¿Inglaterra es ya un mito?

El último artículo de ‘Gaziel’ publicado en La Vanguardia (3-VII-1936)

AGUSTÍ CALVET, ‘GAZIEL’ 1936

Este es el último artículo de ‘Gaziel’ (Sant Feliu de Guíxols, 1887 - Barcelona, 1964) publicado en La Vanguardia (3-VII-1936) antes de verse obligado a dejar la dirección del diario y salir hacia el extranjero por el estallido de la revuelta militar y la revolución anarquista. La posición del Reino Unido respecto a Europa ya inquietaba los observadores, en plena eclosión fascista.

Los europeos de hoy debimos aprender muchas cosas, desde nuestra infancia, trabajosamente; pero que el poder de Inglaterra era incomparable, eso no tuvimos que aprenderlo, jamás: cuando vinimos al mundo ya llevábamos dentro esa noción política fundamental, como los animales llevan misteriosamente su instinto. Alguna vez, de tarde en tarde, alguien, civilizado o salvaje, ponía en duda ese principio incontrovertible. Pero Inglaterra, sin el menor esfuerzo, salía a demostrarlo con tal prontitud y de manera tan concluyente y rotunda, que el mundo entero, y en especial Europa, volvía a caer inmediatamente en el sosiego axiomático de su convicción absoluta. Así se explica, por ejemplo, el inverosímil caso de Gibraltar, la naturalidad con que los españoles llevamos clavada esa espina en el flanco, sin que nos produzca ni el más leve escozor, a nosotros, a quienes, sin embargo, suele molestarnos incluso la propia sombra. Pero, durante la Guerra mundial, entre 1914 y 1918, comenzaron a observar los europeos cosas muy extrañas. Convencidos de la incontrastable potencia británica, tuvimos que pararnos a reflexionar varias veces, como el hombre a quien no le salen las cuentas, ante episodios extravagantes por lo inexplicables. La batalla de Jutlandia, por ejemplo, no llegó a convencernos: nos hizo, honradamente, la impresión de que la escuadra inglesa, la reina de los mares, lo pasó bastante mal. Desde luego, no estuvo, ni de mucho, a la altura de su fama. Pero, en fin: los buques alemanes habían acabado por abandonar el campo marino, en el Mar del Norte, escurriéndose entre las sombras vespertinas, y ya no volvieron a cruzarlo hasta el momento de ir a entregarse vergonzosamente al vencedor. No nos quedamos satisfechos, ni siquiera convencidos; pero continuamos creyendo en el poder de Inglaterra […] Hoy, veinte años después, volvemos a estar desconcertados. La Guerra mundial nos dio la impresión, tal vez inconfesada, pero inolvidable, de que el poder guerrero de Inglaterra era muy flojo. Y ahora ocurren tales cosas, que esa impresión reveladora se ensancha inesperadamente hacia la propia capacidad política de los ingleses. […] Mussolini se nos aparece como un osado que, ante una multitud encogida y resignada a los pies de un ídolo secularmente temible, le levanta a éste con descaro la túnica de oro y pone en evidencia el carcomido armatoste de su vaciedad interior. ¿Aquella escuadra que hacía temblar al mundo? Nada: no puede imponerse ni en el Mediterráneo. ¿Aquella palabra imperturbable? Hoy dice esto, y se desdice mañana, para decir lo contrario. ¿Aquella autoridad, que manejaba a las naciones como piezas de un vasto ajedrez imperial? Nadie la acata, pues ni siquiera ha servido para decidir que algunas potencias contrariasen de verdad al dictador de Italia. ¿Qué es, pues, hoy Inglaterra? ¿Es todavía una fuerza real? ¿O es ya un mito? […].

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