La España que amo

Ya no oímos la voz de los poetas, sino la de tertulianos que nos enfrentan en lugar de acercarnos

De forma creciente, los referentes culturales de cada generación son no solo diversos sino a menudo divergentes. La explicación es bastante evidente: la avalancha de información y la fascinación por el cambio que caracterizan nuestras sociedades hacen que cada pocos años se renueven las referencias, los símbolos, los iconos, y con ellos las percepciones de las cosas y las emociones que nos inspiran. Lo que fue una verdad, una vivencia, para una generación, a menudo resulta incomprensible o banal para la siguiente. O incluso puede parecerle un despropósito.

Para mi generación, nacida en Cataluña en los años cuarenta, la percepción de España era muy diferente de la que tienen las generaciones que han crecido ya en la etapa democrática. Había una imagen terrible, el franquismo, de donde provenían todos los males. No era una idea abstracta, sino muy concreta: la intolerancia, el desprecio, la prepotencia, el miedo, una religión oscura sembrando pecados, la censura, el hambre, el castellano obligatorio... Y la tristeza. Una tristeza profunda que percibíamos los niños y que, poco a poco, iba tomando forma hasta ser parte de nosotros. La tristeza y la nostalgia por lo que pudo ser y no fue, y la inmensa pena por todos aquellos que lo habían intentado hasta el final y habían sido aniquilados por el fascismo.

Junto a la imagen terrible había otra luminosa, que fue surgiendo a medida que crecimos, que leímos. La España que aprendimos a amar no era la fascista, sino justamente su antagonista, que, desgraciadamente, había sido la de los perdedores. Era la de la fuerza y la revuelta que nos descubrían los poemas de Miguel Hernández, muerto en prisión; era la del lirismo de Lorca, con sus lunas almidonadas y sus negros tricornios, asesinado en el 36; era la de la ternura y la lucidez de Machado, muerto en el exilio; y era la de la gente de la Segunda República, abriendo los caminos de la libertad, del voto para las mujeres, de la educación para todos, de los Estatutos de Autonomía para garantizar una España plural.

La España que aprendimos a amar no era la fascista, sino justamente su antagonista, la de los perdedores

Y, más allá de los poetas y de los políticos, era la España de los humildes, de los que trabajaban de sol a sol, de los que no tenían nada y habían sido capaces de quererlo todo, de luchar por la igualdad, por la cultura, por la dignidad. De los que habían sufrido bajo las bombas de Guernica, o habían sido torturados en las plazas de toros andaluzas, o habían defendido Madrid hasta el final. Estos eran nuestros héroes, nuestros hermanos españoles, junto con los poetas y políticos catalanes y nuestros combatientes y nuestras víctimas. Todos ellos y ellas vencidos, todos ellos y ellas reclamando que no les olvidáramos y siguiéramos el combate por otra Cataluña, por otra España.

La parte de este combate que le tocó a mi generación la hicimos codo a codo con la gente de España, tan herida por el franquismo como nosotros, o quizás incluso más. Juntos nos emocionamos con Raimon y Lluís Llach, con Labordeta y Paco Ibáñez. Y esto creó complicidades y lazos profundos. Evidentemente, el estado de las autonomías se nos quedaba corto, pero en aquellas circunstancias era un gran avance, que lo dejaba todo abierto, esperando tiempos más propicios. Contra lo dicho después, siempre he considerado que aquel invento fue una gran solución, en ese momento, y algún dirigente de los que ahora denostan a Cataluña me ha confesado que fue un milagro para su país, que lograron lo que nunca habían tenido. Para nosotros, el pacto no era lo suficientemente bueno, pero a la vez, por ser común, quedaba relativamente protegido. Probablemente si hubiera sido hecho a nuestra medida los intentos de recorte se habrían producido mucho antes. Tal como fue entonces, todo el mundo ganó, aunque la ganancia quedara por debajo de lo que habíamos querido.

Luego, con la democracia, muchos cambios. Hemos superado aquella pobreza, nos hemos vuelto arrogantes. Allí y aquí. Ya no oímos la voz de los poetas, sino de tertulianos llamativos que nos enfrentan en lugar de acercarnos. Ya no sentimos el clamor por la libertad y la justicia, sino la aspereza del rencor y de la descalificación. El trabajo que secularmente hizo Cataluña, el de acogida de tanta gente, el de tirar hacia la modernidad desde una esquina y sin estado propio, ha dejado de interesarnos, a unos y otros. Nosotros estamos hartos, ellos consideran que ya son modernos. Las generaciones jóvenes, allí y aquí, ya no tienen nada que compartir: han crecido en la competitividad, se emocionan en inglés, sus referentes son otros. La complicidad en el esfuerzo por mejorar el país, para salir de este aliento de caciquismo y costra que sigue empotrado en la tierra, se ha roto. España piensa en Cataluña como la gallina de los huevos de oro; quiere los huevos, pero no le gusta la gallina. Cataluña ve España como un monstruo opresor que le chupa la energía. Ninguna de ellas tiene proyecto para la otra en el momento en que la globalización lo engulle todo.

Sigo amando con mucha pena a la España que no sale adelante, sometida a la prepotencia, la corrupción y la violencia; algunas voces luchan, valientemente, para rehacer puentes: son rápidamente escarnecidas. Hacer frente a la España autoritaria, imaginar un futuro abierto, plural, solidario, parece casi imposible ahora mismo, cuando ya ni siquiera Cataluña está dispuesta a apostar por este futuro fraterno.

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