Encerrados

Salto sobre la mesa de disección y me tumbo sobre ella. Soy uno de ellos. Su cuerpo es mi cuerpo

PAUL B. PRECIADO
PAUL B. PRECIADO

Venecia se ofrece al visitante, desde al menos el siglo XVIII, como la ciudad de la libertad, del placer y del juego. Sin embargo, toda Venecia está dominada por un teatral corte vertical entre la fachada y el patio trasero, entre el escenario y las bambalinas. Es precisamente la imposibilidad de acceder al backyard la que transforma al viajero en turista. Consumidor de la fachada e inagotable público de la escena, el viajero desconoce el funcionamiento de los entramados políticos y económicos de la ciudad. Es por ello que de los cientos de lugares de exposición que actualmente posee la ciudad, el edificio de “Prigioni” es uno de más interesantes. Es allí donde desde el siglo XVI y hasta los años veinte del pasado siglo se encerraba a aquellos que la ciudad o el estado consideraban criminales. El desplazamiento de las prisiones al extrarradio urbano y la transformación de las instituciones disciplinarias en enclaves de la industria turística (dos procesos típicos del capitalismo cognitivo) propició la afortunada asignación de parte del edificio de las prisiones al pabellón de Taiwan. Es allí donde expondrá, a partir de mayo de 2019, la artista Shu Lea Cheang.

Una guía nos acompaña por el recinto del psiquiátrico y nos muestra una sala de anatomía donde se guardan los cráneos y los cerebros plastificados de los enfermos que murieron en el psiquiátrico

Seguimos el rastro de los encerrados. La arquitectura del Palazzo Ducale, el edificio más emblemático de Venecia, situado en la plaza San Marcos, permite entender la estructura del poder de la que fue una ciudad-estado hasta la conquista de Napoleón. Mientras que las habitaciones exteriores del edificio, pero también aquellas que miran a la plaza interior, son lujosos salones suntuosamente decorados y salas de reunión de magistrados, gobernantes y jueces, esos mismos salones conectan a través de puertas traseras, disimuladas como si se tratara de simples armarios, con la más terrorífica de las prisiones que el visitante pueda imaginar, los Piombi, así llamados porque el techo y las paredes estaban recubiertos de plomo. El corazón del palacio no es otra cosa que una cárcel hecha de salas de interrogatorio y tortura y de “celdas oscuras”: cubículos de piedra, húmedos y sin luz, de los que el encerrado tenía pocas posibilidades de salir con vida o con conciencia. La prisión, dedicada sobre todo a presos políticos, es famosa hoy por ser el lugar del que se fugó el ágil Giacomo Casanova en 1756 después de haber encerrado, como tantos otros, sin saber exactamente de qué se le acusaba y cuál sería su condena. La prisión del Palacio conecta, a partir del siglo XVI, con el nuevo edificio de prisiones, por el puente de los suspiros. Lo que el turista imagina como románticos gemidos de amor no eran sino los gritos de los condenados. En el corazón de cada estado hay una prisión invisible cuyo latido silencioso nos recuerda que no hay poder sin ejercicio de violencia.

Seguimos el rastro de los encerrados. Así es como llegamos, cruzando en un barco desde San Marco, hasta la isla de San Servolo. Desde el siglo XVIII, la isla entera fue transformada en un hospital psiquiátrico donde eran encerrados, en condiciones no muy distintas de las de los Piombi, “los otros venecianos.” No había para ellos ni sexo, ni juego, ni carnaval. Después de que la Ley Basaglia promulgara en 1978 el cierre de los psiquiátricos-prisión, el complejo de San Servolo fue acondicionado y transformado en museo, en centro cultural, en sala de exposiciones y de congresos.

Una guía nos acompaña por el recinto del psiquiátrico y nos muestra una sala de anatomía donde se guardan los cráneos y los cerebros plastificados de los enfermos que murieron en el psiquiátrico: débiles, melancólicos, frenéticos, epilépticos. En la sala hay una mesa de disección, una pileta ovalada de mármol con un agujero por el que eran canalizados la sangre y otros fluidos corporales de los allí diseccionados. ¿Por qué están allí los cráneos de mis hermanos? ¿Acaso no merecen sepultura?

Sigue el camino de los locos. Busca el camino de los disidentes, de los enemigos del estado y de los que cruzaron la frontera

Cuando la guía que nos acompaña se aleja para abrir la capilla que se encuentra junto a la sala de anatomía, siento un impulso irreprimible, una llamada de mis ancestros, salto sobre la mesa de disección y me tumbo sobre ella. Espero que la guía no se dé la vuelta – pensaría entonces que estoy más cerca de los locos que habitaban aquellos muros que de los comisarios de exposición que supuestamente represento. Y tendría razón en pensarlo. En otra época, incluso hoy, en otro lugar, yo podría ser uno de ellos. Soy uno de ellos. Quizás por eso mi cuerpo se ajusta precisamente al tamaño de la mesa de disección. Un centímetro más y mis pies o mi cabeza estarían fuera. Su cuerpo es mi cuerpo.

Hasta que la última prisión sea cerrada, hasta que el último psiquiátrico sea cerrado, no podrá hablarse de sociedad libre. Afina tu oído y escucha las voces de los que han sido encerrados. Sus palabras no están en internet. Los encerrados no tienen Facebook, ni Instagram. No envían emails, ni participan en foros de internet. Sigue el camino de los locos. Busca el camino de los disidentes, de los enemigos del estado y de los que cruzaron la frontera. Y no dejes de caminar donde se acaben sus huellas. Porque allí, justo allí donde se acaban sus huellas empieza el reino invisible y silencioso de la prisión.

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