Cuando Erdogan abre la puerta, los valores europeos salen por la ventana

Ignorar el conflicto en Siria y negar la acogida a los refugiados es demencial y suicida

Un hombre espera cerca del río Evros, cerca de Edirne, en el noroeste de Turquía, para coger un barco para intentar entrar en Grecia cruzando el río. / OZAN KOSE/ AFP
JORDI ARMADANS
JORDI ARMADANS Politólogo, periodista y director de FundiPau

A raíz de la crisis de 2015 y del acuerdo de la UE con Turquía en 2016, dijimos que Europa no podía caer más abajo. Hemos comprobado que sí. Y muy rápidamente.

Son tantos los escalones que hemos descendido en, literalmente, cuatro días que no sé si es posible mencionarlos todos: hemos visto cómo Grecia suspendía el derecho a pedir asilo durante un mes y cómo Hungría, con la excusa del coronavirus, se apuntaba a lo mismo, en este caso de forma indefinida. Hemos visto en la frontera turco-griega cómo se disuadía a los refugiados con gas pimienta y porras. Hemos visto cómo guardas costeros griegos asediaban y disparaban a fin de evitar que embarcaciones llenas pudieran llegar a buen puerto (la lamentable sentencia del TEDH no ha sido en vano). Hemos visto a un niño de una embarcación morir en un naufragio producido por el acoso. Hemos visto a personas que, tras muchas fatigas y angustias, llegan a la playa y tienen que aguantar insultos y vejaciones. Hemos visto a fascistas y racistas dedicarse a la caza de refugiados (y también de activistas y periodistas). Hemos visto, en definitiva, a gente que huye del horror primero engañada por falsas promesas de las autoridades turcas (que juegan a presionar a Europa a base de hacer sufrir a gente que no ha parado de sufrir) y luego tratada como una banda de criminales por las fuerzas policiales griegas. Algunos de ellos, a la vista el panorama, han decidido volver a casa. Pero ni siquiera eso pueden hacer, acorralados en la frontera, en tierra de nadie, sin poder entrar en Grecia ni poder transitar por Turquía.

Hemos visto al presidente francés diciendo que hay que garantizar la seguridad. La de las fronteras, claro, no la de los miles de personas que sufren un infierno

Y ante todo esto hemos visto al presidente francés diciendo que hay que garantizar la seguridad. La de las fronteras, claro, no la de los miles de personas que sufren un infierno. Y hemos visto a la presidenta de la Comisión Europea exigiendo enérgicamente... que Turquía cumpla el acuerdo por el que contenía a los refugiados y se los ahorraba a Europa. Prácticamente ninguna autoridad, sin contar los organismos vinculados al refugio de Naciones Unidas, ha recordado cosas como que el derecho de asilo es un derecho humano básico y fundamental o las obligaciones de la Convención del Refugiado.

Una mujer siria en el exilio, Mais Atassi, ha expuesto con cruda precisión la profundidad de la decrepitud europea: un millón de personas huyen de Idlib y quedan atrapadas sin poder ir a ninguna parte y la UE no dice nada. Llegan unos cuantos refugiados a las costas europeas y la UE convoca una reunión de urgencia.

Y es que, Europa, además de una profunda insolidaridad, ha demostrado su enorme fragilidad: Erdogan abre la puerta y todos los valores (supuestamente) europeos salen por la ventana.

Pero los problemas vienen de lejos. Dentro de pocos días se cumplirán 9 años del inicio de la guerra de Siria. Una guerra donde hemos visto de todo: grandes escenas de destrucción y cifras estremecedoras de personas muertas, heridas, desaparecidas, desplazadas y refugiadas. Y una población civil que lleva 9 años sufriendo una gran colección de barbaridades: asesinatos, torturas y bombardeos ejercidos por el régimen, acciones criminales, secuestros y vejaciones por parte de grupos terroristas, desplazamientos forzados sin fin, acosos para impedir el acceso al agua, medicamentos o alimentación, etc. ¿Y qué hemos hecho durante estos 9 años como ciudadanos, sociedad, instituciones, estados, Unión Europea, Naciones Unidas, ante esta orgía de violencia y de atrocidades? Muy poca cosa. Preguntémonos: ¿cómo se pueden sentir las sirias y sirios cuando su dolor se convierte en invisible para el mundo? ¿Y cómo se sienten cuando huyen y son maltratados en Europa?

Cuando dentro de 10 años teoricemos y nos preguntemos por la rabia y la frustración de alguna gente, deberíamos recordar cómo pasamos de todo mientras el odio se incubaba

Tengo la sensación de que no somos conscientes de lo que estamos generando. ¿Creemos que los millones de niños que hoy sufren desprecio, terror y violencia, que ven truncado su futuro, dentro de diez años serán felices y estarán encantados con todo lo que les ha ofrecido el mundo? ¿No pensamos, aunque sea por puro egoísmo, que algunos de ellos no serán capaces de superar esta experiencia tan traumática? ¿No nos damos cuenta de que con nuestra tacañería estamos generando una bola enorme de problemas, tensiones y dificultades que nos impactará mañana y pasado? Cuando dentro de 10 años teoricemos y nos preguntemos por la rabia y la frustración de alguna gente, deberíamos hacer una cosa: observar cómo pasamos de todo mientras el odio se incubaba.

Ignorar el conflicto de Siria (y los de tantos otros lugares) es profundamente irresponsable. Negar la acogida a los refugiados que huyen es profundamente inhumano. Pero hacer ambas cosas es tremendamente demencial. Y suicida. Y es exactamente lo que estamos haciendo. Desde hace tiempo.