Una plaza cualquiera

Las reglas

La encontré sangrando en el suelo, en medio de una plaza cualquiera, en la noche de Reyes

Una plaza cualquiera / GETTY

Por fin me ha venido la regla. Ha tardado un poco más de la cuenta desde que la encontré sangrando en el suelo, en medio de una plaza cualquiera, la noche de Reyes. Me duele y me genera ansiedad. Como siempre. O igual es otro mes de esos, un poco más descontrolado. Serán los nervios. 

La regla. Eso dijeron ellos. Igual estaba borracha, quería mear, se cayó... ¿Y eso? Sería la regla. Ellos no fueron capaces ni de imaginarlo, ni de pronunciarlo. La miraban sin pena ni vergüenza. Me miraban a mí, mientras me agachaba a comprobar que allí estaba la sangre, entre sus piernas. A menos de diez grados, los pantalones bajados, inconsciente en el suelo y sangrando. 

Pero sería la regla. "Llamad a una ambulancia, ahora mismo", les dije a los tres mientras la tapaba con mi bufanda. A los tres hombres, dos de ellos compañeros, que nos miraban a nosotras sin moverse. No reaccionaba. Busqué su nombre en su cartera. Lo pronuncié tantas veces como pude sin gritar, como si intentara despertar a mi hermana. Como si fuera mi sangre. 

Serían las reglas que les permiten ni imaginar que alguien inconsciente, sangrando por la vagina en el suelo la noche de Reyes ha sido violada

La ambulancia también era de ellos. Dos hombres más que consiguieron despertarla, pero que la distancia también separó cuando ella escogió mi brazo para levantarse y mi hombro para llorar. Cuando abracé a mi hermana y ella se apoyó en mí sin mirarles mientras le preguntaban qué había pasado. En el suelo ni siquiera miraron su sangre. La nuestra. 

"La próxima vez no abras su bolso. No cojas sus cosas. Sabemos que lo has hecho por su bien, pero mañana podría reclamarte cualquier cosa", responde uno de ellos a mi intento estúpido de no sentirme sola: "¿Esto tiene pinta de...?". Ellos se fueron con ella pero sin mí, ni mi número. Sin que nadie pudiera ayudarle a probar lo que había pasado. Sin que hubiera llegado la policía. Yo misma tuve que llamar a comisaría al cabo de unas horas y preguntar por ella. A mis compañeros tampoco se les ocurrió y yo no podía pensar en otra cosa.  

Pero en sus mentes sería la regla. O serían las reglas que les permiten ni imaginar que alguien inconsciente, sangrando por la vagina en el suelo la noche de Reyes ha sido violada. Las reglas que la dejaron en mis manos mientras temblaban. Las reglas que permiten que él, que ellos, sigan como siempre, paseando por esa plaza, porque ella no quiso denunciar. Se fue del hospital sola, sin hablar con la policía y sin que yo tuviera manera de encontrarla. 

Por fin me ha venido la regla. Más de un mes después de ver su sangre. Nuestra sangre. Y me duele, me dolerá siempre. Y a ella, ¿hasta cuando le dolerá?

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