Los jóvenes se quedan sin futuro laboral

La segunda oleada de la pandemia complica todavía más el horizonte profesional juvenil 

Las salidas profesionales de los jóvenes ya eran difíciles y ahora, fruto de una pandemia que no amaina, son todavía más escasas. Lo son en Catalunya, pero también a nivel mundial. La posibilidad de encontrar trabajo en el extranjero, que se había convertido en una opción para muchos jóvenes catalanes debido a la carencia de perspectivas aquí, también ha disminuido drásticamente. De forma que cada vez hay más que se han convertido en una especie de nuevos ninis, que no estudian (porque en algunos casos ya lo han estudiado todo, grado y máster) y que no trabajan porque no hay manera de encontrar trabajo. La frustración que esto provoca es evidente. En el momento de levantar el vuelo, se les cortan las alas, todas las salidas. No nos tiene que extrañar, pues, el malestar y desencanto de los jóvenes, abocados a depender de la familia y a esperar mejores tiempos.

Los datos son crudos. Según la Encuesta de Población Activa (EPA), uno de cada cuatro jóvenes menores de 30 años (en concreto el 25,3%) está en el paro. Hace un año, el porcentaje ya era alto, pero no tanto: estaba 6 puntos por debajo. La tasa de ocupación juvenil, que en 2019 en Catalunya estaba en el 50,9%, ahora se ha situado en el 43,8%. Los que tienen trabajo tampoco salen de penas: encadenan contratos temporales con salarios bajos. La precariedad es la norma. De hecho, desde que firman su primer contrato hasta que consiguen uno de indefinido, pasan de media 9 años, es decir, toda la juventud. Y esto, claro, para los que en efecto consiguen entrar pronto en el mercado laboral. Pero es que, además, entre los afortunados que sí que han encontrado un primer trabajo, en muchos casos la pandemia también les ha truncado la trayectoria profesional incipiente, aunque sea con la compensación de un ERTE. En este caso, habrán seguido cobrando parte del sueldo, sí, pero con la frustración de un inicio en el mundo laboral interrumpido bruscamente. 

Con todo este panorama, no nos puede extrañar que la media de edad de emancipación de los jóvenes en España y Catalunya se sitúe en los 29,5 años –la de la Unión Europea es de 26,2–, unas cifras que la pandemia todavía podría empeorar. El paro y la precariedad laboral, agravadas por la pandemia y sumadas a los elevados precios de la vivienda, no dejan ninguna otra opción a la mayoría de jóvenes más que quedarse en casa los padres y renunciar, por lo tanto, a una vida autónoma adulta. Es, sin duda, un problema social de grandes dimensiones y de difícil solución a corto plazo. Los jóvenes no habrán sido un colectivo muy castigado directamente por el covid-19, que ha resultado más letal en edades avanzadas, pero sí que habrán sido unas grandes víctimas colaterales de la crisis económica causada por el covid. Sus expectativas laborales, que ya no eran buenas antes de la epidemia, se han complicado todavía más. 

Ante un panorama así, sin embargo, los afectados no se tendrían que resignar solo a esperar tiempos mejores, y los poderes públicos tendrían que concentrar esfuerzos en buscar salidas a un callejón sin salida que está hipotecando la incorporación llena a la sociedad de demasiado talento joven.

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