho aliado económico de Italia en la era Gadafi, un país que entró en guerra en 2011, cuando en él vivían 2,5 millones de extranjeros.

A finales del 2018, en Libia había todavía una bolsa de 664.000 migrantes indocumentados procedentes de 44 países, casi todos africanos y especialmente del África subsahariana, que vivían en condiciones más que lamentables y medio encarcelados. Como la guerra aún continúa (el general Haft ya casi controla todo el país, incluido el petróleo, aspecto nada favorable para Italia), toda esta gente quiere huir de aquel infierno y de las bombas, pero cada vez lo tiene más difícil, como explicaré luego. A esto hay que añadir la existencia de muchas mafias que llevan a los futuros náufragos hasta Libia, además de las que se dedican a ponerlos en barcas pequeñas y con poco combustible para que vayan pronto a la deriva cerca de la costa, sabiendo que los barcos de rescate de organizaciones no gubernamentales los irán a buscar, en una especie de servicio postventa no exento de polémica por su complicidad indirecta.

Este reto político, que España debe intentar trasladar al resto de socios europeos, se presenta en un momento en que en el Estado se han multiplicado las demandas de asilo

En 2017 las cosas evolucionan rápido. La cifra de migrantes por mar se reduce a 168.000, la mitad del año anterior. La ruta de Grecia ya sólo la tomaron el 17%, pero en Italia llega el 70% (119.000 personas, muchos menos que el año anterior), lo que enerva a sus dignatarios y deciden cerrar el grifo definitivamente. España, por primera vez, ve como las cifras se le disparan, ya que de los 8.162 del 2016 pasó a 20.000 personas, casi el 20% de todo el Mediterráneo. La ruta del oeste, por lo tanto, cobra fuerza. En 2018 continúan disminuyendo las salidas mediterráneas (113.000), y la novedad es que España pasa a ser el principal receptor (56.480, el 50%), con un cierto estancamiento en la ruta de Grecia y una enorme reducción de la central, la italiana, que con 23.126 personas, el 20% del total, muestra el éxito de la política de tolerancia cero de Salvini. El líder italiano pierde la vergüenza y dice que los náufragos se vayan todos hacia España, por si no tuviera ya suficiente con su ruta natural, la del oeste, y visto el entusiasmo que muestran algunas autoridades locales para acogerlos. Y es así que llegamos al punto actual. Entre enero y el 10 de julio de este año, del Mediterráneo han salido 31.649 personas, dieciséis veces menos que hace cuatro años, dado que las cifras absolutas van disminuyendo cada año. De éstas, el 46% han ido a Grecia, el 34,8% en España (11.016 personas) y sólo el 10% en Italia. Aunque las cifras son más pequeñas que nunca, el drama continúa.

La conclusión de todos estos datos que me he visto obligado a explicar es que se ha cortado la ruta central que va de Libia a Italia, contraviniendo las leyes del mar de socorrer a los náufragos y llevarlos al puerto más cercano. Salvini juega a ser el listo de la clase, el chulo que se permite rechazar a los náufragos y los invita a ser recibidos por el tonto de la clase, el gobierno de España, que se ve obligado a convencer a los socios de la UE para redistribuirlos entre varios países solidarios, a menos que acepte convertirse en un apéndice territorial de Italia, por lo que sus puertos pasen a ser hispanoitalianos. Este reto político, que España debe intentar trasladar al resto de socios europeos, ocurre en un momento en que en el Estado se han multiplicado las demandas de asilo, que han pasado de 5.952 en 2014 a 54.050 en 2018 y 55.498 entre enero y junio de 2019, por lo que es posible que lleguen a 100.000 a finales de año. La curva es exponencial, y en sentido contrario al conjunto de la UE, que va a la baja. La administración tampoco está preparada para ello, por pura desidia histórica en la tramitación de los asuntos de extranjería. La mayoría no vienen de países en guerra, sino con graves crisis sociales, políticas y económicas, y no falta el factor del cierre de las rutas habituales de fuga de Centroamérica hacia los Estados Unidos, un tema para tratar en otra ocasión. En cualquier caso, y para finalizar, creo que no podemos entender lo que pasa si no tenemos una mirada global de lo que ha ocurrido en los últimos años, de cómo actúan los demás, tanto el conjunto de Europa como en especial Italia y Grecia. 

Tampoco podemos dejar de lado, evidentemente, lo que hacemos o dejamos de hacer respecto a los países de origen de los náufragos y sus crisis, un tema demasiado largo para explicarlo en un artículo pero vital para entender lo que está pasando en el últimos años. Las guerras de Siria, Afganistán o Libia, así como su gestión, acaban pasando factura en el Mediterráneo. Es evidente que gobernar un país no es lo mismo que dirigir ONGs solidarias, pero tanto unos como otros deberían procurar no formar parte de correas de transmisión de dinámicas perversas que pueden agravar las cosas. Si no hay una mirada global, las decisiones serán equivocadas y no se hará nada sobre las raíz del problema y sus detonantes: si esto pasa nos volveremos a encontrar con problemas similares en breve.

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