Contra la memoria histriónica

No es el paso de los años lo que hace olvidar sino el restablecimiento de una memoria colectiva

Terminada la Segunda Guerra Mundial, buena parte de los medios de comunicación tanto en Francia como en Alemania se hacen eco del deseo de una parte nada despreciable de la población que exige el olvido de los crímenes cometidos a fin de poder reconstruir una Europa occidental en "paz". Sin embargo, las tres décadas siguientes servirán para restituir la voz de las víctimas. Además de una circulación importante de documentos históricos y de narraciones testimoniales, en este periodo se producen dos juicios fundamentales, los de Nuremberg (1945-46) y el juicio de Adolf Eichmann (1961-62), en el que por primera vez los supervivientes de los campos nazis tienen la palabra.

En los Juicios de Nuremberg, doce de los encausados fueron condenados a la pena de muerte; Hermann Göring se suicidó la noche antes de la ejecución. El destino de los doce cadáveres fue la incineración -bajo nombres falsos- y el esparcimiento de las cenizas probablemente en el río Isar. Negar a los condenados una inscripción funeraria respondió a una doble estrategia: evitar que el lugar de los restos se convirtiera en un espacio memorial nazi y rehuir la controversia en la población. Fue también una de las formas subliminales de castigo que a veces toma la política memorial, para la que los símbolos son de vital importancia.

Es cierto que la memoria pública tradicionalmente expresada a través de monumentos, placas y estatuas no es siempre una memoria justa, si por ello entendemos una memoria que aplaude el valor moral de las personas implicadas y que reprueba a los dirigentes y colaboradores en los crímenes contra la humanidad.

Vivos estamos los descendientes de los represaliados y torturados por el franquismo. Somos muchos cuerpos para un solo cadáver

Cuando, hace poco, un nieto de Franco exclamaba que la aplicación de la ley de la memoria histórica en relación a la reconversión del Valle de los Caídos y el subsiguiente traslado del cadáver del dictador no era más que un acto de "revancha", no entendía que lo que se pide con esta exhumación y traslado no tiene tanto que ver con el cadáver de Franco hombre como con el simbolismo que condensa. Es una demanda que ha llegado muy tarde, lo que demuestra la complejidad que todavía supone hacer frente a la herencia del franquismo. Recordemos que la ley de la memoria histórica se aprobó en el Congreso de Diputados en 2007 bajo el gobierno de Zapatero, quedó prácticamente desactivada durante el mandato de Rajoy y se ha vuelto a activar justo ahora con el gobierno de Pedro Sánchez.

La familia de Franco tiene, efectivamente, mala pieza en el telar: tener que hacer frente a los afectos que genera un familiar muerto, a pesar de ser un criminal, y al mismo tiempo abrirse a la justicia simbólica, no debe ser fácil. Yo diría, en cambio, que están obligados, ética y políticamente. Será necesario que lo tomen como uno de los inconvenientes que a veces conllevan las herencias.

En un estado laico o aconfesional, la responsabilidad a la hora de restituir la memoria de las víctimas recae en actos que por más simbólicos que sean tienen el poder de reconstituir la presencia allí donde hasta ahora sólo había olvido forzado y ausencia. Aquellos que no creemos que los malvados de la historia se pasarán la eternidad hirviendo en las calderas de Pere Botero lo sabemos bien: la restitución de la memoria de las víctimas y la limpieza de las maldades ocasionadas hay que hacerlas por la vía del reconocimiento público. No es tanto el paso de los años lo que hace olvidar como el restablecimiento de una memoria colectiva.

Se equivoca Francisco Franco nieto cuando dice que la exhumación del cadáver de su abuelo es un acto vengativo pasados ya tantos años. Su observación ha sido hecha con una lente de poco alcance. Y es que ese mal fue constante y largo, con secuelas en las generaciones posteriores, y también en la política de un país que ha tenido que esperar tanto para volver a la democracia. A las críticas contrarias a la ley memorial se ha sumado también Pedro Rollán, presidente de la Comunidad de Madrid, que dice que quiere centrarse sólo en las necesidades de los vivos. Y vivos estamos, señores, los descendientes de las personas represaliadas, torturadas, encarceladas, detenidas en campos de concentración españoles, exiliadas. Ben vivos y vivas los descendientes de las personas deportadas a campos nazis. Y vivas estamos absolutamente todas las personas que vivieron o que somos descendientes de aquellos que dentro del país estuvieron atenazados por el miedo y el asco. Parece que somos muchos cuerpos para un solo cadáver.

Habrá que ser imaginativo, que los especialistas generen ideas razonables, y quizá también contar con el concurso de la población, sin olvidar los creadores. Hay que reconstruir el Valle y hay que encontrar un lugar para el cadáver de Franco. O quizás habrá que encontrar un no-lugar, un agujero negro.

Y los políticos deberemos exigir que no se tomen la memoria histórica como quien juega a intercambiar cromos, ahora te doy esto si tú me das lo otro. Si lo hacen, estarán demostrando que para ellos, en definitiva, la memorialización es "puro teatro". Y volveremos a estar como siempre, igual.

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