Adiós a Cobi

Fue nuestro perro durante 15 años. Se dormía siempre mordiéndose la punta de la lengua. Era rollizo.

Lo encontró mi padre un verano, perdido en un camino de cañas. Solo, asustado, sucio. Lo cogió y lo llevó a casa. Yo y mis hermanos chillamos de alegría cuando lo vimos llegar con ese cachorro, una bolita de pelo que acogía a la convención anual de pulgas y garrapatas. "No tengo comida de perro", dijo mi madre. Y aquel primer día comió las sobras de la comida: un plato de estofado. Nos sentamos a pensar un nombre. Era 1990 y estábamos locos por la película de Tim Burton, Batman. Pero sólo se llamó Batman por una hora. Mamá se quejaba porque no lo sabía pronunciar, y es cierto, lo llamaba 'Bamtan'. Así que lo bautizó de nuevo: Cobi. Maldita fiebre preolímpica.

Fue nuestro perro durante 15 años. Dormía siempre mordiéndose la punta de la lengua. Tenía el cuerpo rollizo. Las patas de atrás bastante más largas que las de delante. Si se lo pedías, te llevaba el balón. Nunca dio la pata, ni se sentaba cuando se lo ordenábamos. Comía primero la carne y luego el pienso. Destrozó mi Barbie favorita. Y dos sillas del comedor. Cuando estaba dormido, me encantaba acercarme y olerlo: olía a tierra húmeda. Era una fragancia dulce, con un punto picante. Mamá  decía que era "olor a perro". A mí, en cambio, me reconfortaba.

En estos 15 años sufrió epilepsia, reuma y cáncer de hígado. Teníamos que llevar siempre encima un pastillero lleno hasta arriba, tanto si íbamos a dar una vuelta por el parque como si hacíamos la Ruta del Bakalao. Para sorpresa de todos, ninguna de estas enfermedades lo mató. Murió el verano de 2005; un golpe de calor le provocó una embolia.

Recuerdo a papá cogiéndolo suavemente para llevarlo al veterinario.Lo teníamos que sacrificar. Todos llorábamos. Lo abracé y sentí por última vez su olor. Olía a tierra húmeda. A compañía. A incondicionalidad. A juego. A calidez. A lugar conocido. Olía a buenos recuerdos.

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