Mapa de situación

¿Hasta dónde será capaz de resistir el gobierno de izquierdas? No es hora de infantilismos

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1. Coincidencias. En pocos días han sido noticia la decisión del Tribunal Supremo de retirar el tercer grado y otros beneficios penitenciarios a los dirigentes independentistas presos; unas cartas dirigidas a Felipe VI y un manifiesto firmados por militares en la reserva, algunos de ellos de alta graduación, indignados por la deriva de España; y la aprobación de los presupuestos del Estado por una mayoría más amplía que la que otorgó la investidura a Pedro Sánchez y permitió la formación del gobierno de coalición de la izquierda. Si sumamos las reacciones políticas y mediáticas que han acompañado cada uno de estos acontecimientos y las tribulaciones dentro del independentismo catalán, nos da un útil mapa de la situación de la política española. Un poder judicial cada vez más politizado, un gobierno que intenta asumir la ampliación del perímetro de lo posible con manifiestas limitaciones y una derecha en regresión directa hacia el autoritarismo que busca resucitar a los fantasmas del pasado y lucha por hacer imposible que se conjuguen los verbos que tendrían que conducir a un diálogo y a una política sin tabúes.

No hay ninguna duda de que la actitud del Tribunal Supremo respecto a los presos independentistas debe mucho a la decisión de Mariano Rajoy de subrogarles la solución de un problema que no tenía que haber salido nunca del ámbito político. A partir de ese momento la confusión de poderes quedó consagrada y el Supremo se encontró en una situación de primacía por incomparecencia del ejecutivo. Interpretar las decisiones de régimen penitenciario favorables a los condenados casi como un desafío a su sentencia, como ha hecho el Tribunal, es una consecuencia de ello. Ahora, ante un gobierno de izquierdas que ha dado a entender la necesidad de buscar una salida a la vía judicial para poder volver el conflicto a la política, el Tribunal Supremo ha querido hacer de su sentencia bandera imponiendo un extravagante propósito de enmienda a los condenados y apelando a unos hechos probados sobre los cuales la absolución del mayor Trapero confirmó todas las dudas.

El hecho de que la decisión del Supremo coincida con el momento en el que el gobierno de coalición –al cual tantos auguraban un vida corta- se consolida con la aprobación de los presupuestos alivia a aquellos –PP y Vox- que viven en la frustración. Mientras Casado, Abascal y compañía nos regalaban una retahíla de discursos que ni más ni menos situaba a Bildu y Esquerra dominando el ejecutivo y Pablo Iglesias como el superconspirador, el Supremo ponía al gobierno ante la situación de tener que enfrentarse con el poder judicial si quiere hacer gestos efectivos de reconciliación en el conflicto catalán. Como acompañamiento, volvía el ruido de sables, del cual no es fácil predecir una evolución real –¿a quienn representan?- pero que se hace especialmente preocupante cuando Vox los considera de la familia, el PP se muestra comprensivo e Isabel Díaz Ayuso, en vías de convertirse en el Trump español, los hace suyos “porque hay muchos españoles preocupados”. 

2. Fracaso. Cuarenta y dos años después, los partidos políticos parlamentarios españoles son incapaces de renovar y adaptar al presente una Constitución surgida de la peculiar metamorfosis de un régimen dictatorial en un sistema democrático. Este fracaso se explica por una conjunción de poderes que tienen una visión muy estrecha de la democracia (melancolía del bipartidismo corporativista) y se niegan a asumir la complejidad de un estado de naciones con considerable diversidad ideológica y cultural. La constatación de la imposibilidad de reformar la Constitución equivale a reconocer que en todo este largo tiempo la cultura democrática no ha crecido lo bastante para que sea posible renovar el pacto superando los condicionamientos de ese momento fundacional. Y en este sentido no avanzar es retroceder. Con el agravante de que esta evidencia se hace patente en un momento crítico en la historia de las democracias liberales. Hay vientos que vienen de fuera que empujan las pulsiones reaccionarias heredadas del pasado. Tendríamos que estar hablando de un nuevo pacto para dar un impulso democrático a unas instituciones gastadas y, en cambio, tenemos que aguantar la música ensordecedora de los que buscan la confrontación para imponer el autoritarismo posdemocrático. ¿Hasta dónde será capaz de resistir el gobierno de izquierdas? No es hora de infantilismos. Cuidado con los partidarios del cuanto peor, mejor.

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