Nuevas decepciones europeístas

La Unión Europea no ha apoyado a Macron, a pesar de que está tan amenazada como Francia

Una foto de Emmanuel Macron quemada durante una protesta en la ciudad palestina de Hebrón. / MUSSA ISSA QAWASMA / REUTERS
FERRAN SÁEZ MATEU
FERRAN SÁEZ MATEU Escriptor i professor a la Universitat Ramon Llull

Como les considero muy informados, no dedicaré el primer párrafo del artículo a resumir los graves actos terroristas que han vivido Francia o Austria hace muy poco, ni tampoco las manifestaciones -como de costumbre, caóticas y delirantes- que se han producido en muchos países de matriz islámica contra la República Francesa y su presidente. Todos sabemos que el blanco de su ira no era Macron, ni tal solo Francia, sino los valores que sostienen y dan sentido a la Unión Europea y, en general, a aquella abstracción que denominamos Occidente. Los enemigos de estos valores se encuentran muy bien repartidos, y hoy ya no están representados solo por las masas que teledirige Erdogan. A pesar de estar ubicada en el mismo corazón de Europa, la Hungría de Viktor Orbán, por ejemplo, se está transformando también en un problema para la viabilidad de la Unión.

Cuando decapitaron al profesor Samuel Paty pensé en el escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942). Pensé porque cada generación alberga la fantasía de un "mundo de ayer" donde, supuestamente, estas cosas no pasaban. Los recuerdos de Zweig en El mundo de ayer, el gran ensayo sobre la locura del siglo XX, resultan casi proféticos, sobre todo cuando hacen referencia a la absurda ilusión de la seguridad y la immutabilitat de las estructuras políticas, sociales y económicas que nos rodean. Zweig, obviamente, habla de la Imperio Austrohúngaro, pero nada nos impide trasladar sus reflexiones a esta confiada Europa que ahora tiembla por tantas razones: la pandemia y la crisis económica que conllevará, el rebrote del terrorismo islamista, las consecuencias reales del Brexit... La lección de Zweig es clara y expeditiva: no hay nada inmutable, no hay nada seguro, todo está sujeto a contingencias inimaginables que pueden precipitarse de una manera inesperada.

Entre la eurocredulidad oficial y el euroescepticismo puramente destructivo hay una zona intermedia que convendría no perder de vista

Esta lección, sin embargo, también es equívoca: puede servir de apoyo al optimismo y al pesimismo simultáneamente. Sea como fuere, parece que vale la pena tomarla en consideración. “A nuestra monarquía austríaca casi milenaria –dice Zweig a comienzos del libro- todo le parecía creado para durar, y el mismo Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad”. He aquí, sin embargo, que la generación de Zweig se dio cuenta repentinamente de la fragilidad de aquella ilusión: en cuestión de semanas, la Viena liberal y cultísima de su juventud se vio degradada a la condición de gris capital administrativa de una región del Reich alemán. De aquel mundo plácido y confiado no quedó ni una brizna, como si todo hubiera sido un sueño.

Corren tiempos en los que el cuestionamiento de la ortopédica Europa de los estados nación está situado casi en el ámbito de la patología mental. El término euroescepticismo (¿por qué no hablar también de eurocredulidad?) se ha convertido en un insulto. Creo, sin embargo, que entre la eurocredulidad oficial –decretada institucionalmente- y el euroescepticismo no propositivo, puramente negativo y destructivo, hay una zona intermedia que convendría no perder de vista. Zweig creía en Europa: no se consideraba austriaco ni judío, sino europeo. Poco antes de suicidarse en Brasil en 1942, también creía firmemente que todas las cosas, incluidas las grandes estructuras políticas, son muy frágiles. Ambas creencias no son incompatibles, sino complementarias. La inacción de la Unión Europea ante las amenazas de boicot de Turquía, por ejemplo, no es un buen presagio. La ausencia de una mínima gestión común de la pandemia, tampoco. Muestran algo peor que una carencia de reflejos políticos: muestran debilidad. A título particular, y jugándosela, Macron ha desafiado a un mundo que nunca, ni una sola vez a lo largo de la historia, ha conseguido articular políticamente un país en forma de democracia plena. Nunca. Ni una sola vez, ni durante un breve periodo de tiempo. La Unión Europea no le ha apoyado, a pesar de que está tan amenazada como Francia. ¿Prudencia, serenidad, moderación, ponderación? No, en absoluto: debilidad, cobardía, apocamiento, abulia.

Con la paradójica excepción de la China, de la peste del 2020 nadie saldrá fortalecido. En el caso de la Unión Europea, la cucaña de los cuartos que se repartirán constituye un remiendo -eso sí, muy goloso- a corto plazo, pero también un inevitable disparo en el pie que, muy probablemente, debilitará la confianza internacional en el euro. Resolver la deuda acumulada con más deuda -encubierta eufemísticamente bajo otros nombres- no cuela en ninguna parte. Quizás la solución sea un desmantelamiento muy lento y controlado de la Unión, a una generación vista. No lo sé, pero cualquier cosa parece preferible al espectáculo obsceno de la decadencia.

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