Aplaudiré a Lulú

Lo que más le importa es que las mujeres que cuida no se contagien, son octogenarias y dependientes

Aplaudiré a Lulú. XAVIER BERTRAL

No hay aplausos para ella cada noche a las 20h horas. No los hay. No necesita los aplausos. Dice que necesita una mascarilla para no contagiar a las personas mayores que cuida a domicilio. Que no está cansada, al contrario, dice que nunca había estado mejor en Cataluña como ahora, que no le importa trabajar los siete días de la semana, sin tener un día para descansar. Dice que no lo resiente porque después de haber vivido varios años sin papeles y trabajando de limpiadora en muchas casas, al fin puede trabajar en lo que a ella le gusta, cuidando ancianos que no se pueden valer por sí mismos. En su natal Bolivia, Lulú, estudió auxiliar de enfermería, pero nunca pudo convalidar su título, así que, esto es lo más cercano a la profesión para la cual estudió. ¿Miedo al coronavirus? ¡Que va! Dice que el miedo era antes, cuando en 2006 llegó a Barcelona desde Bolivia a probar fortuna junto a su esposo y sus dos hijos pequeñitos. Había que salir todos los días a trabajar como ilegal, con el miedo a que le cogiera la policía y se la llevara detenida y la deportaran. Eso sí que era angustioso, ¿Se imagina? Andar con el Jesús en la boca, recuerda. Estar todos los días con la zozobra a que algo pasara y, al final del día, llegar a confinarse a un piso minúsculo que alquilaban en Sant Adrià con otras familias latinoamericanas, donde había que repartir los tiempos para cocinar entre varias familias. Hacer malabares para que le cuidaran a sus hijos mientras ella iba a trabajar. Todo el sacrificio para que después llegara la crisis del 2008, así sin avisar, sin fases de contención y sin manual epidemiológico y cuando el desempleo se propagó con virulencia, entonces su esposo, albañil, se quedó sin empleo y tuvo que regresar junto con sus dos hijos a Bolivia y quedarse ella en Barcelona trabajando de limpiadora interna para ahorrarse el hospedaje y poder enviar su sueldo casi completo a la familia. Estuvo años sin ver a sus hijos. Crecieron sin ella. ¿El asilamiento social? ¿El del protocolo del coronavirus? Uy, no saben lo que es el distanciamiento. Ese, dice, lo sintió duro y correoso, el día que puso a sus hijos en el avión rumbo a Santa Cruz, Bolivia. Lo que más le dolió fue despedirse del niño de 3 años, con tolo lo que necesitaba a su mamá, pero no había de otra dice Lulú, no podía mantenerlos en España y no los volvió a ver hasta pasados tres años. Recuerda bien el momento en que regresó sola a su piso de San Adrià, esa sensación de sentirse confinada en la soledad y el fracaso.

Han pasado doce años, ahora sus hijos son adolescentes y llegaron desde enero a pasar una temporada de vacaciones en Barcelona. Mejor dicho, estaban de vacaciones, pues terminaron encerrados en el piso obedeciendo las órdenes de confinamiento. E irónicamente, esta vez no pueden regresar a Bolivia, pues su país restringió los vuelos que venían de Europa y, aunque los ciudadanos bolivianos pueden retornar, son inciertos los protocolos de salud a los que pueden ser sometidos. Eso no le preocupa, dice Lulú, lo que más le importa es que las mujeres que cuida no se contagien, son octogenarias y dependientes. Lleva días sin regresar a su casa, para no tomar el transporte desde Cornellà hasta Poble Sec y así reducir las probabilidades de contagio, pero tiene que visitar cinco domicilios. Si tan sólo el SAD (Servicio de Atención Domiciliaria) les diera mascarillas, sería un alivio.

— Espere, que le tengo que cambiar el pañal a la yayita y le sigo contando—, me dice mientras espero en la línea.

Lulú continúa, me explica su horario, que a cualquier otra persona le parecería extenuante. Comienza desde las ocho de la mañana hasta la hora de comer, descansa tres horas y luego desde las cinco de la tarde hasta la mañana siguiente. Así todos los días de la semana. No descansa ni en domingo. Tampoco ve mucho a sus hijos, en este periodo que están de visita, pero no puede ausentarse del trabajo, porque además tiene una hipoteca que le ahoga ¿Y sabe qué? No puedo dejarlas, dice Lulú, “porque las yayitas se han encariñado conmigo y yo con ellas”. Les da de comer en la boca, les pone la sonda, las peina, las ayuda a moverse, les da la medicina, se ríen juntas, se cuentan anécdotas, se pasan recetas de cocina, las ducha, las duerme, las arropa. Las protege. Dice, que a veces, tiene la sensación que hasta prefieren estar con ella que con sus familiares.

— Espere, que ya quiere cenar la yayita. Mejor me llama en una hora o ¿sabe qué? Mejor mañana.

Terminamos la llamada, dimensiono mi propio confinamiento que ahora me parece light. Miro la hora, estaré pendiente cuando sean las ocho de la noche, saldré a la terraza y aplaudiré a Lulú.

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