RADIOGRAFÍA ECONÓMICA AL ESTADO DE LAS AUTONOMÍAS (1)

El Madrid imperial, a costa de la periferia

La inversión en Madrid ha crecido muy por encima de la población o el peso económico

Cuando se radiografía el estado de las autonomías desde un punto de vista económico, surgen dos conclusiones inmediatas: el crecimiento espectacular de Madrid -a costa de la periferia- y la perversión del modelo de financiación autonómica, que no ha servido para reducir las disparidades regionales. Este artículo comienza una serie de cinco consecutivos, a lo largo de los cuales revisaremos la evolución de las autonomías desde la Transición a partir de un estudio de las fundaciones Josep Irla y Catalunya Europa.

Cuando se dice que España es el país más descentralizado de Europa, basta echar un vistazo al Eurostat (la oficina estadística europea) para comprobar que no es así. Mientras que en Alemania el gobierno federal gestiona los mismos recursos que los lands (los estados), en España el gobierno central gestiona un 25% más que las 17 autonomías juntas. No es cierto, pues, que España sea el país más descentralizado, aunque tampoco es de los más centralizados. Al menos en cuanto a la distribución de los recursos. ¿Y en cuanto a la capacidad para decidir dónde se destinan estos mismos recursos?

El dinero que gestionan las comunidades autónomas tiene casi todo una finalidad predeterminada, dado que deben cubrir los servicios públicos básicos (como la sanidad y la educación), mientras que el Estado dispone de un amplio margen de maniobra para gestionar el suyo. El Estado dispone de mucha más capacidad inversora y de libertad para planificarla y ejecutarla a su arbitrio; dicho de otro modo, para construir un modelo de país u otro. Precisamente, en cuanto al modelo de país, España no pasa el examen de descentralización, como podemos comprobar en el gráfico adjunto. En él vemos cuál ha sido el incremento de infraestructuras, población y peso económico de las diferentes zonas de España entre 1980 y 2016.

Para visualizarlo mejor hemos agrupado las 17 comunidades en cuatro áreas geográficas: la cornisa cantábrica (con Cantabria, Asturias y Galicia); los Pirineos (incluyendo a Euskadi, Navarra, La Rioja, Aragón y Cataluña); el Mediterráneo y las islas (con Baleares, País Valenciano, Murcia, Andalucía y Canarias), y la corona central (con las dos Castillas y Extremadura).

España es parecida a los imperios de antaño, edificados alrededor de una metrópoli que crecía más cuanto más territorio abarcaba

No hay grandes diferencias entre la evolución de estas cuatro zonas. Pero hay una quinta zona, la Comunidad de Madrid, donde los resultados son radicalmente diferentes.

La acumulación de inversión pública en la Comunidad de Madrid es tan colosal que parece que el Estado, una vez ‘liberado’ de tener que proveer servicios a los ciudadanos -ya que ahora son las comunidades las que se encargan de ello- y ‘liberado’ también de cuidar el territorio -igualmente en manos de las comunidades-, decidió aprovechar el estado de las autonomías para perseguir un sueño imperial que, paradójicamente, ha resultado mucho más centralizado de lo que lo había estado nunca antes. Madrid es ahora el ‘kilómetro cero’ de todas las infraestructuras y la sede de todas las grandes empresas públicas y de la mayoría de las privadas. En concreto, hoy Madrid es sede de 200 de las 250 empresas más grandes, cuando en 1980 sólo 50 tenían su sede en Madrid, y las otras 200, en el resto del territorio, principalmente en Cataluña.

Y esto no ha afectado sólo ni tampoco especialmente a Cataluña, que ha resistido bastante bien el embate y durante todo este tiempo ha mantenido su peso económico en torno al 19% del PIB estatal. En realidad, cuanto más cercana y amiga de Madrid es o ha sido una autonomía, más fuertemente ha sufrido el efecto ‘agujero negro’ de la capital. Sólo la zona mediterránea ha visto crecer su población, en este caso atraída directamente por un sol más fuerte que el del Estado: el del astro solar en sí mismo y el de la actividad económica que permite una época de turismo mundial creciente. Aún así, el peso económico de esta zona mediterránea ha aumentado mucho menos que su población, porque las actividades turísticas atraídas tienen menos valor añadido. Y tampoco la inversión pública ha aumentando tanto como su población. En Madrid, en cambio, el aumento de infraestructuras ha triplicado el de la población.

En un estado moderno que pretenda la prosperidad e igualdad de su ciudadanía, la existencia de un presupuesto centralizado se justifica por la necesidad de realizar gastos e inversiones que beneficien al conjunto y que las partes quizá no harían. Alemania, EEUU e incluso la UE son buenos ejemplos de ello. No lo es, en cambio, España, mucho más parecida a los imperios de antaño, edificados alrededor de una metrópoli que crecía más cuanto más territorio abarcaba. Un modelo anacrónico que por sí solo explica la dramática situación española actual, con una deuda pública y exterior de las más grandes del mundo, un sistema de pensiones amenazado de quiebra, unos índices de paro y de pobreza por las nubes, una enorme desigualdad, una crisis territorial profunda y una calidad institucional que hace que España lidere por debajo de la mayoría de ‘rankings’ internacionales.

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