La piscina de la ignominia

"Padres y madres habíamos perdido la batalla de los cuerpos normativos: éramos barrigones y blandos"

Era nuestro primer verano como padres y nos estrenábamos en la piscina infantil, aquella versión reducida que suele haber en cualquier instalación municipal junto a la piscina principal. Como están pensadas para los más pequeños, no suelen tener más de 50 centímetros de profundidad, y a los adultos el agua nos cubre hasta las rodillas, la altura justa para ablandar los callos.

Todos juntos parecíamos un muestrario de candidatos descartados de una web de citas

Llevábamos un rato observando como la pequeña chapoteaba y utilizaba el molde de un cangrejo a modo de cáliz para beber aquel caldo de pipís cuando se me ocurrió mirar hacia la otra piscina, la grande. Estaba llena de gente joven y bronceada. Gente con la piel lisa. Gente con abdominales. La piscina infantil, en cambio, la habitábamos padres y madres que habíamos perdido la batalla de los cuerpos normativos: éramos barrigones y blandos (con la llegada de un hijo ya no teníamos tiempo de hacer deporte y nos habíamos engordado porque "no puedo preparar nada, cenamos cualquier cosa"); teníamos ojeras y bolsas bajo los ojos (consecuencia de no dormir una noche seguida desde hacía un año); y lucíamos nuestra piel blanca (cuando eres padre o madre primeriza no te puedes permitir pasar largos ratos tomando el sol, las visitas a la piscina son cortas: o tienes que irte porque ya le toca comer o el niño se ha enfadado porque quiere la pala de otro y tienes que huir porque amenaza con borrarle la cara a arañazos). Todos juntos parecíamos un muestrario de candidatos descartados de una web de citas.

En la otra piscina los jóvenes nadaban, se relajaban y se divertían. Nosotros, en cambio, patrullábamos de pie por si en cualquier momento el flotador de Bob Esponja volcaba y teníamos que correr a rescatar a la niña. Mirábamos con deleite la piscina grande y nuestros yo pasados. Y, en secreto, fantaseábamos desde la envidia con que algún día muchos de los que entonces estaban allí se convertirían en padres y madres y serían ellos los condenados a pasar una temporada en la piscina infantil. Y nosotros volveríamos a ocupar la piscina principal. Pero en ese mismo instante  también me di cuenta de que, cuando esto ocurra, lejos de sonreír, miraré melancólica la piscina infantil pensando que qué pena ya no estar porque la niña se ha hecho mayor.

Més continguts de

El + vist

El + comentat